El científico Louis de Broglie. Diseño: Rubén Vique

El científico Louis de Broglie. Diseño: Rubén Vique

Entre dos aguas

Ciencia de postín: Louis de Broglie, el aristócrata que ganó el Premio Nobel de Física

En el recientemente publicado 'Así viví 1900' (Errata Naturae), la hermana mayor del investigador francés da cuenta del ambiente privilegiado en el que se criaron ambos.

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¿En qué medida estamos condicionados por nuestros orígenes familiares? No hay duda de que estos influyen, en no pocos casos poderosamente, pero aun así la casuística ofrece ejemplos de todo tipo. En lo que a la ciencia se refiere, hay que tener en cuenta que se trata de una disciplina que exige conocimientos que en general solo se obtienen mediante una educación universitaria.

Aunque significando un esfuerzo, muchas familias de clase media han proporcionado a sus hijos esa educación. Más difícil resulta para las más menesterosas, pero no son pocos los científicos de este origen que han superado ese “filtro” mediante becas o ayudas de otro tipo.

Lo que es poco frecuente es encontrar científicos de renombre que no hayan pasado por la universidad. El caso más notorio es el de Michael Faraday (1791-1867), un aprendiz de encuadernador que consiguió abrirse camino en la Royal Institution londinense, y cuyas contribuciones al establecimiento de una teoría que englobase las interacciones eléctrica y magnética fueron fundamentales.

Parecido es el caso de Milton Humason (1891-1972), que, de mulero que transportaba materiales al observatorio astronómico de Monte Wilson (California), pasó a ser colaborador de Edwin Hubble, firmando con él, en 1931, el artículo definitivo en el que se demostraba que el universo se expande.

En otro extremo se encuentran aquellos que, perteneciendo a la nobleza, se han dedicado a la investigación científica consiguiendo éxitos muy notables. Uno de los protagonistas destacados de la Revolución Científica —el período de los siglos XVI y XVII, en el que sentaron las bases de la ciencia moderna—, el químico Robert Boyle (1627-1691), perteneció a esa clase social.

Séptimo hijo varón de Richard Boyle, conde de Cork, Robert nació en un castillo de Irlanda. Después de recibir una educación privada, estudió tres años en Eton, el selecto colegio inglés, tras lo cual, acompañado de un tutor, viajó por Europa, de donde regresó en 1644, muy interesado en la investigación científica a la que se dedicó el resto de su vida, primero estableciéndose en Oxford, donde llevó a cabo alguno de sus trabajos con su ayudante y posteriormente célebre científico Robert Hooke. Doce años después instaló un laboratorio en su residencia en Londres.

No muy diferente fue el caso de John William Strutt (1842-1919), tercer barón Rayleigh, que obtuvo el Premio Nobel de Física en 1904 por descubrir el argón. Rayleigh comenzó sus estudios en Eton pero, debido a su mala salud, los prosiguió con un tutor privado. En 1861 entró en la Universidad de Cambridge, graduándose cuatro años después y dedicándose posteriormente a investigar de manera privada. No obstante, en 1879 aceptó ser nombrado Cavendish Professor de su alma mater, sucediendo al gran James Clerk Maxwell, pero no duró mucho su estancia allí: dimitió en 1884 para volver a dedicarse a sus investigaciones en su casa solariega de Terling Place.

De Broglie supo compatibilizar su estatus de nobleza con una larga carrera científica y académica, pero lo hizo a su manera

Mi último ejemplo es Louis de Broglie (1892-1987). Séptimo duque de Broglie, su contribución a la creación de la mecánica cuántica fue decisiva al aportar, en 1923-1924, un resultado de suma importancia: la naturaleza ondulatoria de los electrones, generalizando así la dualidad onda-corpúsculo que Einstein había introducido en 1905 para la luz. Por este trabajo recibió el Premio Nobel de Física en 1929.

Un libro reciente, Así viví 1900 (Errata Naturae, 2026), me ha hecho recordar a de Broglie. Su autora es Pauline de Pange (1888-1972), de soltera de Broglie. Hermana mayor de Louis, en este libro Pauline narra lo que era su apergaminada familia y su estricta y anquilosada educación, siempre acompañada por una institutriz inglesa. Dan idea del ambiente en el que creció —ella y también Louis— los siguientes pasajes del libro: "En 1910, el año de mi boda, todavía había catorce sirvientes. Al pie de la escalera, en el vestíbulo, había siempre un lacayo con librea azul y amarilla. Los días en que se recibía, vestía calzones, medias de seda, zapatos con hebillas y guantes blancos".

¿Cómo es posible que en semejante ambiente surgiera un científico que rompió antiguos moldes? A este respecto hay que señalar que, acorde con la tradición familiar, el joven Louis estudió y se licenció en Historia. El elemento disruptivo fue su hermano mayor, Maurice (1875-1960), sexto duque de Broglie, que decidió ingresar en la Escuela Naval y dedicarse a la Marina.

Sucedió, sin embargo, que aquella formación lo llevó a aficionarse a la física, en la que sobresalió, dedicándose al estudio de los rayos X; junto a Paul Langevin editó las actas del famoso primer Congreso Solvay de 1911, dedicado a intentar comprender los cuantos de luz que había introducido Max Planck en 1900.

"En 1899 —explicaba Pauline—, con la complicidad de su ayuda de cámara, Maurice instaló en la habitación, que ya a la sazón llamaba ‘laboratorio’, unos instrumentos extraños que no encajaban con nuestros preciosos muebles antiguos: pilas eléctricas parecidas a tarros de mermelada, misteriosos discos giratorios, grandes bolas de cobre de las que salían espantosas chispas que iluminaban por completo la habitación".

El ejemplo de Maurice prendió en Louis, que siguió la estela de su hermano, con el éxito ya señalado.

De Broglie supo compatibilizar su estatus de nobleza con una larga carrera científica y académica, pero lo hizo a su manera. Ilustrativo es lo que escribió el irreverente físico nuclear George Gamow en su libro Treinta años que conmovieron la física (1966): "Hacia el final de la tercera década del siglo [XX], me hallaba trabajando en la Universidad de Cambridge junto a Rutherford, y decidí pasar una vez las vacaciones navideñas en París. Para aprovechar bien mi estancia, escribí una carta a de Broglie diciéndole que me agradaría mucho conocerlo personalmente y discutir con él algunos problemas de la teoría cuántica. Me contestó que esos días la Universidad estaría cerrada, pero que le resultaría muy grato recibirme en su casa. Cuando lo visité, vi que residía en una magnífica mansión en el elegante suburbio parisiense de Neuilly-sur-Seine. La puerta se abrió y apareció un lacayo de aspecto imponente. 'Je veux voir Professeur De Broglie'. 'Vous voulez dire, Monsieur le Duc De Broglie', replicó el sirviente. 'Muy bien, le Duc De Broglie', repetí y fui introducido a la casa. De Broglie, vistiendo ropa de entrecasa de seda, me recibió en su salita de estudio suntuosamente amueblada, y empezamos a hablar de física".