Image: Cuerpo y alma

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Cine

Cuerpo y alma

¿Qué es un final feliz?, por Belén Gopegui

27 diciembre, 2003 01:00

John Garfield en Cuerpo y alma, de Rossen

Cuerpo y alma -próxima entrega de la Filmoteca de El Cultural del jueves 8 de enero- es, para la escritora Belén Gopegui , "una película hecha para infundir valor". Dirigida por Robert Rossen, sobre ella también escriben en el cuaderno que acompaña al DVD, Carlos F. Heredero y el director Daniel Calparsoro.

La Historia, con mayúsculas, la de los gobiernos y los libros de texto, camina al lado de la historia imaginaria que cuenta Cuerpo y alma, y hacen que no sea posible hablar de la película sin hablar de lo que ocurrió con su actor principal, John Garfield, con su guionista, Abraham Polonsky, y con su director, Robert Rossen.

Garfield, chico de barrio, actor de teatro que simpatizaba con los comunistas, co-productor independiente de películas como Cuerpo y alma (1947) y Force of Evil (1948), en 1949 fue llamado ante el comité de actividades antinorteamericanas. Se negó a declarar, vale decir a delatar, y fue puesto en la lista negra. No consiguió rehacerse profesional ni personalmente. En 1952, a los 39 años, murió de una enfermedad coronaria. De él se lee hoy en The Roger Richman´s Agency esta frase que queriendo ser elogiosa, casi resulta hiriente: "John rehusó cooperar con el comité; su actitud valerosa, por desgracia, afectó negativamente a su carrera si bien mantuvo su honor intacto".

Polonsky también fue llamado a declarar, tampoco quiso delatar a nadie. Hasta 1968 no pudo volver a usar su nombre en los trabajos que firmaba. Hasta 1970 no pudo volver a dirigir. Tuvo que trabajar para la televisión, malbaratando su talento, su carrera. En el año 1999, declaraba: "Como el protagonista de El camino de Swann que se da cuenta de que ha gastado los mejores años de su vida en una mujer que no es de su estilo, yo he gastado los mejores años de la mía en una industria que no es de mi estilo".

Robert Rossen, director de Cuerpo y alma, de El buscavidas, de Lilith. En torno a 1950 fue llamado a declarar y no quiso delatar a nadie. Dejó de trabajar. En 1953 decidió que necesitaba trabajar y dio 57 nombres de posibles militantes del partido comunista. No volvió a Hollywood pero siguió dirigiendo. En 1961 escribió y dirigió una película mítica, El buscavidas, tal vez la misma historia que Cuerpo y alma pero sustituyendo el ambiente del boxeo por el de los jugadores de billar, y con un final algo más triste. Porque el boxeador de Cuerpo y alma logra romper con la corrupción del mundo del boxeo en su última pelea, cuando ya ha decidido retirarse. Pero el jugador de billar interpretado por Paul Newman rompe precisamente cuando su carrera podría despegar. La condición que la mafia le pone para no partirle los brazos es que no vuelva a pisar un billar importante, o tal vez Rossen estaba pensando en un plató y en ese caso la historia del buscavidas sería la de Polonsky, la de Garfield, la que hubiera podido ser su propia historia.

Un actor malogrado, un guionista y director malogrado, ambos sin apenas carrera pero con honor. Un director y guionista vencido, con carrera y sin honor. Y una historia del cine truncada por la fuerza. Tal vez éste hubiera debido ser el final de Cuerpo y alma. Como esas letras en donde se nos dice lo que ocurrió después de la historia que cuenta la película. Pero empecemos por el principio.

La sombra del saco de arena se proyecta sobre el suelo, el boxeador Charley Davis se despierta de una pesadilla, exclama "¡Ben ha muerto!", y sale en su coche a perderse en las calles de la ciudad. La fotografía en blanco y negro, la música, el actor, los planos, el ritmo de las acciones, todo proporciona a los espectadores una impresión de, diríamos, tono alto, acaso trágico. Es de noche, al día siguiente el campeón tendrá su último combate y lo ha vendido. Entonces John Garfield, el campeón, empieza a recordar cómo ha llegado hasta ahí, los pasos que ha ido dando, por qué ha perdido todo.

Después, el flash back se termina. Charley se dispone a cumplir el trato, ha vendido su última pelea, los listos han apostado en su contra, él mismo ha apostado todo su dinero en su contra. ¿Es esto un final feliz, un final destinado a proporcionar un falso consuelo que nos inmovilice? ¿O es acaso un final osado, un final que nadie se atrevería a hacer hoy, un final destinado a infundir coraje, valor? Ahora tenemos que volver a la caza de brujas. Porque en su tiempo ésta fue una película hecha para infundir valor, y la suma de muchas películas en esta línea acaso hubiera procurado ese valor, y el valor hubiera sido arena, y no aceite, en el engranaje, y no hubiese sido falso contar se podía salir del engranaje, como sale Charley Davis en la historia. Pero la Historia, con mayúsculas, se hace con la acumulación de las victorias de los vencedores. La caza de brujas fue una de esas victorias. Ahora ya sólo tenemos películas con finales de auto-ayuda en lo sentimental, y con finales de fracaso en los sueños de libertad colectivos. La resignación en lo privado, no vende. La victoria en lo público no es creíble. Y en cualquier caso, o más bien por si acaso, siempre nos quedará la sugerencia, decir las cosas a medias, dejar abiertas las interpretaciones, cine para todos los gustos.