Berto Romero y Javier Cámara en '5 minutos más'

Berto Romero y Javier Cámara en '5 minutos más' .

Cine

Berto Romero y Javier Ruiz Caldera reivindican el cine de género en San Sebastián con '5 minutos más'

El director de 'El otro lado' presenta una película con vocación popular que abre una vía inexplorada por el cine comercial español.

Además, una versión de 'Los miserables' de presupuesto hipervitaminado.

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Resulta inevitable pensar en Rod Serling cuando uno se enfrenta a 5 minutos más (2026), el último proyecto escrito en solitario por Berto Romero y puesto en imágenes con sobria perspicacia por Javier Ruiz Caldera.

El viaje de una pareja en crisis a una casa rural para tratar de reparar una relación agrietada por la rutina, los desagravios y las renuncias se transforma en un ejercicio de ciencia ficción austera en la línea de títulos Coherence (James Ward Byrkit, 2013), pero también de Los cronocrímenes (Nacho Vigalondo, 2007), aunque a la que más recuerde sea a Atrapados en un bucle infinito (Junita Yamaguchi, 2023).

La sorpresiva irrupción de un loop temporal obligará al trío protagónico a que sus vidas transcurran dentro de un bucle de cinco minutos que se repite una y otra vez sin que la evolución de los acontecimientos que tienen lugar en cada ciclo sufra modificación alguna; esto es, si un vaso se rompe, cuando el tiempo se reinicie, el vaso seguirá roto. Nótese que al matrimonio que forman Antonio (Berto Romero) y Bárbara (magnífica Belén Cuesta) se les une Carlos, el taimado encargado de la agencia que les enseña la casa, interpretado con la maestría habitual por Javier Cámara.

Esa alteración cuyo origen, siguiendo los dictados del creador de La dimensión desconocida (Rod Serling, 1959-1964), jamás se aclara, plantea un juego narrativo orquestado a partir de tres proposiciones: repetición, variación y acumulación.

La combinatoria de esos tres elementos da como resultado una película mutante que encuentra su esencia en la adaptabilidad de los personajes a los nuevos escenarios que se les van abriendo, una suerte de evolucionismo (a)moral que también se traslada a la propia concepción genérica de una obra que va cambiando constantemente, de la comedia negra bañada por cierta misantropía en la línea de los primeros Cohn y Duprat (El hombre de al lado) hasta el survival horror.

El ingenioso mecanismo que pone en marcha un guion que necesita mantener en funcionamiento durante hora y media una premisa que Rod Serling se ventilaba en apenas 25 minutos, encuentra en el estilo personal y nada impositivo de Javier Ruiz Caldera una modulación ideal que aquí se percibe en el uso que hace de la pantalla partida para mostrar dos destrucciones simultáneas, en la inclusión de esos travellings circulares que sintetizan la forma misma de la película o en las distintas alturas que la cámara asume a medida que avanza un relato quién sabe si soñado por el implacable Dios del Antiguo Testamento.

5 minutos más es una película con vocación popular que, sin embargo, abre una vía inexplorada por el cine comercial español como ya hiciera en la pasada edición del festival de San Sebastián, aunque desde un ángulo muy distinto, Rondallas (Daniel Sánchez Árevalo, 2025) una comedia dramática que huía de la blancura habitual de los éxitos de taquilla nacionales para afirmar que la diversión, el costumbrismo bien entendido y la mirada adulta podían ir de la mano.

Aquí nos encontramos en una zona distinta, pero Berto Romero, que ya exploró las posibilidades de la hibridación genérica en su notable serie El otro lado (2023), y Ruiz Caldera, parte fundamental en los proyectos desarrollados por el cómico catalán, proponen un ejercicio de entretenimiento que no renuncia ni a incomodar (la película es burra como ella sola) ni a plantear cuestiones espinosas como, por ejemplo, lo bien que viene encontrar un enemigo común para esconder nuestras propias miserias en esta metáfora extrema sobre un mundo sin sentido.

Quizá su perfil no responda al tipo de filmografía que abunda en las secciones oficiales a concurso de los festivales de clase A, pero tampoco conviene desdeñar que San Sebastián se exhiba como el escaparate de un cine español de género(s) tan inhabitual como reivindicable, una línea de producción que viene refugiándose en las teleseries para el streaming desde hace demasiado tiempo.

Clásicos hipervitaminados

Quienes sí han entendido la importancia de no olvidar sus clásicos son los franceses. Pocas cosas hay más arraigadas en la cultura popular del país vecino que la novela naturalista del siglo XIX. Y nada hay más prestigioso que adaptar a los clásicos, algo que los productores galos vienen haciendo de manera regular ya sea en cine o en televisión.

La revitalización de los grandes éxitos de la literatura francesa que arrancó con las dos partes de Los tres mosqueteros dirigidas por Martin Bourboulon y que continuó con la nueva versión de El conde de Montecristo (Matthieu Delaporte & Alexandre de La Patellière, 2024), se prolonga ahora con esta reedición de presupuesto hipervitaminado de Los miserables (Fred Cavayé, 2026).

Estamos ante un blockbuster de qualité tan fiel al material original como a los principios de un academicismo convenientemente adaptado a nuestros tiempos. Sin llegar a los extremos de las nuevas aventuras de un Edmundo Dantes (Pierre Niney) que por momentos podía intercambiarse por cualquiera de los héroes de Michael Bay, a este renovado duelo entre Jean Valjean (Vincent Lindon) y Javert (Tahar Rahim) no le faltan las consiguientes dosis de acción, lo que no significa que su director, Fred Cavayé, no trabaje sobre algunos motivos visuales interesantes como el sacrificio representado por la cruz —la película se abre con una potente metáfora de Valjean como un Atlas que sostiene el mundo sobre sus hombros— o la incapacidad de escapar al destino, aquí asociada a los perfiles carcelarios que continuamente encierran a un Javert condenado.

El resto ya lo han visto muchísimas veces. Un historión, un diseño de producción impecable, una banda sonora cortesía de Christophe Julien que saca los violines cuando toca llorar y la percusión para ilustrar la épica, y un elenco capaz de convertir un festival de fin de curso en una función de la Comédie-Française.

Una película que algunos juzgarán acertadamente como antigua, pero que, por idénticos motivos, confortará a no poca parte del público que encontrará placer al reconocer unos códigos que le son harto familiares. Y, además, en esta nueva versión del clásico de Víctor Hugo, por suerte, nadie canta.