'La novena profecía'

'La novena profecía'

Cine

Desde Rusia con terror

'La novena profecía' es sólo la cresta de la ola de un cine de terror, fantasía y ciencia ficción ruso capaz de hacerle sombra al mismísimo Hollywood

8 julio, 2021 10:02

Si eres de los que creen que el cine ruso se limita a la nostalgia por Tarkovsky, a las severas elucubraciones formales y filosóficas de Sokurov y los frescos histórico-políticos de Konchalovsky o de Nikita Mijalkov, estás muy equivocado. Hay mucho y muy distinto cine en Rusia, especialmente desde que cayera el Muro de Berlín e incluso desde los ya lejanos tiempos de la glasnost y la perestroika. Aunque con numerosos altibajos industriales, el cine ruso, independizado en gran medida del papel otrora dominante del estado en su producción, distribución y exhibición, lleva varias décadas entregado también a un mercado interior inmenso, ansioso de lo que antes raramente le ofrecía una cinematografía dividida, fundamentalmente, entre títulos más o menos propagandísticos y grandes obras disidentes destinadas a los festivales de cine internacionales que, tarde o temprano, se cobraban su precio con el exilio, interior y metafórico o demasiado real, de sus comprometidos directores. Lo que quieren hoy los espectadores de la confederación rusa y de buena parte de las antiguas repúblicas soviéticas es lo mismo que, lo neguemos como hipócritas San Pedros, farisaicos adoradores del cine de autor o no, queremos todos: entretenimiento de calidad, espectáculo y evasión. Y hay un montón de películas dispuestas a ofrecérselo.

Una de ellas, que llega ahora hasta nuestras pantallas, lujo reservado para muy pocas, es La novena profecía (Devyataya, 2019) de Nikolay Khomeriki. Con una atmósfera de gótico victoriano estéticamente elaborada, que recuerda sobre todo a las novelas de Boris Akunin protagonizadas por su detective Erast Fandorin (varias convertidas en superproducciones cinematográficas rusas, por supuesto), y con espectaculares escenas de acción, suspense y efectos especiales, el filme de Khomeriki poco o nada tiene que envidiar a cualquier serie o blockbuster del género, sea Penny Dreadful o venga con la firma de Tim Burton, Guillermo Del Toro, Guy Ritchie o Stephen Sommers. Su mezcla de misterio, terror, fantasía oscura y acción no es novedosa, por supuesto, y se puede fácilmente caer en la tentación de acusar al director y sus guionistas, entre ellos el veterano Sergei Bodrov, de explotar o imitar los modelos anglosajones de moda. Pero aparte de que esto es lo que hizo siempre y con buen provecho el cine europeo de género (del spaghetti western al polar, pasando por el giallo), lo hacen, precisamente, rusificándolo de forma agradecida y sorprendente.

No estamos en el Londres de Jack el Destripador, estamos en la Venecia del Norte, la fantástica San Petersburgo, y fotografía y escenarios se benefician de su majestuosa arquitectura, llena de edificios imponentes y callejones oscuros. El inspector Rostov (Evgeniy Tsyganov) y su ayudante Fyodor Ganin (Dmitriy Lisenkov) no son Holmes y Watson (ellos no torturarían prisioneros, ni ejecutarían asesinos sin dudarlo), y la particular atmósfera melancólica, oscura y romántica que impregna todo el filme, poco tiene que ver con las producciones de Hollywood. Esto no es decir que La novena profecía sea perfecta, tiene sus flaquezas (como el poco misterio que rodea, desde luego, la identidad del asesino, y no digo más), pero sí que pese a fagocitar el cine fantástico espectacular hollywoodense, no se deja devorar por él y establece una relación simbiótica que se beneficia de su modelo pero lo lleva a terreno propio, estética e incluso espiritualmente. El filme de Khomeriki está más cerca del Vidoq (2001) de Pitof o de las películas del detective Dee dirigidas por Tsui Hark, que de los Holmes de Guy Ritchie o las momias de Sommers. Una cualidad que comparte con otros títulos que han cimentado un cine de terror, fantasía oscura y ciencia ficción ruso lleno de agradables sorpresas.

