Bryce-3-©-Germán-Coronado

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Tengo una cita por Manuel Hidalgo

'Permiso para retirarme', lo último de Bryce Echenique

No hay lance, sucedido o personaje que no provoque diversión o no encoja el alma en el tercer tomo de las 'antimemorias' del autor

2 abril, 2021 17:03

En el tercer tomo de sus Antimemorias, Alfredo Bryce Echenique (Lima, 1939) pide permiso para retirarse, y sus buenos, fieles y, por ello, entusiastas lectores se lo tenemos que conceder con la expresión de nuestra más sincera y conmovida gratitud. Hemos pasado con él días incomparables.

Desde hace cincuenta años, desde Un mundo para Julius (1970), La vida exagerada de Martín Romaña (1981) y El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz (1985) hasta No me esperen en abril (1995) y Dándole pena a la tristeza (2012), por sólo citar algunas de sus mejores novelas, el escritor peruano nos ha venido acompañando con su lenguaje extraordinario, con sus libros divertidísimos y patéticos, haciéndose acreedor a nuestra fidelidad y a nuestro agradecimiento por tantas y tantas horas de lectura regocijante y de invitación indeclinable a la vida, pese a la desolación y a las miserias que podamos encontrar en su camino y en el nuestro.

Permiso para retirarme (Anagrama) llega casi treinta años después de Permiso para vivir y unos quince después de Permiso para sentir, los dos volúmenes anteriores de sus Antimemorias —también publicados por Anagrama, como el resto de los libros citados— y habrá que decir que, a estas alturas, Bryce Echenique ya tenía, como suele decirse, todo el pescado vendido, mucho más cuando este tercer tomo apenas aporta nada sobre el tiempo transcurrido desde el anterior y reincide en todos los territorios ya explorados en sus obras precedentes, sean de ficción o memorialísticas, que, como es sabido, presentan en su caso fronteras difusas en lo esencial.

Prescinde aquí Bryce de encabezar el primer bloque con el significativo título de Por orden de azar, pero sigue siendo el azar quien ordena y el orden quien trata de organizar el azar en los cinco grandes capítulos que forman el libro, para nada sujetos al recorrido cronológico, sino, al contrario, al constante zigzagueo.

Su vida en Francia (París, Montpellier…), su dedicación a la docencia universitaria, la familia y los amigos en su infancia y juventud, sus experiencias con los dictadores de su país, sus viajes profesorales o de placer, sus encuentros con llamativos personajes anónimos y las relaciones con sus esposas, sus amantes y sus muy jóvenes alumnas/amantes son los principales palos temáticos de una copiosa miscelánea de estampas, anécdotas y viñetas, entretejidas por la persistente entrega al alcohol y al sexo y por la irrupción guadianesca de los percances psiquiátricos de la depresión, las situaciones límite, insospechadas y grotescas y los fracasos y derrotas personales, llevados estos últimos con una cierta resignación estoica que hace brillar todavía más los episodios de exaltación y plenitud vital.

Permiso para retirarme es un libro adelgazado en casi todo, un libro de picoteo y de retales, en el que cada epígrafe es más breve y está más fragmentado que nunca antes en sus Antimemorias, aunque no se puede negar que, por acumulación y pese a su atomización, la sucesión y la interrelación acaban, como en un cuadro impresionista, formando masa y mostrando un paisaje humano figurativo y sustancioso.

De Permiso para retirarme se pueden decir cosas buenas: en numerosos párrafos y líneas, en felices expresiones del lenguaje se mantiene en alto la calidad de la escritura de Bryce Echenique y el efecto en el lector del consiguiente placer puntual en la lectura, del mismo modo que no hay prácticamente lance, sucedido o personaje que no provoque diversión o, según, no encoja el alma, sea por el cariz y forma de lo narrado o, casi siempre, por la pertinaz mala cabeza —entre la inconsciencia, la desaprensión o la inocencia— del escritor, que parece no haber abandonado nunca una mentalidad infantil.

Pero también es verdad que Permiso para retirarme tiene demasiados descuidos, tics verbales reiterados, alguna frase de difícil comprensión y repeticiones de contenidos, estas últimas tanto en el libro mismo como en relación a libros anteriores del escritor. Un ejemplo nada más: Bryce vuelve a contar —y con menos detalle— el divertidísimo episodio de unas fallidas vacaciones con su siempre omnipresente amigo Julio Ramón Ribeyro en el sur de Portugal y el peregrino argumento de su colega para conjurar su cerval miedo al avión. Ya lo había contado (Pánico a volar) en, por lo menos, Permiso para vivir.

Se advierte, pues, una fatiga, un cierto desistimiento y hasta un esfuerzo en Bryce para completar, seguro que poco a poco —o, quién sabe, tal vez demasiado aprisa en algún tramo— esta tercera y última entrega de sus Antimemorias, que Anagrama ha querido publicar y que, seguramente, ha renunciado a modelar como habría sido necesario. Olvidémonos de Stendhal y de Gabriel García Márquez —citados en la contracubierta—, porque muy poco o casi nada dice de ellos en este libro Bryce Echenique, como tampoco de sus lecturas, de su oficio de escritor o de su propia obra.

No recuerdo si el cuento que voy a recoger a continuación ha aparecido o no en otro libro de Bryce Echenique. Pero no hay duda de que por líneas como las que transcribo vale la pena leer Permiso para retirarme.

Bryce narra su reencuentro en Venezuela con la rica Inés, una antigua alumna suya en la universidad de Nanterre. El escritor pasa dos días invitado en la propiedad familiar de su vieja amiga y se despide del guía que le ha acompañado, apodado Sobradito de Tigre, pues “había sido casi devorado por un jaguar años atrás, episodio en el que había perdido un brazo entero y media pierna”. De ahí, su mote. Escribe Bryce:

“…Pero lo mejor viene ahora: en el momento en que me despedí de aquel inolvidable personaje, me dio la única mano que tenía y me soltó las siguientes palabras:

—Señor, el placer ha sido muy sumamente demasiado grande para mí.

—Y el placer ha sido para mí realmente supino, señor —le respondí para estar a la altura de sus inefables palabras.

Noté que Sobradito de Tigre se había quedado desconcertado con la palabra “supino”, pues en efecto me dijo:

—Mire, señor, mientras yo voy a enterarme de lo que quiere decir la palabra supino, usted se me queda aquí en calidad de hijo de puta interino.”

Gracias.

@manuelghidago

Borja Cobeaga Jesús Palacios

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