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Ciencia

¿Nos quita el sueño el verano?

El catedrático de Psicobiología Ignacio Morgado inicia una serie sobre cómo afronta el cerebro las alteraciones que sufrimos durante el período estival

10 julio, 2019 11:49

Pasamos una buena parte de nuestra vida durmiendo.  ¿Qué ocurriría si dejásemos de dormir, aparte, claro está, de sentirnos muy cansados? Un grupo de científicos rusos se hicieron esa misma pregunta tras observar que los delfines eran animales capaces de nadar miles de millas marinas durante muchas horas prácticamente sin descansar. Les intrigó tanto la posibilidad de que pudieran estar tanto tiempo despiertos que decidieron comprobar si, efectivamente, los delfines no dormían durante sus largas travesías oceánicas. Lo que hicieron fue implantar electrodos acoplados a un pequeño emisor de radio en el cerebro de uno de ellos para poder registrar continuamente su actividad eléctrica desde un barco próximo. El electroencefalograma obtenido de ese modo permitía saber cuándo el delfín dormía y cuándo estaba despierto durante sus desplazamientos.

Así pusieron de manifiesto uno de los hallazgos más sorprendentes de la neurociencia: los dos hemisferios cerebrales del delfín se turnaban para dormir en periodos alternativos, es decir, los delfines ponían a dormir medio cerebro mientras el otro controlaba el nado y transcurrido un tiempo la mitad que había dormido despertaba y la que había estado trabajando se ponía a dormir. Hay quien ha observado, en correspondencia con lo anterior, que los delfines duermen con un ojo abierto. Si se confirma, ese ojo debe ser el controlado por el hemisferio que no duerme. El delfín, por tanto, podía navegar grandes distancias sin detenerse ni dejar de dormir.

Durante el sueño las neuronas sintetizan proteínas y otras moléculas que les sirven para recuperarse del desgaste durante la vigilia y mantener sus funciones. Si no dormimos, además de sentirnos muy cansados, perdemos capacidad de atención, de memoria y de otras funciones mentales. Pero, si lo hacemos, el sueño prepara al cerebro para aprender, potencia la formación de la memoria y reorganiza los contenidos de la mente. Veamos cómo lo hace.

Cada vez que recordamos algo reactivamos su memoria y la hacemos más fuerte y estable, como cuando repasamos con el lápiz los trazos de un dibujo para pronunciarlo más y evitar que se borre. Pero la reactivación de lo aprendido durante el día ocurre también inconscientemente cuando dormimos. En ratas, y también en personas mediante técnicas de neuroimagen funcional, se ha comprobado que, en el hipocampo, una región del cerebro relacionada con la formación de la memoria, la misma secuencia de actividad de sus neuronas que tiene lugar durante el aprendizaje de determinadas tareas se repite también posteriormente en esas mismas neuronas y de modo espontáneo durante el sueño subsecuente. Eso explica que la memoria pueda mejorar incluso cuando llevamos un tiempo sin practicar, pues el sueño puede ser una manera de practicar mientras dormimos.

En un experimento las personas que pudieron dormir durante casi dos horas de un día mostraron también después un aumento considerable de su capacidad para aprender una tarea numérica. Dormir, por tanto, resulta beneficioso para la memoria tanto si ocurre antes como si ocurre después de aprender. Las memorias de situaciones emocionales ganan preferencia, pues la emoción asociada a ellas puede ser la etiqueta necesaria para que el sueño posterior seleccione esas memorias para potenciarlas.

Pero lo más sorprendente es que el sueño sirve también para integrar los contenidos de las nuevas memorias en las ya existentes, generar nuevas asociaciones, y extraer características invariantes y reglas ocultas en el conjunto de la información recibida, todo lo cual facilita inferencias y nuevas visiones sobre las cosas. En otro experimento el doble de las personas que durmieron 8 horas, comparados con las que no lo hicieron, solucionaron antes un problema de reducción de números al descubrir a medio camino del ejercicio la regla abstracta para la solución final oculta en todas y cada una de las secuencias del problema, sin necesidad, por tanto, de cubrir todos los pasos sucesivos previstos para alcanzar la solución, es decir, como encontrando un atajo. En ese sentido, el sueño hace algo parecido a lo que, como nos muestra la película de Michael Apted The Imitation Game (Descifrando Enigma), hizo el ordenador de Alan Turing para descubrir el código secreto de los alemanes en la segunda guerra mundial: al reestructurar y reordenar inconscientemente y de modo automático la múltiple información disponible en el cerebro, extrae y pone de manifiesto regularidades y reglas contenidas en esa información, difíciles o imposibles de apreciar durante la vigilia consciente.  Por tanto, mientras dormimos es posible crear un nuevo conocimiento que supera a la suma del preexistente en el cerebro.

Finalmente, si de manera inconsciente mientras dormimos la información preexistente se combina y da lugar a extracción de regularidades y reglas ocultas, inducciones y deducciones, no es extraño que cuando despertamos hayamos generado un nuevo conocimiento que supera a la simple suma del que ya teníamos. Ese nuevo conocimiento sobrevenido se parece mucho al que nos llega cuando decimos intuir algo o haber descubierto espontáneamente una nueva relación entre cosas. Intuición y creatividad son conceptos que tienen mucho en común. En la noche del 17 de marzo de 1869, en San Petersburgo, el físico Dimitri Mendeléiev se quedó dormido sobre su escritorio hasta que, de repente, se despertó sobresaltado: en sueños había concebido el orden y la tabla periódica de los elementos químicos.

Ignacio Morgado es catedrático de Psicobiología de la Universidad Autónoma de Barcelona
y autor del libro
Deseo y placer, publicado por Ariel.