Gógol y la fantasia oscura

Uno de los precedentes más obvios de La novena profecía es la trilogía cinematográfica (también convertida en miniserie de televisión) consagrada, ni más ni menos, que al escritor Nikolái Gógol, uno de los grandes clásicos de la literatura rusa, autor de famosos relatos fantásticos basados en el folclore eslavo como “El Viyi”, a quien transforma contra su voluntad en una suerte de detective enfrentado a misterios sobrenaturales y diabólicos. Utilizando el periodo durante el que Gógol ejerció de funcionario en un pequeño pueblo ucraniano, donde encontraría inspiración para sus historias, recogidas en los libros Veladas en un caserío de Dikanka y Mirgorod, los tres filmes dirigidos por Egor Baranov entre 2017 y 2018, Gogol, the Beginning; Gogol, Vyi y Gogol. A Terrible Vengeance, protagonizados por Alexander Petrov como el escritor metido a investigador y por el veterano Oleg Menshikov, como el misterioso agente del gobierno Yakov Petrovich, además de cosechar enorme éxito tanto en la pequeña como en la gran pantalla, son modélicos en su combinación de elementos tradicionales rusos, atmosférica puesta en escena, ambientación de época y mezcla de terror, crimen, humor, fantasía y folclore, con inesperados toques de erotismo y horror grotesco. De nuevo, más cerca de filmes franceses como El pacto de los lobos (2001) que de Hollywood, pero con efectos especiales que nada tienen que envidiar a los grandes éxitos americanos. 

Nikolái Gógol, héroe de fantasia oscura

Esta fórmula es también parecida a la que emplea Oleg Stepchenko en Transilvania, el imperio prohibido (Viy, 2014), que utiliza el cuento más famoso de Gógol para articular una película de aventuras fantásticas en la misma línea, pero teniendo como protagonista a un actor británico, Jason Flemyng, en el papel de un cartógrafo inglés, Jonathan Green, perdido en los bosques transilvanos en el siglo XVIII, donde tendrá que enfrentarse a la leyenda del Viyi y descubrir el misterio que se esconde tras ella. La táctica de contar con una estrella anglosajona en el reparto, que también comparte La novena profecía con su espiritista Olivia Reed, interpretada por la británica Daisy Head, resulta muy similar a la que otrora utilizara el cine de género europeo en los años 60 y 70, y como entonces, ayudó a que el filme se estrenara internacionalmente, asegurándole además una secuela, inferior pero en absoluto desdeñable: El misterio del dragón (2019), que incluía en su reparto aparte de a Flemyng al mismísimo Arnold Schwarzenegger y al maestro de las artes marciales Jackie Chan, ya que estaba coproducida por Hong Kong. Es inevitable señalar de nuevo que el cine fantástico ruso tiene a menudo más en común con el de Japón, Hong Kong o Corea del Sur que con el de Hollywood.

Por desgracia, no todas las producciones de fantasía oscura rusas llegan hasta nosotros, y pese al camino abierto hace ya años por las excelentes Guardianes de la noche (2004) y Guardianes del día (2006), basadas en las obras de Sergey Lukyanenko, que nos descubrieron a Timur Bekmambetov (el equivalente ruso a Luc Besson, por así decir), otras no menos interesantes y originales, como Dark World (2010) de Anton Megerdichev, con su guerra secreta entre hechiceros y brujas, llena de guiños a la mitología nórdica y eslava, se quedan por el camino.

Ciencia y ficción

Pero quizá el terreno mejor abonado para las nuevas superproducciones fantásticas del cine ruso sea la ciencia ficción. Tal vez se deba al hecho de que, al contrario que el terror, generalmente desterrado e ignorado por el régimen soviético, con su apego al realismo social y socialista, la ciencia ficción se consideró siempre un género a cultivar y respetar por sus cualidades didácticas y educativas. Dado que el propio marxismo presume de científico (aunque el resultado habitual de su aplicación en la práctica esté más acorde con las distopías que con sus utópicas pretensiones), la literatura de anticipación, con autores como los hermanos Strugatski, Anatoly Dneprov, Iván Efremov o, por supuesto, el polaco Stanislaw Lem, gozó de gran prestigio, llegando en muchas ocasiones a las pantallas de cine, a menudo con películas muy superiores, tanto en su aspecto técnico como temático, a las del Hollywood de los años 50 y 60, que no dudó en rapiñar ocasionalmente imágenes y secuencias completas de filmes soviéticos como Batalla más allá del sol (1959), El planeta de las tormentas (1962) o Encuentro en el espacio (1963). Sea como fuere, el cine de ciencia ficción ruso actual goza de excelente salud.

