Image: Retrato del arribista pusilánime

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Cine

Retrato del arribista pusilánime

El bonaerense

26 junio, 2003 02:00

Jorge Román es Zapa en El bonaerense, de Pablo Trapero

Director: Pablo Trapero. Intérpretes: Jorge Román, Mimi Ardúh, Dario Levy, Victor Hugo Carrizo. Guionista: Pablo Trapero. Estreno: 27 de junio. 105 minutos.

La trayectoria que convierte a un joven cerrajero de una pequeña aldea rural en un policía violento y corrupto del gran Buenos Aires ofrece un itinerario de aprendizaje y transformación que sin duda fascina a Pablo Trapero. El director de Mundo Grúa (1999) toma sus distancias, sin embargo, frente a un proceso de iniciación que acaba desvelándose como un viaje desde la inocencia hasta la venalidad, desde la ingenuidad hasta la formación de una personalidad compleja que termina por incubar al mismo tiempo violencia y arribismo sin atisbo siquiera de mala conciencia.

A Trapero le fascinan dos cosas: el mundo interior de su personaje, que vive encerrado en un silencio casi autista, sin exteriorizar nunca sus emociones, y la dimensión fatalista de un itinerario durante el que Zapa -siempre dócil y pusilánime- nunca se rebela contra las determinaciones de quienes, tan pronto en un sentido como en su contrario, tanto para meterlo en la cárcel como para hacerlo policía, parecen encauzar su existencia personal a despecho de una voluntad que nunca termina de manifestarse.

Un lejano eco de ángel, el alimañero a quien el gobernador sacaba del bosque para convertirlo en guarda forestal dentro de Furtivos (Borau, 1975) se proyecta ahora sobre la historia de este personaje -encarcelado por un robo que no ha cometido y víctima de un complot al que es ajeno- a quien su tío saca de la cárcel para llevarlo a una comisaría donde -licenciado ya como respetable agente del orden- acabará de nuevo por convertirse en víctima, pero ahora también beneficiario, de otra celada corrupta.
Trapero observa a su criatura como un entomólogo contempla a un insecto: desde una fría y precisa distancia clínica que tiende a objetivar los hechos y a filmarlos desde una distancia que impide toda posible identificación con el protagonista. La trayectoria de Zapa no sólo habla de un individuo que se deja arrastrar y que termina por acomodarse a la atmósfera que le rodea (los comportamientos violentos, la connivencia con la corrupción, la servidumbre hacia los poderosos como vía para ascender en el escalafón), sino de las redes que una estructura perversa utiliza para integrar a los advenedizos dispuestos a dejarse manipular por el sistema.

La propuesta es ajena a cualquier disquisición moralista y carece de toda voluntad por enhebrar un discurso de índole sociológico. Su mirada sobre el personaje y sobre las vicisitudes que atraviesa es tan distante como discreta. Despojado de ingredientes psicológicos, la naturaleza conductista del relato disecciona los hechos de forma implacable, sin pretensión de construir una arquitectura dramática levantada sobre causas y efectos. Se filman los acontecimientos de manera minuciosa y se deja al espectador la tarea de valorarlos, sin imponer nunca desde fuera otro sentido que no sea el de la propia identidad expresiva de unas imágenes medidas con exactitud y siempre plenamente dominadas por Trapero, que filma con El bonaerense una obra abierta y serena, testimonial sin hacer ostentación, reflexiva sin hacerse demostrativa y mucho más personal de lo que puede aparentar.