Tengo una cita por Manuel Hidalgo

La verdad inventada de Gonzalo Suárez

25 junio, 2015 09:22

Decir que Con el cielo a cuestas (Random House) es la historia de una cazadora, que pasa de mano en mano, no es decir toda la verdad, pero tampoco es una completa mentira. El itinerario de una cazadora es la ruta a la que se asoman los personajes de esta novela, que transcurre en el París de los años 50, con la guerra de Argelia salpicando de sangre los bulevares y el Sena, con la Guerra Civil española como trágico referente de su protagonista y con la memoria personal de Gonzalo Suárez –la infancia, la figura del padre, ciertas experiencias vividas, los ingredientes cinematográficos, literarios y musicales de la propia formación- como cemento aglutinador.

Suárez sigue reivindicando el juego en su literatura –y en su vida-, y aquí vuelve a jugar otra vez, sin descanso, con el argumento, con la trama, con los personajes, con los tiempos, con los géneros, con la realidad, con las ideas y con las palabras, ordenando y desordenando constantemente un bullicioso teatrillo de las maravillas.

¿Qué etiqueta poner a esta novela? Ninguna. Pero habrá que ponerle alguna. Podríamos decir que se trata de un “noir”, de un “polar” al estilo francés, pero sería al estilo evolucionado, humorístico y gamberro de un Boris Vian, a quien Suárez cita expresamente en su libro, como cita a tantos escritores, actores, pensadores, cantantes y artistas.

La muerte impregna la totalidad del libro, pero también el amor y el sexo. Lorenzo Massaní, el español exiliado en París, se sitúa en el epicentro de un terremoto de crímenes y de romances. Lorenzo, que todavía ama a María –la muchacha que conoció y perdió en la guerra de España-, no atiende debidamente el amor que por él siente la enfermera Arlette y se enamora de la nórdica Nora, que le corresponde y que se va a casar con el escritor Jan, aunque también ama y es amada por Frederica, la mujer con atributos de hombre que desencadena y encadena –como la cazadora- todo el relato, inconcebiblemente bien trabado –pese a estar en un permanente estado de implosión y explosión-, un relato en el que todos los amores son posibles y todos son imposibles, pues la fatalidad de la muerte manda.

La tragedia y la comedia se atan y se desatan constantemente, como la verdad y la mentira, siempre a un ritmo vodevilesco engrasado por diálogos vertiginosos en los que Suárez vuelve a disfrutar con el artificio de las paradojas, si bien, cuando más parece que todo es jugar en el aire, más se va adensando una visión concreta de la vida, en la que todo parece absurdo y nada lo es, a no ser que lo sea (podría añadir Suárez).

Puede que en las líneas siguientes se concentre el pensamiento del escritor, salvo que haya cambiado de opinión: “El fantasioso sabueso opina que para descubrir la verdad hay que empezar por inventarla. Ya que la realidad trastoca las apariencias, poco importa partir de lo improbable para descubrir lo verdadero”.

Seguramente, todo el cine y toda la literatura de Gonzalo Suárez respondan, al final, a este principio: “para descubrir la verdad hay que empezar por inventarla”.

Image: Jane Goodall, una vida por los chimpancés

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