De hecho, una de las más gratas sorpresas de la pasada edición del Festival de Sitges fue Sputnik (2020) de Egor Abramenko, inteligente monster movie, situada en el marco histórico de la carrera espacial soviética, que une a sus eficaces efectos especiales y atmósfera de amenaza, ácidas dosis de crítica a la corrupción del antiguo estado soviético, así como un cierto mensaje humanista, todo ello sin perder nunca de vista el terror y el suspense. Muy superior a la mayoría de las interminables imitaciones y secuelas de Alien que siguen menudeando, detrás de Sputnik se puede rastrear una oleada de filmes de ciencia ficción que dan respuesta contundente a la mediocridad hollywoodiense: Hardcore Henry (2015), la trepidante y casi experimental locura ciberpunk de Ilya Naishuller; Attraction (Fedor Boncarchuk, 2017), espectacular película de invasión con protagonistas adolescentes que no adolece de complejidad e ingenio (por desgracia seguida de una muy inferior secuela); Coma (Nikita Argunov, 2019), respuesta a los tostones virtuales de Christopher Nolan, mucho más entretenida y desprovista de moralina; o The Blackout: La invasión (Egor Baranov, 2019), épica invasión alienígena de original concepto y desarrollo, con un final tan abierto como intrigante. Algunas de ellas (las menos) a veces llegan a los cines. Por lo general, con suerte, encuentran su camino hasta el Blu-ray o el estreno en televisiones y plataformas digitales. 

Sputnik

Es una lástima, porque la mayoría (por descontado, existen también títulos mediocres y totalmente prescindibles) gozan de guiones inteligentes, espléndidos efectos especiales, repartos agradecidos (con estrellas dentro de Rusia como Rinal Mukhametov, Pyotr Fyodorov, Aleksey Chadov o Aleksander Petrov) y, sobre todo, de una idiosincrasia particular que aunque comparte con Hollywood muchos elementos, se distancia de los lugares comunes de sus superproducciones, tanto en forma como en fondo, aportando un elemento sorpresa muy de agradecer. Como ocurre con el cine de género coreano y chino o con el manga japonés, ingredientes familiares adoptan modos narrativos e incluso matices morales, filosóficos y sociales extraños, que aportan frescura, ambigüedad y fascinación a los argumentos más aparentemente trillados y explotados. Quien lo dude, que eche un vistazo a los filmes del también actor Fedor Bondarchuk La isla habitada (2009) y Dark Planet. Rebellion (2009), en realidad una sola película dividida en dos, adaptación de una novela de los hermanos Strugatski que, pese a resultar un fracaso en taquilla, abrió nuevos caminos al género en su país, con la producción más cara hasta entonces jamás rodada en Rusia. Una compleja y ambiciosa, visual y narrativamente apabullante historia épica y distópica que va camino de convertirse en obra de culto, con su combinación heterodoxa de Dune, Mad Max, Matrix, Métal Hurlant, Blade Runner, Flash Gordon y El poder de un dios. Ver es creer.

Terror eslavo

Pero sin duda, la asignatura pendiente del cine ruso es (o mejor dicho: era) el terror. Ninguna dictadura, del signo ideológico que sea, suele ser complaciente con el género de horror, pues este entraña siempre el reconocimiento de que el mal y la perversidad conviven con nosotros y dentro de nosotros, por mucho que estados y gobiernos pretendan o presuman de intentar llevar la sociedad a su perfección. Si Chikatilo era “imposible” en la Unión Soviética, tanto o más lo era un cine que hablara de él. Pero, como suele ocurrir con los conversos, los cineastas rusos se han tomada la nueva libertad para contar historias de terror con auténtico entusiasmo. Quizá incluso demasiado.

