Image: El dictador o el fin de la ética

Image: El dictador o el fin de la ética

Cine

El dictador o el fin de la ética

Vuelve Baron Cohen, excéntrico, soez, incorrecto, grotesco... salvajemente divertido.

Alejandro G. Calvo
Publicada
Actualizada

Un fotograma de El dictador.

Tras Borat y Bruno, el actor vuelve a ponerse a las órdenes de Larry Charles para construir una comedia sobre los delirios dictatoriales.

Vaya por delante que una película que arranca con una imagen en cinemascope del fallecido director norcoreano Kim Jong-Il, sobrescrita con un "in memoriam", ya debería hacer rendirse hasta al más escéptico crítico de Sacha Baron Cohen. Esa imagen es, por sí misma, la perfecta metonimia de lo que llegará después: un verdadero aquelarre de exabruptos, chanzas y guirigáis destinados a socavar los principios morales más arraigados en las sociedades occidentales. Así es Baron Cohen, el penúltimo kamikaze del humor británico (y judío, no olvidemos), un hombre de espíritu artificiero capaz de bromear sobre cualquier tabú que le pongan delante -raza, religión, política, sexo, etc-, incluso llegando a alcanzar tintes realmente macabros, y no sólo salir indemne de ello sino hacerlo desde el mismo corazón de la industria cinematográfica norteamericana y apoyado por una "major" como Paramount Pictures. Y así seguirá siendo, suponemos, mientras su cine siga congregando acólitos.

Para levantar este artefacto irreverente, malsonante y tronchante a partes iguales, Baron Cohen ha vuelto a ligar lazos con el inimitable Larry Charles, uno de los hombres que más y mejor saben de la praxis de la comedia norteamericana contemporánea. Este señor, de profusa barba a lo guitarrista de ZZ Top, gestó su talento en la pequeña pantalla -trabajó en series como la mítica Seinfeld (1990-1998), Loco por ti (1992-1999) o Curb Your Enthusiasm (desde 2000)- y se consagró con los mockumentaries protagonizados por Sacha Baron Cohen: Borat (2006) y Bruno (2009). Su debut como director, no lo olvidemos, fue con Anónimos (2003), ese 'objeto fílimico no identificado' cuyo guión firmó con el propio Bob Dylan (bajo el seudónimo Sergei Petrov), quien se paseaba por la pantalla como una efigie muda, en la piel de una vieja y olvidada leyenda del rock que es liberado de una mugriente cárcel en una república bananera para encabezar un concierto benéfico.

Comedia sin fronteras

Pero es la dupla Charles-Cohen la que ha revolucionado ciertos parámetros de la comedia y el falso documental. O, más bien, de las colisiones y explosivas combinaciones que generan los encuentros con la realidad cuando esos encuentros los provoca un "terrorista cultural" de la talla de Baron Cohen. Y es que entre ambos se han decidido a tirar por tierra los códigos morales que mantienen sujeto el ensamblaje social de la América más conservadora: paletos votantes de Bush, integristas religiosos -nadie debería perderse su documental Religulous (2008), que formaría un buen programa doble con la reciente Red State, de Kevin Smith- y gente homofóbica y xenófoba por igual. No menos inquina se gastan ambos hacia los preceptos progresistas de la alta sociedad californiana o, para entendernos, el "perro-flautismo" del que hacen gala las estrellas de Hollywood, ya criticado con dureza por otros yihadistas del humor como Trey Parker y Matt Stone en Team America: World Police (2004) o el británico Ricky Gervais en sus espléndidas series Extras y Life's Too Short.

El dictador posee una diferencia básica con respecto a las películas anteriores de sus artífices: en esta ocasión se trata de una ficción pura y dura, por lo que el artefacto está mucho más programado, orquestado, controlado, sometido a la causística de un guión donde, si bien no se corta un pelo a la hora de caer en la barbarie más insana, sí acaba adquiriendo cierta narrativa a lo ZAZ (Zucker, Abrahams & Zucker), aunque más cerca de los últimos filmes de Leslie Nielsen que de esa delirante joya de la comedia posmoderna que es Aterriza cómo puedas (1980). Probablemente el referente directo que mejor entenderá el espectador español para enfrentarse a las imágenes de El dictador es, cómo no, Torrente 4: Lethal Crisis (2011), puesto que, a pesar de sus insalvables diferencias, Cohen y Santiago Segura poseen un similar talento para convertir lo pútrido en algo extremadamente hilarante, en conseguir extraer sonrisas incluso con los argumentos más obscenos y escatológicos posibles.

En verdad, El dictador no representa ninguna vuelta de tuerca al género. Sí consigue, en cambio, provocar un buen puñado de carcajadas y dar salida con inteligencia a un armamento del humor altamente ofensivo. La provocación no es gratuita, tiene una razón de ser en estos tiempos de apatía general, en el que las sociedades occidentales parecen narcotizadas ante las convulsiones financieras y políticas. Baron Cohen interpreta al General Aladeen, el tirano al frente de Wadiya, un imaginario país norafricano rico en petróleo -una mezcla entre Egipto y Sudán-, que está especialmente enfadado con las potencias occidentales por su apoyo a la "primavera árabe". Además, mantiene refugiado en su palacio a Osama Bin Laden, dado que los marines americanos en verdad eliminaron a uno de sus dobles y aún no lo saben. En el reverso de la aparente anarquía de Baron Cohen siempre encontramos el comentario político.

Debido a la "construcción argumental" es normal que el espectador curtido en el trayecto creativo de Baron Cohen encuentre algo más desinflado el impacto que provoca esta última película, y es que las cargas de sorpresa y profundidad que supusieron el tándem formado por Borat y Bruno fue de órdago. Pero aún así, El dictador tiene algo que la encumbra por sí sola, al margen del surtido de gags que, a modo de ráfaga de metralleta, abre el filme, y nos referimos al inesperado parentesco que surge casi al final de su metraje. Y es que tras el aquelarre de infamias, de chistes sobre vello púbico y vejaciones sexuales, Cohen esconde bajo su obra un homenaje a El gran dictador (1940) de Charles Chaplin, pronunciando un discurso final donde, de forma totalmente seria, se comparan la democracia norteamericana con una dictadura islámica. ¿Adivinan quién sale ganando?