La cineasta Marta Matute, en el centro, junto a los actores Tomás del Estal, Julia Mascort, Sonia Almarcha y Laura Weissmahr durante la presentación de 'Yo no moriré de amor' en Málaga. Foto: EFE/ Jorge Zapata

La cineasta Marta Matute, en el centro, junto a los actores Tomás del Estal, Julia Mascort, Sonia Almarcha y Laura Weissmahr durante la presentación de 'Yo no moriré de amor' en Málaga. Foto: EFE/ Jorge Zapata

Cine

‘Yo no moriré de amor’ y ‘La buena hija’ elevan el nivel en la recta final del Festival de Málaga

Las cineastas Marta Matute y Júlia de Paz abordan temas importantes en dos películas protagonizadas por chicas adolescentes que brillan en una sección oficial en la que prima un cine comercial adocenado y fácilmente digerible.

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Por fin una película sobre un tema importante –el alzheimer, los cuidados- en la que el cómo devora al qué. A partir de su experiencia personal, Marta Matute comprime en poco más de noventa minutos los seis años de cruda epopeya familiar que supuso la degeneración mental de su madre, aquí encarnada por una soberbia Sonia Almarcha. Sin embargo, y al contrario de lo que sucede en, por ejemplo, Corredora (Laura García Alonso, 2026), aquí el protagonismo no recae en la víctima de la patología, sino en quien sufre las consecuencias.

Yo no moriré de amor (Marta Matute, 2026) es escrupulosa en el tratamiento del punto de vista de Claudia (Júlia Mascort), la hija menor de un matrimonio que completa su padre (un no menos espléndido Tomás del Estal), militar en la reserva. También está su hermana mayor (Laura Weissmahr), que vive en Barcelona y suple sus ausencias y su sentimiento de culpa comportándose con la severidad de una gobernanta de asilo sin recursos, de esas que evalúan las emociones con hojas de cálculo.

La cámara de Marta Matute nunca se despega de Claudia, adolescente, lesbiana, alguien que ve abortado su acceso a la adultez por la carga que supone atender a su madre, víctima de una dolencia que la avergüenza y que le impide dar rienda suelta los impulsos propios de su edad -conformar un programa doble con Jone, a veces (Sara Fantova, 2025) se antoja imperativo-. Matute solo se aparta de ella en ocasiones muy puntuales, como cuando en las reuniones familiares necesita el primer plano de otro personaje por evidentes motivos dramáticos.

Pero la película no es solo un dechado de rigor en lo referente a la perspectiva asumida, también maneja con expresiva elegancia las elipsis, se ahorra explicaciones que vienen impuestas por la lógica de la vida y dosifica los vuelcos del relato sin caer en tremendismos; apenas se sube el volumen en un par de ocasiones –la bronca de Claudia a un padre que no se cuida, la discusión entre las dos hermanas- plenamente justificadas.

Sus escenas más emocionantes son intensas desde la sutilidad: el último beso entre madre e hija, filmado sin énfasis pero con nervio y situado en los primeros compases del filme; y una caricia en la ducha que te escurre el corazón como si fuese una bayeta empapada en sangre.

Júlia Mascort junto a Sonia Almarcha, en 'Yo no moriré de amor'

Júlia Mascort junto a Sonia Almarcha, en 'Yo no moriré de amor'

Hay, también, una idea de construcción/deconstrucción inherente a todo el proceso de descomposición y reunión familiar vinculado a la enfermedad. Edificios en obras que nunca terminan de acabarse, promociones inmobiliarias en mitad de descampados, paisajes urbanos a medio hacer que refuerzan la idea de que Claudia (y su entorno más íntimo) atraviesa un reajuste interminable que, desde un nada impositivo segundo plano, nunca deja de estar presente.

Es esta una película redonda, con un final que recupera el humilde colosalismo akermaniano a través del plano de una cocina despoblada, el único de Yo no moriré de amor en el que Claudia no aparece. Les prometo que no lo olvidarán.

Los padres de ella

En La buena hija (Júlia de Paz, 2026) ella es Carmela (Kiara Arancibia), nudo gordiano sobre el que se enreda una turbia relación matrimonial que a la joven le es imposible desenredar. Sus padres se acaban de separar. Él (Julián Villagrán) es un artista plástico al que su hija idolatra. La genética ha querido que herede el gusto por el dibujo, lo que combinado con la rebeldía propia de la adolescencia haga que las tensiones con su madre (Janet Novás) se acrecienten.

