Image: Cara a cara con el nuevo cine indie

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Cine

Cara a cara con el nuevo cine indie

Hablan los cineastas independientes que estos días copan la cartelera española

7 junio, 2007 02:00

De izq. a dcha., Dito Montiel, director de Memorias de Queens, y Q. Allan Brocka, de Boy Culture

Mañana se estrena Memorias de Queens, película de Dito Montiel que ganó el Premio al Mejor Director y Especial de Jurado en el Festival de Sundance de 2006. Además, el mismo día llega a las pantallas españolas otra reciente producción independiente estadounidense, Boy Culture, de Q. Allan Brocka. Ambas coincidirán en cartelera con otros títulos como El final de la inocencia, de Michael Cuesta, Half Nelson, de Ryan Fleck y Keane, de Lodge Kerrigan. Cinco filmes que representan de forma brillante a una nueva hornada de cineastas norteamericanos que trabajan al margen de los estudios. El Cultural contactó con todos ellos para analizar el estado de salud del cine indie.

A partir de mañana, un cinéfilo español puede sufrir el espejismo de que no estamos en primavera sino en invierno y que su ciudad no se llama Madrid o Valencia sino Park City, enclave en el que todos los años se celebra el Festival de Sundance. No en vano, coincidirán en la cartelera cinco películas que son un excelente exponente de lo mejor que se cuece en el cine independiente de Estados Unidos. Una casualidad extraordinaria que llega de la mano de cinco cineastas que son el verdadero futuro de la cinematografía más potente del mundo. Ellos son Dito Montiel (Memorias de Queens), Q. Allan Brocka (Boy Culture), Ryan Fleck (Half Nelson), Lodge Kerrigan (Keane) y Michael Cuesta (El final de la inocencia), todos en la treintena. El Cultural ha hablado con los cinco para constatar que el cine de autor norteamericano sigue produciendo excelentes largometrajes aunque aún arrastra la resaca de su boom en los 90. Fue entonces cuando, con Quentin Tarantino y Steven Soderbergh como máximos iconos, alcanzó su cénit de popularidad.

Relaciones personales. Algunos años después, si hoy estableciéramos una hipotética competición entre ambos sobre quién ha tenido más influencia, el segundo se lleva la palma ya que ha triunfado el cine intimista, basado en las relaciones personales, por encima del pastiche posmoderno de Tarantino, que ha dejado tras de sí un reguero de cadáveres-imitadores. "A mí me interesa transmitir emociones y crear personajes de carne y hueso", explica Dito Montiel. Una afirmación que rubrican los otros cuatro cineastas. Montiel, que obtuvo el Premio al Mejor Director en Sundance tras embarcarse en su proyecto sin ninguna experiencia en el campo cinematográfico (ni siquiera había pasado por la Universidad), explica su proeza porque cree que "lo importante para que las 300 personas que se sientan en una sala vibren al unísono es que conecten con los sentimientos que se reflejan en la pantalla. La parte técnica es fundamental en una película, pero para eso conté, sobre todo, con la colaboración del director de fotografía". Eso sí, el novel cineasta reconoce: "No tengo ni idea de cómo llegué a terminarla. Supongo que de la misma manera que monté un grupo de rock en mi juventud sin saber tocar la guitarra". De hecho, Memorias de Queens, es un ejemplo de libro de la típica película independiente estadounidense: barata (unos cinco millones de dólares), producida por una compañía minúscula (propiedad, nada menos, que de Sting y su mujer) y con una historia en la que el elemento humano es el único que cuenta.

La acción nos traslada al barrio de Queens de los años 80, una zona de clase media baja de Nueva York en la que confluyen varias culturas con una calma aparente que puede estallar en cualquier momento. De fondo, una historia familiar marcada por el clásico enfrentamiento padre-hijo. Para que no quede ninguna duda sobre lo personal del proyecto, Montiel se ha basado de forma explícita en su propia experiencia personal para construir la historia. Hasta tal punto llega su indentificación con el protagonista que incluso le ha puesto su propio nombre. Montiel lo explica de esta manera: "Nunca había escrito un guión así que cuando empecé bauticé a los protagonistas como las personas reales en que se inspiraban. Después, decidí que no había ningún motivo para cambiarlo". Añade que "del mismo modo que se puede escribir una autobiografía y que sea literatura, no sé por qué no se puede hacer lo mismo en cine". No le falta razón.


