El biólogo Antonio de Zulueta (izquierda) tradujo 'El origen de las especies', mientras Javier Marías (derecha) dejó traducciones como la nada fácil 'Tristram Shandy'. Diseño: Rubén Vique

El biólogo Antonio de Zulueta (izquierda) tradujo 'El origen de las especies', mientras Javier Marías (derecha) dejó traducciones como la nada fácil 'Tristram Shandy'. Diseño: Rubén Vique

Entre dos aguas

Demoliendo la Torre de Babel: elogio y defensa del traductor y su impagable labor

A pesar de no ser tan reconocidas como las de las obras literarias, las traducciones son también muy importantes en la ciencia. No para el avance del conocimiento científico, sino para que "formen cultura".

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El aire que respiramos, el agua que bebemos y los alimentos que ingerimos son, junto a los procesos biológicos que nos permiten ser, vivir y reproducirnos, elementos que todos los humanos compartimos, aunque sean muchas las diferencias de calidad o abundancia por razón de cultura o medios económicos. Pero propiedades como estas no distinguen a los humanos de muchas otras formas de vida.

El lenguaje, los idiomas, la capacidad de expresar sonidos en formas articuladas que, además de acoger sensaciones fisiológicas como el dolor, la angustia o el placer, sirven para representar ideas, sí nos distingue de otras especies, independientemente de que algunas posean algún tipo de método oral de comunicación.

No hay nada más universal y democrático que los idiomas: con la excepción de sufrir algunas escasas patologías, todas las personas poseen alguno. Por supuesto que existen diferencias en el dominio y sofisticación de un medio de comunicación que incluye una abrumadora diversidad de términos, estructuras lingüísticas y variaciones semánticas, pero tales diferencias no son óbice para la íntima relación que cada persona mantiene con su idioma, intimidad que recoge unas frases que Hannah Arendt, emigrante forzosa en tiempos negros de exclusión, escribió en un artículo ("Nosotros los refugiados") de enero de 1943. Frases que ya he citado en alguno de mis artículos, pero que son tan hermosas, tan dolorosas, que quiero repetirlas: "Perdimos nuestra lengua, es decir, la naturalidad de las reacciones, la sinceridad de los gestos, la sencilla expresión de los sentimientos".

Y es que, desgraciada o afortunadamente, los diferentes caminos que tomaron los humanos desde sus orígenes ancestrales dieron lugar a múltiples idiomas, diversificándose bien en familias —como las lenguas romances, derivadas del latín (las principales son español, italiano, francés, portugués y rumano)— o naciendo y conservándose en comunidades muy aisladas.

Según algunas estadísticas, en la actualidad existen 7.170 lenguajes, aunque este número fluctúa constantemente, especialmente porque algunos van desapareciendo (aproximadamente el 44 % de los idiomas conocidos se encuentran en peligro de desaparecer, a menudo con menos de 1.000 hablantes).

En 1623, tras caer gravemente enfermo por un ataque de tifus, el poeta inglés John Donne nos legó unas hermosas frases que no por mil veces repetidas han perdido su profundo significado: "Ningún hombre es una isla, completa en sí misma; cada hombre es un pedazo de continente, una parte del todo". Y para luchar contra la insularidad inevitablemente asociada a la Torre de Babel construida con la argamasa de los idiomas, para compartir la literatura, la historia, la filosofía, la ciencia y tantas y tantas otras expresiones del pensamiento humano pasado y presente que fueron o están codificadas originariamente en idiomas diferentes, la labor de los traductores es impagable.

Marginados y subvalorados con dolorosa frecuencia, la dificultad del trabajo de los traductores es inmensa, pues se trata, en definitiva, de hacer propio, sin deformarlo, el pensamiento y la forma de expresarlo de una persona que lo escribió en otro idioma. Y esto se aplica a cualquier disciplina. En el campo de la literatura, la traducción es bien conocida; cuanto más valorada sea una novela o un poema más lectores encontrará que desconocen el idioma en que fue escrita. Y no es inusual encontrar escritores que han dedicado parte de su tiempo a traducir obras de idiomas diferentes al suyo. Un ejemplo reciente destacado fue Javier Marías, quien nos dejó traducciones como la nada fácil Tristram Shandy (1760-1767; Alfaguara, 2006), de Laurence Sterne (1713-1768).

A pesar de no ser tan reconocidas como las de las obras literarias, las traducciones son muy importantes en la ciencia. No para el avance del conocimiento científico, pues para sus profesionales es obligado conocer al menos la lengua hegemónica de la época en que investigan —ahora es el inglés—, pero sí para que esos conocimientos se difundan en las diferentes sociedades, para que "formen cultura".

En lo que se refiere al español, los ejemplos son particularmente abundantes debido a la historia que ha tenido la ciencia en nuestro país. Es gracias a los traductores que son accesibles en español obras fundamentales como El origen de las especies (1859) de Charles Darwin, que tradujo el biólogo y genético Antonio de Zulueta (1885-1971).

O una buena parte de la obra de Sigmund Freud, cuya traducción —la primera en otra lengua— fue llevada a cabo por el germanista Luis López-Ballesteros y de Torres (1896-1938), a quien Freud escribía desde Viena el 7 de mayo de 1923: "Siendo yo un joven estudiante, el deseo de leer el inmortal Don Quijote en el original cervantino me llevó a aprender, sin maestros, la bella lengua castellana. Gracias a esta afición juvenil puedo ahora —ya en edad avanzada— comprobar el acierto de su versión española de mis obras, cuya lectura me produce siempre un vivo agrado por la correctísima interpretación de mi pensamiento y la elegancia del estilo. Me admira, sobre todo, cómo no siendo usted médico ni psiquiatra de profesión ha podido alcanzar tan absoluto y preciso dominio de una materia harto intrincada y a veces oscura”.

Conozco al menos un caso en el que no se incorpora a los corpus lexicográficos del español obras traducidas, que se ven así marginadas frente a lo que se escribe directamente en español. El caso de Freud demuestra lo erróneo de semejantes exclusiones, pues la temprana traducción de López-Ballesteros sirvió para instalar en nuestro idioma un nuevo mundo lingüístico, científico y cultural. Y lo hizo mucho mejor y más rápidamente que posteriores seguidores de las teorías de Freud que escribieron en castellano. Es absurdo pensar que lo que en realidad es "de segunda mano", es mejor que lo original tratado por traductores.

Podría poner muchos ejemplos, del pasado o del presente, de la importante labor de un traductor, pero me limitaré a uno: la inmensa obra que ha llevado y lleva a cabo Joandomènec Ros, catedrático de Ecología en la Universidad de Barcelona. Entre sus muchas traducciones se encuentran los libros de Stephen Jay Gould, un faro generador de la mejor cultura, humanística y científica; El origen del hombre, el otro libro fundamental de Darwin; o Primavera silenciosa de Rachel Carson (ambos en Crítica). Que Joandomènec Ros haya sido presidente del Institut d’Estudis Catalans entre 2013 y 2021 es un detalle no insignificante que muestra que las lenguas no son, no deben ser, instrumento de alejamiento.