La casa de la abuela (Petra Martínez) se convierte en morada provisional para madre e hija y la oficina de punto de encuentro en el área de no agresión en la que los progenitores se intercambian a Carmela bajo estricta supervisión. La secuencia de arranque –una pared sucia, consecuencia del estallido de un objeto contra ella- ya nos avisa de que los desencuentros conyugales no fueron únicamente verbales.

Júlia de Paz expande las ideas contenidas en su cortometraje Harta (2021), gana en concreción con respecto a su película anterior Ama (2021) y se marca un ejercicio de funambilsmo moral similar al que practicó en Querer (2024) junto a Alauda Ruiz de Azúa y Eduard Sola.

Julián Villagrán, Júlia de Paz, Clara Aranzibia y Janet Novás, durante la presentación de 'La buena hija' en Málaga. Foto: EFE/ Jorge Zapata

Julián Villagrán, Júlia de Paz, Clara Aranzibia y Janet Novás, durante la presentación de 'La buena hija' en Málaga. Foto: EFE/ Jorge Zapata

De Paz nos pone en la piel de una hija atosigada por las dudas, sobrepasada por la presión en tanto una cuestionable interpretación de un hecho prosaico -una ahogadilla en una piscina- endurece un proceso de divorcio ya de por sí complicado. ¿Fue una broma de su padre? ¿Intentó asustarla para castigar por interposición a su madre?

Al igual que hace Marta Matute en Yo no moriré de amor, el férreo uso del punto de vista nos abandona ante un relato incompleto, pues compartimos la percepción que una atribulada Carmela tiene de cuanto sucede a su alrededor, por más que se den pistas suficientes como para que el espectador complete el cuadro. No hay aquí ambigüedad alguna.

Se trata, pues, de calibrar la dificultad inherente a tan arduos procesos, más aún cuando interviene una menor de edad, utilizada habitualmente como arma arrojadiza entre dos adultos desavenidos. Nadie pone en cuestión los accesos violentos del padre, pero lo que aquí importa es la impresión que Carmela tiene de su progenitor y la zozobra que le supone testificar en un juicio contra él (¡cómo sostiene ‘ese’ plano Júlia de Paz y cómo lo aguanta Kiara Arancibia!).

En ese sentido, la película es puramente expositiva y abre interrogantes a propósito del malditismo genético (¿y si soy igual de agresiva que mi padre?), la creación de redes de apoyo femenino (empezando por lo estrictamente consanguíneo) o la violencia vicaria.

Kiara Arancibia en 'La buena hija'

Kiara Arancibia en 'La buena hija'

En tan delicado terreno, Juan Villagrán se juega el tipo componiendo un personaje en el filo; la variante bohemia y ‘progre’ del Pedro Casablanc de Querer, lo que sirve para dar una idea de la transversalidad del machismo. La secuencia de padre e hija en el coche, sostenida sobre un hilo de violencia que nadie sabe si va a quebrarse, dan la medida de la precisión alcanzada por Júlia de Paz en menos de un lustro.

La buena hija es otra de las películas relevantes de la 29ª edición del Festival de Málaga.

Málaga, el paraíso de las películas simpáticas

Habrán notado que, en las crónicas precedentes, no han aparecido todos los títulos que forman parte de una sobrecargada sección oficial (hasta 22 películas). Eso se debe a un trabajo de discriminación que prima las obras más interesantes o aquellas que, por motivos de impacto industrial o trayectoria previa, tienen relevancia apriorística, como por ejemplo Mi querida señorita (Fernando González Molina, 2026) o Iván & Hadoum (Ian de la Rosa, 2026).

En el tintero quedaron un puñado de largometrajes que sirven para dibujar la línea editorial que gobierna una máxima competición que está a años luz de la edición anterior, esa en la que concurrieron Una quinta portuguesa (Avelina Prat, 2025), Muy lejos (Gerard Oms, 2025), La buena letra (Celia Rico, 2025), Sorda (Eva Libertad, 2025), Los tortuga (Belén Funes, 2025), La furia (Gemma Blasco, 2025) o la ya citada Jone, a veces.

En este 2026 abundan las películas que, por distintos motivos, pueden despertar la simpatía del espectador, pero que en lo estrictamente cinematográfico están lejos de ofrecer un nivel medio aceptable.

