Image: Sigfrido, en el Liceo con Robert Carsen

Image: Sigfrido, en el Liceo con Robert Carsen

Escenarios

Sigfrido, en el Liceo con Robert Carsen

6 marzo, 2015 01:00

Gerhard Siegel (de pie) en el Siegfried de Robert Carsen. Klaus Lefevbre.

El próximo miércoles, día 11, el Gran Teatro del Liceu, abre de nuevo sus puertas a la Tetralogía wagneriana que, desde hace tres temporadas, viene representándose en la inteligente producción de Robert Carsen, con la minuciosa dirección musical de Josep Pons. Estamos en el nudo gordiano de la historia, en la que hace su aparición el héroe. Asistimos al despertar a la vida, de la toma de consciencia de un personaje, del hombre nuevo, la criatura bella y vigorosa que tendrá como misión, a través de una curiosa carambola, reconquistar el oro.

El joven Sigfrido, y esto es inquietante, no tiene ningún tipo de compromiso, sigue los dictados de la naturaleza y realiza así la acción destructora de los mundos caducos de Mime, Fafner y Wotan, mas no, en palabras de Mayo, por afán revolucionario o incluso por una idea justiciera, sino porque esos mundos de la educación (Mime), el poder económico (Fafner) y el poder político (Wotan), viejos y engañosos, se oponen a la libre manifestación y autoconducción de la naturaleza juvenil, que aspira a reconocerse sólo en sus iguales. Siegfried -el ser puramente humano- pertenece, como Parsifal, a la categoría de los inocentes superiores: aquéllos cuya sabiduría originaria procede de una ignorancia fundamental. Es un personaje roussoniano.

En la visión de Carsen, procedente de Colonia, el ser humano viola las leyes de la naturaleza en un impulso autodestructivo. Hay que atender a estas palabras del director de escena para averiguar cómo proyecta la obra: "Vivimos y sufrimos la destrucción de la naturaleza por la avaricia del poder. Escasea el agua y la contaminamos, igual que la tierra y el aire. Wagner ya vaticinó que las leyes de la naturaleza y del ser humano han seguido caminos divergentes". ¿Podemos seguir así?, se pregunta. El montaje es actual y crítico, pesimista.

Un grupo de cantantes de reconocida fama, lo que no asegura siempre la adecuada prestación, atiende sus órdenes. El protagonista es el tenor Lance Ryan, cuya voz ha perdido en los últimos años todo lustre. Timbre claro y emisión irregular. No da la talla. Tampoco en demasía Stefan Vinke, con quien se alterna. Brünnhilde está mejor servida en las voces de Irene Theorin y Catherine Foster, en particular con la de ésta, más joven y pujante. Gerhard Siegel y Albert Dohmen son las dos mejores opciones para Mime y el Viajero, frente a Peter Bronder y Greer Grimsley, y Ewa Podles aventaja a Maria Radner como Erda. Y no hay duda de que Joche Schmeckenbecher es superior a Oleg Bryjak en la parte de Alberich. El Pájaro del bosque corre a cargo de Cristina Toledo.