Image: Ian McKellen y la vejez de Sherlock Holmes

Image: Ian McKellen y la vejez de Sherlock Holmes

Cine

Ian McKellen y la vejez de Sherlock Holmes

El actor británico logra emocionar con una interpretación repleta de sutilezas que no oculta algunos de los desgarros más terribles y menos decorosos de la vejez

21 agosto, 2015 02:00

Ian McKellen en el papel de Sherlock Holmes

Es sabido que el británico Ian McKellen es uno de los actores más sobresalientes del mundo y en Mr. Holmes, película en la que da vida al mítico personaje en sus últimas semanas o meses de vida, se transfigura literalmente para encarnar al mito con una verdad que traspasa la pantalla. Adaptación de una novela de Mitch Kulin, es una bella película sobre un hombre de un talento e inteligencia fuera de lo común que se enfrenta a la muerte, o incluso algo peor para alguien que da una importancia tan primordial al intelecto, a la merma de sus recuerdos y prodigiosas facultades.

Holmes lleva 30 años recluido en una casa de la campiña británica. Le cuida la ama de llaves (Laura Linney), una señora que apenas sabe leer y se siente herida por esa inteligencia de su señor que a veces puede ser diabólica, y su joven hijo, un niño de unos doce años de naturaleza despierta e intuitiva que encandila al anciano. McKellen interpreta tanto al Holmes que ya conocemos, el detective sagaz capaz de adivinar en todos los detalles la vida entera de quien se le ponga por delante, como a un hombre moribundo y muy enfermo devastado por el sentimiento de culpa por un caso irresuelto que terminó de manera trágica.

Toda la película está recorrida por una reflexión sobre la distancia entre la leyenda y la realidad, o dicho de otro modo, sobre si es mejor siempre atenerse a los hechos puros y duros, como preconiza Holmes, o si la mentira y la fantasía también cumplen un papel. Hay en ello una profundización en los dilemas y cuitas de los hombres célebres, el detective se enfrenta a una sociedad que ha creado sus propios clichés del personaje que es él mismo a través de las novelas que escribió su ayudante Watson o la prensa con sus reportajes e incluso el cine. Como quizá le sucede a todo hombre realmente famoso, Holmes es un ciudadano corriente pero también una creación colectiva en la que, como suele suceder, la gente proyecta sus propios misterios y fantasías.

La idea del arrepentimiento también surge como tema esencial. Holmes sufre por sus actos y se pregunta constantemente si ha estado a la altura de su propia elevada exigencia. Vemos aquí, detrás del hombre célebre y exitoso, al ser humano atormentado que se pregunta si merece una gloria con la que convive pero siente lejana. Hay también un drama familiar con una madre que quiere abandonar a Holmes y un niño que está fascinado con el detective y sueña con una vida mejor que la de portero de un hotel que le pronostica la madre. La relación del anciano con el niño funciona bien, no tanto la de la madre, de quien jamás entendemos muy bien por qué tiene tantas ganas de abandonar al anciano moribundo.

Las abejas, que son las buenas de la película, y las avispas, que son las malas, también están presentes en todo el film. Holmes cuida a sus abejas y le ayuda el niño. En ese orden de la apicultura, en el que la reina manda, los zánganos le hacen la corte y las obreras trabajan. Un sistema que Holmes ama como símbolo de la época que le toca vivir y de sus convicciones políticas. Holmes es un hombre de orden, un policía al fin y al cabo, y admira ese orden natural que reproduce la grandeza del imperio británico. El conflicto con la madre y los deseos del hijo de un futuro mejor plantearán ese conflicto social en su propia relación con esa familia que al final el personaje solitario sí acaba teniendo.

Rodada de una manera clasicista y académica, Bill Condon, el director con el que Ian McKellen ya conoció un gran éxito con Dioses y monstruos (1998), Mr. Holmes se acaba convirtiendo finalmente sobre todo en un vehículo de lucimiento de McKellen, que logra emocionarnos con una interpretación repleta de sutilezas que no oculta algunos de los desgarros más terribles y menos decorosos de la vejez. Por momentos, da escalofríos ver al anciano actor interpretar a un hombre que cada achaque lo siente como la llamada misma de la muerte.