Image: Walt Disney in Black

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Cine

Walt Disney in Black

5 diciembre, 2001 01:00

Mike Fink: Ratón borrón de tinta, 1983

Todo el mundo sabe que el "mago de Burbank" Walt Disney, uno de los mayores creadores de fantasías del siglo XX, no era precisamente un santo. Varias biografías no autorizadas han profundizado en su personalidad conservadora y su política de empresa, ejercida con mano de hierro, pasando por encima de los derechos de sus trabajadores y practicando un estilo de poder dictatorial, que imponía a sus empleados, muchos de ellos artistas de gran talento, una línea estética e ideológica concreta: la línea Disney.

Guste o no, el resultado de este estilo, no muy distinto al de otros grandes estudios del Hollywood clásico (pensemos en Samuel Goldwyn, Zanuck o Howard Hughes), dio por resultado algunos de los filmes más brillantes de la historia del cine de animación. Disney quedó consagrado automáticamente como el "mago" de la animación. Y la magia de sus películas, unida al carácter de su creador, irradia también misterio, un aroma oscuro, que ha hecho pensar a más de uno que el epíteto de "mago" aplicado a Disney es más acertado de lo que suponemos.

¿Esconden los clásicos de Disney claves ocultas que puedan revelarnos a un genio perverso? ¿Utilizaba Disney la animación, el género cinematográfico más próximo a la magia por su propio carácter, como un medio para influir en las mentes? ¿Están llenas sus películas de imágenes subliminales destinadas a cambiar a quienes las contemplan inocentemente? Para los exégetas marxistas de la cultura popular en los años 60 y 70, no hay duda del carácter propagandístico, capitalista e imperialista, propio del cine de Disney. Durante años, el Pato Donald y Mickey Mouse simbolizaron el aspecto más siniestro de la propaganda yanqui: su imposición de modelos y comportamientos capitalistas en las mentes infantiles de espectadores y niños de todo el mundo. Pero hay más. Aparte de la lectura ideológica, a veces llevada al extremo del ridículo, existen otras formas de abordar el mundo de Disney que arrojan resultados desconcertantes.

Hay especialistas en el cine clásico de Hollywood que no dudan en afirmar que Dumbo, la tierna historia del elefantito volador, no es sino una metáfora de la homosexualidad y su marginación. Con posterior triunfo absoluto del "alado" protagonista. En el terreno prohibido de los dibujos animados, el sexo, debríamos señalar que Walt Disney sólo se atrevió con el desnudo frontal en una ocasión: el baño de las centaurettes en Fantasía (con tres simpáticos voyeurs al fondo). Disney aparece así conectado a una supuesta red de pederastas aficionados a las Artes Negras del viejo Hollywood, entre los que se contarían personajes como Valentino, su esposa, Natacha Rambova, Ramón Novarro, etc.

Sin dejar volar tan alto nuestra fantasía, no cabe duda de que algo inquietante aparece siempre en el cine del Disney más clásico. En la gran tradición de los narradores de cuentos, el cine de Disney está repleto de un sadismo refinado que no puede dejar de causar efecto en las tiernas mentes del público (lo que no tiene por qué ser malo, desde luego)... ¿Cómo olvidar la operística muerte de la madre de Bambi, las torturas a las que es sometido un Pinocho convertido en asno, las humillaciones que sufre Cenicienta a manos de sus hermanastras...? Y, sobre todo, ese monumento animado a lo mágico que es la original Fantasía: el terrorífico Diablo de Una noche en el Monte Pelado, los gigantescos saurios terribles luchando al ritmo primitivo de la música de Stravinsky, Mickey Mouse convertido en aprendiz de brujo, los siniestros cocodrilos de La danza de las horas... Y tantas otras imágenes de magia, oscuras muchas, luminosas algunas, plasmadas con delirante genio en una obra maestra, que brilla especialmente si la comparamos con la pueril y políticamente correcta Fantasía 2000.

Hay un Disney oscuro, admirado por el viejo Anton LaVey, fundador de la Iglesia de Satán, convertido por Max, uno de nuestros mejores creadores de cómics, en amigo del tenebroso escritor H.P. Lovecraft... Un Disney con auténtica simpatía por el diablo (una empatía que puede adivinarse detrás de esos personajes dionisíacos como Peter Pan y Campanilla, o antipáticos e irresistibles, como el pato Donald y el multimillonario Tío Gilito...), y con alma de auténtico nigromante: su sueño, crear una realidad virtual en la que sus personajes fueran reales y sobre la que gobernar con poder absoluto, se cumplió plenamente. Pensadlo cada vez que visitéis uno de sus parques temátios: Walt Disney en Los ángeles, Disney World en Florida o Disneyland París.