Fotograma de 'Dinastía: los Murdoch'

Fotograma de 'Dinastía: los Murdoch'

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'Dinastía: los Murdoch', la serie documental que expone las miserias familiares del gran imperio mediático

Este nuevo lanzamiento disponible en Netflix muestra la obsesión del patriarca familiar por mantener el control de su conglomerado empresarial, incluso tras su muerte.

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Hubo un tiempo en que tuvieron gran éxito las obras culturales centradas en contar las desgracias de los pobres. Con ese tipo de narrativa se hizo Dickens millonario, por ejemplo, y generaciones enteras lloraron las desventuras de Heidi, Marco y el Perro de Flandes. Era el modo antiguo de hacer literatura social y reivindicativa.

Sin embargo, de unos años a esta parte, parece que ha cambiado la clave con que se muestran las diferencias de clase, y ahora resulta más interesante mostrar las miserias morales de los ricos, porque los lectores y espectadores parecen tener mayor capacidad de detestar a los millonarios que de simpatizar con los desfavorecidos, y el algoritmo manda. En esa dinámica creativa, no cabe duda de que la familia Murdoch parece un filón inagotable para los proveedores de este tipo de paladares.

Que yo sepa, vamos ya por la tercera entrega seriada sobre el modo en que esta familia ha combatido por el poder, el afecto del patriarca, y el dinero que fluía en cantidades oceánicas en su entorno empresarial y familiar. En este caso, además, no se trata de una serie de ficción, sino de un documental dividido en cuatro capítulos de una hora en el que se muestra todo tipo de documentación y testimonios, en parte conocidos y en parte inéditos, sobre el desarrollo de esta tumultuosa y cruenta guerra familiar.

Dinastía: los Murdoch, estrenada recientemente por Netflix, llega a la pantalla después de que por fin se hayan cerrado los procesos judiciales que determinarán quién obtendrá el control de su enorme corporación de medios, una vez que fallezca Rupert Murdoch.

La serie se construyó a base de miles de correos, declaraciones judiciales, mensajes de texto y todo tipo de fuentes primarias, la mayoría de ellas inéditas. Desde un principio, la serie muestra la obsesión del patriarca familiar por mantener el control de su imperio empresarial, incluso tras su muerte, delimitando las líneas de actuación y hasta la política editorial de sus medios. Para ello, consideraba de vital importancia mantener la integridad de la empresa, incluso a costa de las relaciones familiares, lo que provocó verdaderas batallas campales entre sus hijos, Prudence, Elisabeth, Lachlan y James.

En este punto, quizás sea importante recordar que Rupert Murdoch se ha casado cuatro veces. Prudence es hija de su primera esposa, Patricia Booker, de la que se divorció en 1962, mientras que los otros tres protagonistas de la guerra sucesoria son hijos de Anna Torv, con la que estuvo casado entre 1962 y 1998.

La idea central de la serie es que el conglomerado empresarial no se dedica únicamente a ganar dinero, sino a mantener y acrecentar una influencia política global, capaz de cambiar gobiernos y trazar líneas ideológicas a escala mundial.

Pertenecen al imperio de Murdoch, por ejemplo, las cadenas de televisión Fox y Sky, los tabloides británicos News of the World y The Sun, así como los periódicos The Times y The Sunday Times. En Estados Unidos es propietario del periódico San Antonio Express-News, la revista Star, el New York Post, y la empresa de información financiera Dow Jones & Company, que publica el The Wall Street Journal y el Índice Dow Jones. Fue también dueño de compañía cinematográfica 20th Century Fox, pero se la vendió a Walt Disney en 2017.

Con semejantes fines declarados, no es de extrañar que, como sucesor, prefiera a aquel de sus hijos más alineado con su perfil ideológico, e incluso con su perfil moral a la hora de toma decisiones, y ahí es donde comienzan los problemas, que tan detalladamente refleja esta serie.

Los juicios comenzaron en el estado de Nevada, donde se disputó el control de un fideicomiso creado en 1999, y se acabó cerrando mediante un acuerdo extrajudicial por valor de 3.300 millones de dólares.

Las vicisitudes, en las que se mezclan pasiones personales, celos entre hermanos, pugnas empresariales y hasta política global, contienen materia suficiente para llenar las cuatro horas que dura esta serie, que resulta entretenida, incluso para aquellos que ya conozcan el desenlace.

Los productores han elegido mostrarnos lo personal en primer plano, pero sin dejar de lado episodios tan controvertidos como el caso de las escuchas telefónicas, la fallida compra de Time Warner, la publicación de fotografías robadas de mujeres famosas y las duras fricciones de los últimos años con las grandes tecnológicas de internet y las redes sociales.

El mayor mérito de la serie reside en que en todo momento se mantiene la duda de cuáles fueron los motivos por los que el padre, o este o aquel hermano, tomaron las decisiones que tomaron. En Dinastía: los Murdoch, todo es personal y nada es personal, como si en cualquier momento fuesen a aparecer en la pantalla Vito Corleone o Winston Churchill, mirando fijamente a la cámara con media sonrisa ambigua.

El ritmo narrativo de la serie recuerda a veces al de un thriller, centrado en dosificar la información al espectador, de manera que se mantenga la tensión narrativa y cierta dosis de suspense. A veces, incluso cuesta recordar que lo que se está contando es la vida de personas reales, todas vivas aún, y no el producto creativo de algún escritor o guionista.

No es la primera vez, como decíamos, que este grupo familiar y sus negocios dan pie a una serie televisiva. En 2020 se estrenó la británica The Rise of the Murdoch Dinasty, centrada en los movimientos del emporio para aumentar su influencia política y su relación con la catástrofe del Brexit. Pero la serie más popular que, sin mencionarlos explícitamente, se centra en las batallas y puñaladas de los Murdoch, es la brillantísima Sucesión donde se ficciona todo este laberinto de pasiones y luchas por la continuidad de una empresa que, ciertamente, es mucho más que una simple máquina de generar beneficios. No puedo dejar de recomendarla a quien aún no la haya visto.

Entre tanto, Rupert Murdoch tiene 95 años y ahí sigue, casi decidido a sucederse a sí mismo. Quizás haya demasiada gente demasiado mayor a los mandos del mundo, pero esa ya es otra historia, para otro documental, otra serie, u otro momento.