Victoria Martín.

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Victoria Martín, cómica: "Puedes tener ansiedad y seguir siendo una persona horrible"

La guionista y periodista estrena en Movistar Plus+ la adaptación de su novela 'Se tiene que morir mucha gente', un retrato ácido de la generación milenial.

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Victoria Martín (Madrid, 1989) lleva tiempo moviéndose entre podcasts, redes sociales y televisión con una mezcla muy reconocible de ironía, agotamiento y lucidez generacional. Pertenece a esa hornada de creadoras que han entendido que el humor ya no consiste solo en contar chistes, sino en sobrevivir al caos cotidiano y convertirlo en algo compartible.

Su figura encaja perfectamente en un momento en el que las fronteras entre humorista, influencer, guionista y personaje público prácticamente han desaparecido. Victoria Martín habla con una naturalidad que conecta porque suena cercana y reconocible.

Y ahora, con Se tiene que morir mucha gente da además un paso importante llevando todo ese universo al terreno de la ficción televisiva. La serie, producida por Movistar Plus+ y disponible desde el 21 de mayo, adapta su propia novela y está protagonizada por Anna Castillo, Macarena García y Laura Weissmahr. Las tres interpretan a unas amigas que se conocieron en el colegio y que, veinte años después, siguen vinculadas… aunque seguramente no de la manera sana que imaginaban cuando eran adolescentes.

La ficción tiene mucho de lo que ya define la voz de su creadora: personajes emocionalmente desordenados, amistades sostenidas por pura inercia afectiva y una sensación constante de que todo el mundo está a punto de colapsar, aunque siga yendo a trabajar al día siguiente.

Bárbara, el personaje principal, sobrevive atrapada en un terrible programa de televisión y enganchada a las benzodiacepinas. Maca intenta abrirse camino como actriz “seria” mientras trabaja de camarera. Y Elena vive un embarazo atravesado por una relación cómoda desde fuera, pero asfixiante por dentro. Todo está al borde del colapso, pero contado desde un humor incómodo, afilado y muy reconocible.

Seleccionada para la sección oficial de Canneseries, Se tiene que morir mucha gente consta de seis episodios de media hora dirigidos por la propia Victoria Martín junto a Sandra Romero y Nacho Pardo.

La serie se aleja bastante del retrato idealizado de los treintañeros urbanos que tantas veces ha explotado la ficción reciente. Aquí no hay glamour aspiracional ni pisos preciosos iluminados como anuncios. Hay trabajos frustrantes, alquileres imposibles y amistades sostenidas más por costumbre y necesidad emocional que por equilibrio real.

Y quizá ahí esté lo más interesante de la serie: Victoria Martín no convierte el desastre en drama solemne, sino en una especie de comedia existencial donde la gente intenta fingir —más o menos dignamente— que sabe lo que está haciendo con su vida.

Pregunta. ¿Cómo surge este proyecto?

Respuesta. Originalmente era un guion que escribí en 2018 y que no hubo manera de vender para televisión. Así que pensé: “Bueno, convertirlo en novela es muchísimo más barato”. Y al final ha terminado volviendo otra vez al formato de serie. Ha sido un proceso bastante inusual.

P. La serie tiene mucho humor, pero también una sensación de agotamiento emocional muy generacional. ¿Cree que la comedia se ha convertido en la mejor manera de hablar de ansiedad, precariedad o frustración sin caer en el drama solemne?

R. Hay una cosa que dice Berto Romero con la que estoy muy de acuerdo: siempre hablamos de los límites del humor, pero nadie habla nunca de los límites del drama. El humor está constantemente bajo sospecha, mientras que el dramatismo sentimentaloide, ese que te arrastra a emociones superbásicas y pueriles, rara vez se cuestiona. A mí me interesa mucho más hablar de ciertas miserias desde la comedia porque creo que ahí aparece una verdad mucho más incómoda.

Fotograma de 'Se tiene que morir mucha gente'.

Fotograma de 'Se tiene que morir mucha gente'.

P. Sus personajes se mueven constantemente entre el cinismo y la vulnerabilidad.

R. Sí, me interesan mucho los personajes que se odian un poco a sí mismos, que intentan aparentar normalidad pero se nota claramente que están rotísimos. Gente que ha tomado malas decisiones, una detrás de otra, y acaba chocando continuamente contra la realidad. Además, me gusta que el espectador participe de una risa que ellos no están viviendo. Ellos sufren de verdad, aunque desde fuera resulte cómico. Yo veo la vida así, no sé hacerlo de otra manera.

