El Cultural

El Cultural

Tengo una cita por Manuel Hidalgo

Matute: campo, infancia y verano en 'El río'

Es un libro muy asomado al dolor, a la crueldad y a la muerte en el que la nostalgia lleva aparejada la evocación del sufrimiento

19 diciembre, 2019 13:07

El lobo y el sapo. Escribe Ana María Matute (1925-2014): “A todos los muchachos, aunque jamás le viéramos, nos aterró la palabra “lobo”. Y todos martirizamos sapos. El lobo era el miedo, el sapo la crueldad gratuita, la revancha injustificada”. Estas palabras, que se leen en el último capítulo de El río, excelente resumen testamentario del libro, sintetizan muy bien una parte fundamental de su sentido. El lobo, el verdugo; el sapo, la víctima. El lobo como símbolo de tantas cosas que aterrorizan a los niños, y el sapo (apaleado, amputado, aplastado) como metáfora de una inocencia torturada -¿como revancha?- desde la conciencia infantil de la propia pequeñez y vulnerabilidad asediadas.

El lobo y el sapo nos sirven muy bien para explicar que aunque El río (1963) –ahora editado por Nórdica, con ilustraciones de Raquel Martín– pueda parecer –antes de leerlo, al atisbarlo, al presumirlo– una evocación nostálgica, amable y blanda del campo, de la infancia y del verano, en realidad es un libro muy áspero –adjetivo del que gusta Matute–, muy duro, muy negro, muy asomado al dolor, a la crueldad y a la muerte. Sí hay en él, sin embargo, nostalgia, pero no es una nostalgia blanca y complaciente, sino una nostalgia que lleva aparejada la evocación del sufrimiento y la completa asunción tanto de las zonas oscuras del pasado como de la angustia del presente desde el que se recuerda, que, a su vez, es un despojo, un andrajo erosionado por los estragos del tiempo. El tiempo y su paso fatídico es el gran protagonista de El río, como no podía ser de otra forma, elegido el título, pues todo río representa el fluir del tiempo.

Ana María Matute volvió, a los treinta y muchos años y después de once de ausencia, a Mansilla de la Sierra, el pueblo riojano en el que su familia tenía casa y ella había pasado con sus padres y hermanos muchos veranos de su niñez. Y pudo comprobar lo que, sin duda, ya sabía: que el pueblo entero había quedado hundido bajo las aguas de un pantano, que sus habitantes –los que no habían optado por emigrar– se habían alojado en unas viviendas de reciente construcción y que las ruinas casi enteras del viejo Mansilla emergían y eran accesibles en tiempos de sequía.

El pueblo sumergido, el pueblo fantasma, da lugar, como cabe imaginar –al igual que el destino, entre la resignación, el desconsuelo y la rabia, de sus antiguos pobladores–, a algunos pasajes poderosos. Pero, en realidad, tal situación es el disparadero que, como si quisiera restituir al pueblo y restituirse a sí misma la vida perdida y anegada, lleva a la escritora a recordar los muchos días que allí vivió.

Campo, infancia, verano, decía. Todo, absolutamente todo cuanto pueda suponerse, y más, como materia de obligado almacenaje en ese triple e interrelacionado contenedor está presente –y palpitante– en El río. La naturaleza en todas sus manifestaciones vegetales, minerales y animales, las costumbres, los ritos y rituales, los amigos, los juegos, los oficios, las horas del día, los visitantes, los más variados tipos humanos, el habla y la mentalidad de la gente de pueblo, los objetos de la cotidianidad, en fin, todo, absolutamente todo está compendiado en El río, tanto por la activación de la memoria de la escritora como por la investigación que –preguntando, indagando– lleva a cabo con intención literaria, sí, pero a veces con la apariencia de una encuesta antropológica o etnográfica sobre el terreno.

Colores, sabores, sonidos, olores, texturas, luces, una extrema e intensa sensorialidad se expande sobre las páginas del libro, de una plasticidad y rugosidad accesibles –podríamos decir– a los cinco sentidos. La riquísima prosa de Matute –sazonada por el habla de la gente, por los nombres de todas las cosas– se desliza de continuo hacia el lenguaje poético y da lugar con frecuencia a alguna exudación excesivamente sentimental y lírica.