Personajes a la deriva. El arrojo de Montiel es insólito en un campo en el que la inmensa mayoría pasa primero por la Universidad, se brega en el campo del cortometraje, trabaja para la televisión y la publicidad para, finalmente, dar el salto al largometraje. Un rasgo específico que no evita que las cinco películas tengan mucho en común. Para empezar, ese factor humano mencionado. En este sentido, Michael Cuesta afirma que "mi principal interés es investigar en la naturaleza humana". Kerrigan subraya: "Buscaba sobre todo que los espectadores conectaran con la historia desde un punto de vista emocional". Para continuar, una especial atención al clima moral de Estados Unidos, que queda reflejado como un país que atraviesa una severa crisis de valores. El alegato contra Bush está a la orden del día: "Los cineastas independientes de hoy no podemos vivir al margen de lo que sucede en el mundo. Creo que somos una generación más politizada. En este sentido, nos sentimos profundamente ligados al cine de los 70, aquél que indagaba en los males endémicos de la sociedad estadounidense", explica Fleck. Cabría añadir otro elemento que llama la atención: la verborrea. Mientras en el cine de autor europeo la tendencia es al plano en el que se ve crecer la hierba, al otro lado del Atlántico el diálogo (continuo y turbulento) es un elemento clave. Eso sí, muchas veces la intención del creador es mostrar que detrás de tanta palabra se esconde el vacío o la mentira.

No por casualidad, los personajes de estas películas se parecen mucho. Son seres a la deriva que se sienten verdaderos outsiders al enfrentarse a un sistema feroz. Almas que buscan desconsoladamente el afecto y que, al no encontrarlo, reaccionan de las más diversas maneras. Ello da lugar a una galería de retratos psicológicos verdaderamente memorable. Como el Antonio de Memorias de Queens, magníficamente interpretado por Tatum Channing, un chaval traumatizado por los abusos sexuales a los que le somete su padre y que termina arrojado a la delincuencia. "Tatum no se parece en nada físicamente al verdadero Antonio -explica Montiel- pero tenía su espíritu. Es el típico chico que está dispuesto a partirse el cuello por sus amigos pero que ha tenido mala suerte en la vida. Me interesaba mostrar cómo las personas que han sido heridas de forma profunda durante su infancia es muy difícil que después se recuperen emocional y socialmente. Quería sumergirme en su dolor y tratar de entender su comportamiento".

Lodge Kerrigan en su extraordinaria Keane, también nos brinda un perfil psicológico de gran intensidad a través de un padre abrumado por la pérdida de su hija. El estadounidense ha querido realizar un filme "arriesgado" para describir "la inseguridad que provocan las grandes ciudades y su grado de paranoia. Pero sobre todo lo que me interesaba era explorar cómo una persona supera el hecho de que su hija haya sido abducida. Quería analizar cómo asumimos los cambios bruscos que se producen en un corto período de tiempo. Además, hay una pregunta que me parece interesantísima y es hasta qué punto un padre puede realmente superar la desaparición de su descendencia".

Curiosamente, o no, Michael Cuesta trata un tema similar en El final de la inocencia. En un suburbio neoyorquino, en el tiempo actual, nos encontramos con una familia que lo tiene todo : un matrimonio bien avenido, una bonita casa y dos hijos gemelos muy distintos (uno extrovertido y carismático, el otro reservado e intelectual) que son "la alegría del hogar". Todo se tuerce cuando uno de los gemelos (el extrovertido) muere por la mano de otro niño, aunque de forma accidental. Entonces, se inicia un drama del que Cuesta se sirve para "reflexionar sobre cómo las personas reaccionan de forma distinta ante la muerte". Todo ello enmarcado en el contexto de la primera adolescencia, un terreno que Cuesta ya abordó de forma brillante en su debut, L.I.E.: "Me interesa esa etapa porque está marcada por una gran vulnerabilidad", explica el cineasta. "La diferencia entre mi película y la inmensa mayoría protagonizadas por niños es que ésas suelen estar destinadas a un público infantil mientras la mía va dirigida a todo el mundo. Parto de la idea de que los primeros años de pubertad son los más difíciles en la vida de cualquiera. Los adultos nunca saben lo que sus hijos realmente están pensando y existe una tendencia general a idealizar la primerísima juventud". Cuesta, además, también se adentra en otro terreno pantanoso al abordar el asunto de la venganza: "Sinceramente, no sé cómo reaccionaría si alguien matara a uno de mis hijos, así que he procurado no juzgar a nadie".

Capítulo aparte merece el profesor drogadicto de Half Nelson, un hombre liberal espantado por la política de Bush que combina su faceta como excelente profesor ("Quiero que aprendéis los porqués, no los datos", dice a sus alumnos) con su condición de drogadicto. "Me interesaba la figura del yonqui porque es gente que tiene secretos, con una parcela de su vida que no puede compartir con todo el mundo. Además, quería presentar las dificultades a que se enfrenta todo el que quiera marcar una diferencia. Me siento identificado con esas personas que quieren hacer cosas positivas y se topan con un muro. Escribí el filme durante las protestas por la Guerra de Irak y quería transmitir ese sentimiento de excitación y al mismo tiempo pesimismo que yo mismo estaba experimentando".