P. Bárbara, el personaje de Anna Castillo, funciona casi como un alter ego suyo, con la ansiedad acompañándola en todo momento…

R. Sí, totalmente. Yo he estado así de perjudicada muchas veces y supongo que por eso no sé contarlo desde otro lugar. Me fascina lo patético, la vergüenza ajena, el fracaso… lo disfruto muchísimo.

P. Los diálogos parecen muy espontáneos ¿Cómo trabajaron esa naturalidad?

R. Ahí ha sido fundamental Sandra Romero, la directora, que venía además de trabajar mucho el drama. Queríamos que las emociones salieran desde un lugar muy real y no únicamente desde el chiste. Sandra ensayó muchísimo con Ana, Macarena y Laura que están increíbles y se reescribieron todos los diálogos para que sonaran naturales. En la fase previa cambiamos muchísimo la serie.

P. ¿Siente que su generación está llevando el humor hacia un lugar más íntimo, confesional e incómodo?

R. A mí me gustan todas las formas de comedia, pero sí es verdad que me interesa especialmente generar cierta incomodidad en el espectador. Soy muy fan de Nathan Fielder (Los ensayos) y de esa sensación tan particular del posthumor. Creo que en la serie hemos encontrado un tono bastante particular en ese sentido.

P. Además, ha dirigido dos episodios. ¿Cómo ha sido la experiencia?

R. Muy bien, la verdad. He descubierto que me encanta mandar [Risas]. Aunque hay algo del rodaje que me impone muchísimo y es la lucha constante contra el tiempo. Eso de rodar una escena, pasar a la siguiente y asumir que ya no puedes volver atrás me costó bastante.

P. En sus trabajos aparece a menudo la idea de adultos funcionales que en realidad no saben qué están haciendo. ¿Cree que esa inseguridad permanente define culturalmente a los ?

R. Creo que todo el discurso de la salud mental es muy de nuestra generación y que, en cierto modo, también hemos abusado de él. Estamos tan pendientes de analizarnos que muchas veces no nos ocupamos realmente de vivir. Hay un narcisismo enorme ahí. Esas frases tipo “me priorizo” o “estoy malito emocionalmente”… me horrorizan un poco [Risas]. Porque tú puedes tener ansiedad y seguir siendo una persona horrible, que es lo que le pasa a Bárbara.

Anna Castillo y Macarena García en 'Se tiene que morir mucha gente'.

Anna Castillo y Macarena García en 'Se tiene que morir mucha gente'.

P. Y al mismo tiempo vivimos hiperconectados, pero cada vez más solos…

R. Totalmente. Lo de las redes sociales me parece demencial. En el fondo estamos obsesionados con cómo nos perciben los demás constantemente. Tú imagínate: José Luis, higienista dental, subiendo una foto delante de la Fontana di Trevi como si fuera una experiencia trascendental… ¡a nadie le importa! [Risas]. Pero aun así todos seguimos haciéndolo.

P. Respecto al título, Se tiene que morir mucha gente: ¿quiénes son exactamente los que se tienen que morir?

R. Pues todos, incluso yo [Risas]. En realidad el título nace de Bárbara, que está tan frustrada y es tan desgraciada que necesita que a los demás también les vaya mal. Y eso, aunque suene terrible, me parece muy humano. Lo que pasa es que nadie quiere admitirlo para que no vean que son malas personas.

P. Sus historias tienen algo de la neurosis de grandes urbes como Madrid: personajes acelerados, irónicos, un poco perdidos…

R. Lo que tienen las grandes ciudades es que te hacen sentir como una hormiga. Vivimos obsesionados con producir, con tener ambiciones gigantescas, con cumplir sueños constantemente. Y a mí me interesa mucho reivindicar que quizá no pasa nada por no tener grandes sueños o incluso por tirar la toalla cuando descubres que no sirves para algo.

P. ¿Le queda todavía algo que le dé pudor contar?

R. Pues sinceramente creo que ya nada. Mi familia directamente ha dejado de hablar delante de mí por miedo a acabar convertidos en material para una serie [Risas]. Yo solo quiero seguir haciendo comedia, que es lo que realmente me gusta. Y bastante ambición es ya esa, tal y como están las cosas.