Por lo demás, todas ellas sin excepción se inscriben en las coordenadas de un cine comercial adocenado y fácilmente digerible para el público, así que tampoco responden a algunos de los objetivos básicos que debería plantearse un certamen de la envergadura de Málaga. A saber, descubrir nuevas voces (ahí están Yo no moriré de amor, Corredora o Mala bèstia), alentar que películas sin distribución encuentren un camino hacia las salas de exhibición o promover vías artísticas alternativas.

Nada de eso encontrarán en, por ejemplo, Después de Kim (Ángeles González-Sinde, 2026), mezcla de tragicomedia familiar y policíaco prescrito por un nutricionista especializado en pacientes con hipertensión.

Adriana Ozores y Dario Grandinetti en Después de Kim

Adriana Ozores y Dario Grandinetti en Después de Kim

Es decir, como una dieta baja en sal hecha película, con Adriana Ozores y Darío Grandinetti manteniendo en pie la función, encarnando a una expareja que se ve forzada a reunirse 25 años después –y a regresar de Buenos Aires a Benidorm- para hacer frente al violento fallecimiento de una hija de la que andaban tan desconectados como de sí mismos. La simpatía aquí la ponen los actores y sus pullas constantes, entre un sketch mejorado de Matrimoniadas y cierto cine popular en la onda de un Campanella menor.

Pioneras: ellas querían jugar (Marta Díaz, 2026) encuentra su gracia en la recuperación de una historia real no carente de interés, la de las primeras mujeres que formaron una selección nacional de futbol y se enfrentaron a un combinado portugués en pleno franquismo.

Hablamos de una película tan voluntariosa como ineficaz. Primero porque, en lugar de optar por una estética contracultural, de intentar romper con una narrativa hegemónica –eso fue lo que hicieron aquellas mujeres – recurre a la típica historia de superación explotada una y mil veces por el cine deportivo lo que, sumado a la pobreza de recursos que desprenden las imágenes, termina por malograr lo que hubiera podido ser una espléndida oportunidad para reivindicar un episodio clave en el camino hacia la igualdad. Tampoco ayuda que el protagonismo recaiga en el promotor del susodicho partido, haciendo de las futbolistas secundarias activas… pero secundarias al fin y al cabo.

En Lapönia (David Serrano, 2026) asistimos al enésimo intento de explotación de las diferencias culturales. La visita navideña del matrimonio que forman Mónica (Natalia Verbeke) y Ramón (Julián López), acompañados de su hijo, a la casa lapona de Nuria (Ángela Cervantes), hermana de la primera, y de su esposo finés Olavi (Vebjørn Enger), empieza a torcerse cuando la hija de ambos incurre en una delicada revelación destinada a romper la infantil inocencia de su primo.

Esa será la semilla sobre la que germine un vivero de conflictos que pasa por los secretos matrimoniales, los enconos familiares y la exposición más o menos cómica de las diferencias regionales que separan al perfeccionismo nórdico de la picaresca española.

Uno puede rescatar algún chiste afortunado y bosquejar alguna carcajada –la simpatía, recuerden- pero su estatismo, un cuarteto de personajes que se empecinan en explicarnos todo cuanto les sucede y los desequilibrios interpretativos –es una Ángela Cervantes contra el resto del mundo- hacen de Lapönia una película desganada y cargante.

Cerremos este listado de largometrajes con Pizza Movies (2026), el último trabajo de Carlo Padial (Algo muy gordo, Doctor Portuondo) coescrito junto a Desirée De Fez y Carlos de Diego, una reflexión amable (y simpática) sobre la decadencia de un oficio como el de la crítica de cine (De Fez ejerce como tal).

Una pareja lastrada por la depresión de ella, una periodista cultural carcomida por la hecatombe de su profesión; y el hastío de él, currante en un estudio de diseño, encuentra un propósito común montando una pizzería temática con servicio a domicilio. El tema, claro está, será el cine. Y los repartidores no serán otros que un puñado de críticos acuciados por la precariedad del sector, tipos y tipas que lo mismo te entregan una pizza con la jeta de Tom Cruise que te venden su libro sobre Kubrick.

Berto Romero, en 'Pizza Movies'

Berto Romero, en 'Pizza Movies'

La película bascula entre la ternura, la autocomplacencia y el colegueo ilustrado, aunque en su desarrollo no justifica el cambio que experimenta el personaje de Alan (Berto Romero), que pasa de marido harto a desaforado enterpreneur: cosas del amor.