Ya sean filmes de ciencia ficción/terror, como la estupenda Sputnik o como la fallida The Superdeep (Arseny Syuhin, 2020), también vista en Sitges, ya sean de terror sobrenatural, como The Widow (Ivan Minin, 2020), Stray (Olga Gorodetskaya, 2019) o Guests (Evgeniy Abyzov, 2019), o bien slashers como Trakman (Igor Shavlak, 2007), The Phobos (Oleg Assadulin, 2010) o Dislike (Pavel Ruminov, 2016), la mayoría pecan, estos sí, de imitar demasiado directamente sus modelos hollywoodenses. No es tanto que algunos resulten claramente mediocres, como que casi todos sacrifiquen su identidad nacional, bien patente en los filmes de fantasía y ciencia ficción, para asumir un aspecto visual, un tratamiento formal y unos motivos argumentales que podrían ser los de cualquier producto de Blumhouse o de Atomic Monster, cayendo a menudo en el mismo o parecido adocenamiento. Quizá se trate de inexperiencia y falta de tradición propia, ya que mientras la fantasía oscura con raíces folclóricas y literarias o la ciencia ficción poseen su propio acervo dentro de la cultura y el cine de Rusia, tanto de la soviética como de la actual, el terror es mucho más joven y de reciente implantación, con lo que sus tópicos proceden casi directamente de la escuela anglosajona moderna, del cine de terror juvenil y de modelos como Stephen King o Clive Barker, así como de los éxitos actuales del género. En conjunto, se trata de un fenómeno que no puede por menos que recordar el breve momento de esplendor del cine de terror español, bajo los auspicios de Filmax y la Fantastic Factory, con todas sus virtudes y defectos.

Sin embargo, el entusiasmo con el que se producen y estrenan películas rusas de terror es también signo de vitalidad, y cuando algo está vivo, contagia su pasión y provoca que vayan apareciendo también títulos interesantes e incluso algo inédito dentro de la historia del cine ruso: directores especializados en terror. Este es el caso del joven Svyatoslav Podgaevskiy, cuyos siete largometrajes realizados hasta ahora pertenecen todos al género de horror y, aunque irregulares en sus resultados tanto de taquilla como artísticos, confirman una interesante toma de postura por parte del cineasta quien, utilizando temas, personajes y esquemas habituales, añade siempre un toque eslavo que los enriquece y singulariza. 

Así ocurre con su lograda Queen of Spades. The Dark Rite (2014), donde articula una trama de leyenda urbana y adolescentes malditos en torno a la figura de la Reina de Picas, personaje creado por Alexander Pushkin en su famoso relato de 1834, varias veces llevado a la pantalla y clásico de la literatura fantástica rusa. El éxito de esta perversión del cuento de Pushkin ha dado ya lugar a una secuela, Queen of Spades: The Looking Glass (Aleksandr Domogarov, 2019), bien recibida por los fans, y hasta a un remake: la producción canadiense Queen of Spades (Patrick White, 2021). En The Bride (2017), Podgaevskiy recurre al terror gótico de época y rural, con agradecidos aires de Folk Horror, como también a la mitología eslava vuelve en su Mermaid: The Lake of the Dead (2018), basada en el mito de la rusalka o sirena de los países del Este de Europa, que inspirara la famosa ópera de Dvorak. Otro mito eslavo bien conocido protagoniza su siguiente filme, Yaga: Pesadilla del bosque oscuro (2020), fantasía oscura casi para niños (pero para los que leen a R. L. Stine, claro) demasiado influida por Madre oscura (Brett Pierce y Drew T. Pierce, 2019) y por el cine de Guillermo Del Toro, pero con el toque ruso de rigor (la bruja Baba Yaga) y una estética peculiar, que evitan que caiga en la vulgaridad. Así, hasta llegar a su más reciente incursión, Love Spell. The Black Wedding (2021), donde nuevamente la atmósfera de extraños ritos mágicos y el trágico regusto del romanticismo gótico eslavo funcionan, elevando la película sobre la media. El nuevo cine de terror ruso ya tiene al menos un autor.

Yaga: Pesadilla del bosque oscuro (2020)

No cabe duda de que el secreto está ahí: en un cine fantástico, de terror y ciencia ficción hecho en Rusia que es capaz, en sus mejores títulos, de igualar o superar a Hollywood en espectacularidad, al tiempo que mantiene un espíritu, una mirada y una estética profundamente ligados a sus tradiciones culturales. En su particularidad está también su universalidad, que nos hace disfrutar de películas como La novena profecía por delante de los productos más ordinarios y repetitivos de Hollywood. Se trata sólo de superar ciertos prejuicios, para dar una oportunidad a este cine familiar y diferente al tiempo, que está aportando savia nueva y aire fresco al fantástico del siglo XXI.

@JessPalacios_