Belgrad 3

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Último pase por Alberto Ojeda

Mapa del odio en Europa: las gradas más convulsas

Alberto Ojeda estrena blog sobre cultura y deporte reseñando 'Rivalidades crónicas', de Jordi Brescó y Pau Riera, una inmersión en algunos de los derbis futbolísticos más enconados del viejo continente

26 marzo, 2020 09:01

El libro Rivalidades crónicas (Panenka) me ha traído a la memoria algunos derbis madrileños. La atmósfera en estos encuentros siempre es aguerrida y vibrante. Pero la más impresionante que recuerdo es la de la final de la Copa del Rey de 1992. El Atlético y el Madrid se citaron en el Santiago Bernabéu el 27 de junio de ese año. El estadio, que todavía contaba con muchas localidades de pie y un aforo muy superior al de ahora, fue dividido en dos. Parecía como si lo hubieran cortado con un bisturí para separar a ambas aficiones, que rugían y se provocaban mutuamente. Agentes antidisturbios y vallas metálicas de por medio para evitar encontronazos. Recuerdo también que mis amigos y yo nos entretuvimos más de la cuenta en la previa de rigor: es decir, tomando unas cervezas en un bar cercano. Pusimos rumbo al coliseo de La Castellana demasiado tarde y, con las prisas y la excitación, nos liamos y fuimos a meternos en mitad del bando contrario. O sea, en la mismísima boca del lobo. Grave error que, por suerte, no trajo consecuencias serias. Los seguidores rivales —supongo— fliparían al vernos. Esa estupefacción inicial nos permitió ganar unos segundos valiosos para cerciorarnos de la cagada y hacer mutis a la carrera. En el trayecto hacia el vomitorio empezaron a arreciar los insultos y algún escupitajo que logramos esquivar.

Ya fuera de peligro, no podíamos parar de reírnos. Pero por entonces, a principios de los 90, con la diseminación del movimiento skinhead por toda Europa tras la caída del muro de Berlín, el derbi capitalino era un contexto potencialmente inflamable. Esa oleada de violencia juvenil puede leerse hoy como un epílogo de los convulsos 80, en los que las peleas callejeras fueron una constante, una manera de vivir para muchos jóvenes. Así que lucir una bufanda, un pin o una bandera identificativa de uno de los dos equipos en liza en el lugar equivocado podía ocasionar serios problemas. Pasada esa etapa, el derbi se ha ido civilizando. Lo prueban las dos finales de la Liga de Campeones (en Milán y Lisboa) en las que coincidieron Madrid y Atleti y no hubo incidentes reseñables. Primó la convivencia o, al menos, la conllevanza. ¿Por qué? Pues porque en realidad no hay factores políticos, religiosos o de clase que malquisten a los contendientes. El pique es intenso, sí, pero está muy lejos del odio. En Rivalidades crónicas, compuesto por diez reportajes sobre el terreno firmados por Jordi Brescó (textos) y Pau Riera (fotos) sobre otros tantos derbis del Viejo Continente, sí encontramos en cambio ese veneno sectario en algunos casos.

Imagen del Old Firm, derbi de Glasgow, donde todavía se respira la tensión entre católicos y protestantes. Foto: Pau Riera

Imagen del Old Firm, derbi de Glasgow, donde todavía se respira la tensión entre católicos y protestantes. Foto: Pau Riera

El más enconado quizá sea el del Old Firm, nombre que recibe el que se juega en la ciudad de Glasgow y que enfrenta al Celtic, fundado en 1887 por migrantes irlandeses orgullosos de sus orígenes, y el Rangers, equipo tradicionalmente alineado con el protestantismo y el unionismo británico más conservador, como el de la Orden de Orange. De hecho, el Rangers estuvo sin fichar jugadores católicos durante varias décadas. Era una prohibición no escrita pero que todos sus dirigentes cumplían escrupulosamente (sectariamente, mejor dicho). Estos ingredientes hacen que el Old Firm se viva a tope no sólo en Glasgow sino también en Belfast, capital en disputa de Irlanda del Norte, donde ondea la Union Jack contra la voluntad de la gran mayoría de irlandeses, anhelantes de la desaparición de cualquier frontera dentro de su isla esmeralda.

Brescó y Riera, en una pauta habitual en todos sus trabajadísimos reportajes (dan voz a aficionados, directivos, jugadores...), acuden a uno de los pubs emblemáticos de la afición del Celtic. Allí hablan con Ramye, el propietario, que a la pregunta de si el Old Firm es un derbi político da una respuesta categórica mientras de fondo suena una canción de exaltación del IRA:

—Sí, 100% político, 100% religioso y 100% futbolístico. Los sentimientos que despiertan son incomparables pero, si el Rangers desapareciera, no me daría ninguna pena.