Pero, hecha esta última afirmación, conviene matizarla e incluso desmentirla inmediatamente para no equivocar o disuadir al futuro lector del libro. El río se compone de unos cincuenta capítulos breves, y sucede que la mayoría de ellos, lejos de ser estampas inanimadas o evanescentes ensoñaciones, contienen una historia, operan como un cuento –sea en torno a un personaje o a una acción–, y en esos relatos –y volviendo al lobo y al sapo–, lo que Matute construye principalmente es un mundo oscuro y apesadumbrado, hecho de aflicción, enfermedad, muerte, maledicencia, envidias, maldades, saña y violencia.

En El río se da una pirueta extraordinaria o, si se quiere, una ambivalencia o un derecho y un revés constantes que no son sino prueba de la enorme complejidad y capacidad de Ana María Matute como persona y como escritora. Si en El río está –brilla, vibra– todo lo que el imaginario de cada uno de nosotros puede avizorar como resplandeciente en el trinomio campo-infancia-verano, es decir, una suerte de alegre y plena pulsión vital, también está, por las mismas –y vale muy bien está expresión aquí– su envés sombrío, hasta el punto de que las sombras comen el terreno a la luz.

No sé si habrá acuerdo al respecto, pero tengo para mí que la resurrección de Matute con la fantasiosa y feérica Olvidado rey Gudú (1996) y con el concurso de su imagen pública como anciana amable y, eso sí, original y algo chocante, difuminaron la crudeza realista del primer tramo de su carrera literaria que ahora esta edición de El río nos permite volver a encarar, pese a sus habituales vetas líricas y con el acompañamiento, en consonancia con las penosidades de su vida personal, de un claro y terrible desgarro existencialista.

Escribe Matute de cuando se subía de niña a los morales en busca de las moras y de su rico zumo, enfadando a los mirlos y a los tordos, que también codiciaban el fruto: “Desde lo alto de las ramas del moral, el mundo era allá abajo algo vago y ajeno, que nunca sabré explicar. La sensación del hurto, allí en lo alto del moral, era una sensación rara, luego repetida a lo largo de la vida. Digo repetida, porque no somos buenos casi nunca. Y porque muchas veces, mientras no somos buenos, nadamos en esa sensación irreal y bamboleante de lo alto de la rama, en la sombra verde; y mientras nos manchamos, mordemos con fruición el mal, si es dulce, y nos decimos: ”Luego se verán las manchas, las manchas de la mora que no se pueden borrar”. Pero seguimos allá arriba, sobre el mundo ajeno, donde las fuentes se oyen, donde gritan los irritados pájaros. El zumo de algún mal nos va invadiendo, dulce, generoso, y, sin embargo, vengativo”.

Ana María Matute, en El río, va en busca del tiempo perdido, sin duda, pero casi siempre, una vez encontrado, lo actualiza, lo trae al presente, muestra y demuestra su repetición, quizá mediante otros mecanismos, “a lo largo de la vida”. A este procedimiento conclusivo se le añade otro, ya mencionado, visible en las líneas citadas: la extracción, sin que suene a mensaje o a tosca enseñanza, de una reflexión amarga que trasciende lo narrado. De la algarabía de unos niños que trepan furtivamente por las ramas de un moral, ¿quién nos iba a decir que la escritora deduciría la concurrencia del mal, de la mancha imborrable y vengativa, que deja acusación y culpa? Ésta es la omnipresente región oscura de este libro, que, sin embargo, por una suerte de arte de birlibirloque, de trilerismo propio de la alta literatura, también colma las expectativas de luz y plenitud que, convencionalmente, podemos tener ante un relato evocador del campo, la infancia y el verano.    

El Cultural

Los últimos ‘Homo erectus’ conocidos vivieron en Indonesia hace 117.000 años

Anterior
El Cultural

Cristina Iglesias, Premio Nacional de Arte Gráfico

Siguiente