El monólogo es un género teatral peligroso para el actor y para el espectador.  El actor torea solo en el escenario; y el espectador lo que más teme de él es el aburrimiento. Casi toda gran figura de la escena hace uno en su vida, ya sea por ego, interés o casualidad; para un actor tener un monólogo en su repertorio es como tener un as en la manga, le da independencia y libertad y le viene muy bien para esos periodos de poco trabajo.  

Torquemada, que se representa hasta el 4 de enero en los Teatros del Canal dirigido por Juan Carlos Pérez de la Fuente, cuenta con un actor de la consistencia de Pedro Casablanc, que ofrece uno de sus trabajos más inspirados. Como si de un Leopoldo Fregoli se tratara, se desdobla en todos los roles que aparecen en el relato dramático —ocho, diez, doce papeles…—, cambiando de atavío, de voces, de gestos, de coreografía… imposible perderle de vista mientras está en escena. Pocas veces se tiene ocasión de ver una metamorfosis teatral tan fascinante.

La obra es la adaptación escénica de la tetralogía de título homónimo de Galdós. No es moco de pavo lo que ha hecho Ignacio García May, autor de la versión: ha reducido los ¡cuatro tomos! de Galdós de más de 800 páginas a un texto dramático que dura escenificado poco más de una hora y veinte minutos. Cada tomo de Torquemada está consagrado a un personaje que nos cuenta la folletinesca vida de su protagonista: la ascensión social en un Madrid decimonónico del avaro Torquemada, que de vulgar usurero medra hasta llegar a ser financiero, político y aristócrata.

En realidad, el texto funciona como un falso monólogo porque, como el misterio trinitario, reúne en una sola obra cuatro piezas distintas que tratan del mismo tema: la escalada política y social del protagonista y su atribulada conciencia espiritual; cuatro piezas protagonizadas por cuatro personajes que, en su conjunto, ofrecen perspectivas variadas sobre el tema como si estuviéramos en unas Variaciones Goldberg. Y todas ellas servidas por un Casablanc camaleónico que es Torquemada, pero también su criada la Tía Roma, su mujer, su cuñado Rafael Águila, sus cuñadas, su hijito, el misionero… y el Actor que al inicio de la función se nos presenta con un delantalito de artesano como el que abre su taller a diario.

García May me explicó por qué esta estructura polifónica de falso monólogo: “En la vida real, la gente que habla mucho de sí mismo suelen ser unos pelmazos. Por eso no me gustan los monólogos en los que el personaje habla todo el tiempo de sí mismo, me da la impresión de que la obra va a ser tan pelmaza como en la realidad. Cuando me ha tocado escribir este tipo de cosas intento que sean lo que tú llamas falsos monólogos, es decir, que hay un sólo actor o actriz, pero encarnan diferentes personajes y distintos puntos de vista.”

El texto tiene prestancia, preserva el lenguaje galdosiano, copia del original pero recreado por el versionador. No le falta ironía, plasma el ambiente social de ese Madrid de la Restauración y de una burguesía rampante, estableciendo sarcásticas analogías con la actualidad. Y es fiel a la hora de transmitirnos la descomposición moral de Torquemada que Galdós relata y que pone en paralelo a su enriquecimiento económico. Este asunto sobre la espiritualidad del personaje es de lo más original de la obra, especialmente si pensamos que Galdós era un declarado anticlerical. Pero también por la mirada piadosa que le dedica el autor canario, ya que de despreciable personaje lo convierte en víctima.

A Pérez de la Fuente pertenece la idea de adaptar esta voluminosa novela. Su puesta en escena está llena de ocurrencias y no ha escatimado en detalles pues, como confiesa, “el género pide agudizar el ingenio para que gane atractivo”. Cada una de las cuatro partes exige un traje propio que se sostiene sobre maniquíes, y que Casablanc se enfunda cuando toca para representarlas en un espacio central que a veces es saloncito, comedor o despacho en un Madrid cuyo skyline desde la pradera de San Isidro se intuye en el decorado. Un neón con el nombre del protagonista, que cambia de color, preside el escenario que también ha diseñado el director.

La función transcurre con ritmo y dinamismo, el actor aborda sus transformaciones en una mezcla de técnicas interpretativas en las que echa mano del realismo, el mimo, los movimientos coreográficas, los gestos acentuados... Luz de Jose Manuel Guerra, la música de Tuti Fernández y el vestuario de Almudena Rodríguez se compenetran en la misma dirección.  

Con este Torquemada Pérez de la Fuente añade a su dilatado repertorio de monólogos otro más. Recuerdo a la gran Maria Jesús Valdés en Carta de amor, un texto de Fernando Arrabal dirigido a su madre, con una puesta en escena de capilla románica o cueva primitiva. Más tarde Oscar y la felicidad de existir, del galo Éric-Emmanuel Schmitt sobre el valor de la espiritualidad en nuestras vidas que estrenó Ana Diosdado y muchos años después Yolanda Ulloa y Mona Martínez. También La voz de Kafka, con Luisa Martín, y Tarde te amé con Ramón Barea. En su opinión, “la clave del monólogo está en tratarlo como si fuera un género teatral comparable a una obra de teatro y no algo menor”. Y, sobre todo, en evitar que el espectador se aburra. Aquí no solo lo evita, sino que te engancha y mantiene tu atención de principio a fin.

@lizperales1