Finalmente, el protagonista de Boy Culture, el chapero Ex que borda Derek Magyar, supone una nueva vuelta de tuerca al personaje alienado. En su caso, "su decepción personal con la vida es tan grande que ha optado por esterilizarse. Para él, el sexo no es más que una mercancía y desprecia a quienes buscan algún sentimiento o la promiscuidad. Paradójicamente, es un personaje moralista que continuamente está juzgando y se siente por encima de los demás". Ex deberá aprender a abrirse al mundo afectivo tras una larga lucha. Es toda una metáfora de la apuesta de unos cineastas independientes, que basan su radicalidad no tanto en alterar el "orden moral" existente, como hicieron tantos de sus precedentes, sino en denunciar que éste ha desaparecido por completo. "Este es un tiempo difícil. Los 90 se han ido y no hay ninguna Miramax produciendo a pleno ritmo. Conseguir financiación es difícil y la exhibición es casi peor. Podría citar muchas grandes películas que no han sido distribuidas o han tenido un público muy limitado", se lamenta Ryan Fleck. Con matices, el resto de cineastas coincide en su diagnóstico. Lo cierto es que el gran público ha dado la espalda al cine independiente tras una década casi milagrosa que describe de forma admirable Peter Biskind en su fun- damental libro Sexo, mentiras y Hollywood, editado por Anagrama.

Producción y negocio. Para más inri, producto de ese boom, las fronteras entre lo "independiente" (léase películas producidas al margen de los grandes estudios) y lo que no lo es ya no está tan clara. Como explica el propio Fleck "todas las productoras grandes han abierto su propia división para realizar películas de bajo presupuesto. Al final, lo que buscan es negocio y eso desvirtúa el propio sentido de este tipo de producciones". Cuesta, que se muestra especialmente pesimista, añade otra causa para el declive: "Muchos directores empiezan por el cine independiente no porque realmente quieran contar buenas historias sin importarles los criterios comerciales sino porque lo ven como una forma de acabar accediendo a los grandes estudios". En este contexto, continúa habiendo luces en medio de la oscuridad. Como el Festival de Sundance, que Montiel (y todos con él) defiende: "Sigue siendo el gran escaparate para este tipo de películas. Es cierto que Hollywood ha acabado teniendo demasiada impor- tancia pero conserva su esencia". Cuesta señala la importancia de otro organismo, el Independent Feature Project, una suerte de Academia cinematográfica paralela a la que entrega los Oscar con 9.000 afiliados. que ayuda a los jóvenes independientes a encontrar financiación. "De todos modos, estamos muy atomizados", admite Cuesta.

Con este panorama, la televisión ha sido fundamental. Ya se ha convertido en un cliché que la pequeña pantalla acoge hoy a las mentes más lúcidas del cine norteamericano. No es casual que Cuesta haya dirigido varios episodios de la prestigiosa A dos metros bajo tierra, producida por la televisión por cable HBO, que ha jugado un papel fundamental en la última década con producciones como Angels in America o Roma. Otras compañias destacadas han sido Focus Feautures y Lion’s Gate.

La arrogancia de Downey

Con un reparto plagado de nombres conocidos (Robert Downey Jr., Dianne Wiest, Chazz Palminteri o el joven ídolo de adolescentes Tatum Channing), Memorias de Queens es al mismo tiempo una clásica película sobre la consecución de la madurez y un experimento atípico ya que narra las vivencias del director con personajes que llevan los mismos nombres y apellidos que las personas reales en que se inspiran. Ello puso al director, Dito Montiel, ante la extraña tesitura de tener que dirgir a dos actores (Shia Lebouf y Robert Downey) que lo interpretaban a él mismo. El cineasta no lo tuvo nada fácil con el segundo, que le da vida en su madurez, cuando, tras más de dos décadas sin pisar su barrio, se reencuentra con aquellos que marcaron su infancia. "Mi idea era que el protagonista se siente avergonzado por haber estado tanto tiempo fuera de casa -explica Montiel-. No sólo ha abandonado a sus amigos, también a su familia, de la que no ha querido saber nada. Me quedé de piedra cuando Robert Downey comenzó a actuar con arrogancia y tuvimos muchísimas discusiones al respecto. Hasta que entendí que la prepotencia era la forma que encontraba el personaje de ocultar su profundo sentimiento de culpa".