Queda claro, ¿no? En cualquier caso los que lo han presenciado a lo largo de las últimas décadas afirman que el diapasón de hostilidad se ha rebajado notablemente. Lo dice por ejemplo Simon Kuper, autor de Fútbol contra el enemigo, libro pionero en el abordaje antropológico del fenómeno balompédico. El periodista y escritor británico cuenta en el prólogo de Rivalidades crónicas que en 1993, en un despiste similar al mío y mis colegas, no le rompieron la nariz de un cabezazo por sólo un centímetro. Años después, tras la firma de los Acuerdos del Viernes Santo entre los gobiernos británico e irlandés, comprobó que el riesgo se había amortiguado notablemente. “Aunque los hinchas sigan cantando lemas sectarios, ya casi nunca creen en su contenido. Sólo sirven para que el Old Firm sea más divertido”, explica con conocimiento de causa. Por otra parte, el Rangers hoy alinea a muchos católicos. Veremos si el enredo del Brexit no remueve de nuevo el avispero…

Otro derbi muy emponzoñado por la política (léase el ultranacionalismo) es el de Belgrado. Confiesa Brescó, muy curtido en el reporterismo de viajes, que es en el que más miedo pasó. Y es que aquello, más que un derbi, es un aquelarre de pasiones y pirotecnia. Por suerte, los adversarios, Estrella Roja y Partizan, comparten credo ideológico: son defensores a ultranza de la Gran Serbia. Es la única atenuante en el espectáculo que presenciaron en el Pequeño Maracaná. Brescó trae acertadamente a colación una cita de Un puente sobre el río Drina del Nobel Ivo Andric para describir el resorte que enajena las gradas balcánicas: “Esa bestia salvaje que vive en el hombre y que no se atreve a mostrarse hasta que se han eliminado las barreras de la ley y la costumbre había quedado en libertad”.

Esa bestia se descontroló en un Dínamo de Zagreb-Estrella Roja de 1990. Terminó en batalla campal entre policías, jugadores, hinchas… Fue uno los hitos en el crescendo de violencia que desembocó en la guerra de los Balcanes. Lo ocurrido sirvió para certificar la ruptura de la convivencia por culpa de la invocación excluyente del terruño propio. Entre los seguidores más radicales del Estrella Roja (los Delije) y del Partizan (los Grobari) son frecuentes las agresiones mutuas pero ambos reivindican todavía al unísono siniestros líderes militares serbios como Ratko Mladic, el carnicero de Srebrenica y planificador del cerco de Sarajevo. Por eso el sueño de algunos de que, como se hace en el baloncesto, se pueda organizar una liga adriática en la que se enfrenten de nuevo equipos serbios y croatas es hoy una quimera. La memoria de los horrores todavía escuece.

Derbi de Estocolmo, bautizado como el de los Gemelos. Foto: Pau Riera

Derbi de Estocolmo, bautizado como el de los Gemelos. Foto: Pau Riera

Lo cierto es que en el este de Europa se vive un verdadero auge de los movimientos ultra, como se demostró en la última Eurocopa, por momentos una auténtica contienda callejera. Las inestabilidades e incertidumbres de la crisis financiera han conducido a muchos jóvenes a los fondos de los estadios. Allí se sienten fuertes y protagonistas. En países como Polonia y Hungría están, además, en sintonía con el populismo nacionalista de sus gobiernos. Pero como se nos informa en Rivalidades crónicas esta querencia juvenil también aflora en lugares inesperados. El derbi de Estocolmo (AIK vs. Djurgardens) exhibe una insospechada virulencia en sus gradas con un punto de lucha de clases: bengalas, pasamontañas, cortes de manga… Bueno, al lector de la prolífica novela negra escandinava, con los pioneros Maj Sjöwall y Per Wahlöö a la cabeza, no le sorprendería tanto porque estos autores han evidenciado en su narrativa el humus turbio sobre el que se asienta la postal socialdemócrata.

Rivalidades crónicas, con un despliegue fotográfico magnífico, nos introduce también en la idiosincrasia de los derbis de Génova, Nicosia, Estambul, Hamburgo (con una disección del sustrato de izquierdas del popular Sankt Pauli, club de barrio por antonomasia), Praga, Belfast y Sheffield, ciudad en la que presuntamente se acuñaron las primeras reglas oficiales del deporte rey y el término ‘derbi’ para referirse al partido jugado por dos equipos de una misma ciudad (procede de la famosa carrera de caballos disputada en Epsom, creada en homenaje al conde de Derby) . Es un recorrido alternativo, pues descarta clásicos más mediáticos, como los que se celebran en Mánchester, Roma, Milán y Madrid, para centrarse en otros que sociológicamente tienen más recovecos e ilustran mejor las corrientes de odio que surcan el continente europeo. Los diez reportajes acaban conformando una cartografía de antiguos rencores que encuentran su espita en el fútbol. Por eso es importante disfrutar de la contemplación del juego sobre la hierba pero sin dejar de mirar con el rabillo del ojo a lo que ocurre en los graderíos. En ellos podemos testar el grado de descontento y desorientación de nuestras sociedades.

@albertoojeda77

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