Luisa Martín protagoniza El show de Kafka.



Aún no se han se han extinguido los ecos del estreno de Orquesta de señoritas, en el Amaya, cuando Juan Carlos Pérez de la Fuente anuncia una nueva obra para el 9 de octubre en el mismo teatro. Se trata de Informe para una Academia, teatralmente más conocido por "el mono", Pedro el Rojo de Franz Kafka, que en este caso es una mona, en versión de Ignacio García May. Pérez de la Fuente hace tiempo que viene madurando la idea de que el mono lo haga una mujer. De hecho, el proyecto estaba casi concluso hace unos años y contaba con Petra Martínez, una de las grandes de la escena española, para llevarlo a cabo; ahora la mona, Petra la Roja, será Luisa Martín, estupenda actriz; recuérdenla en la adaptación teatral de El verdugo de Berlanga y Azcona. Puede ser el papel de su vida si Pérez de la Fuente, que ya la dirigió hace poco en El tiempo y los Conway, mantiene la idea profundamente expresionista y dialéctica del texto de Kafka: la mona amaestrada explicando a una asamblea de académicos las razones de su prodigiosa vida, su evolución desde la selva donde fue cazada hasta las varietés y los salones. A Petra la Roja le viene el nombre de la cicatriz que un balazo le dejó en la cara. Vamos, que es la rúbrica de un tiro, no una actitud política.



La adaptación de García May era, y debe seguir siendo, una garantía. Una garantía llena de riesgos, eso sí. Se trata de una adaptación "libre y atrevida" de Informe para una Academia, ha confesado García May, que lo titula El show de Kafka. Su adaptación, también atrevida, de Drácula, fue brillante y sorprendente. Hay en el exdirector de la Resad un excelente autor no del todo aprovechado, aunque esa sensación la tienen casi todos: poetas, periodistas, narradores y mediopensionistas. Tuvo un arranque fulgurante con Alesio, Premio Tirso de Molina en 1986, aunque su continuidad haya sido intermitente.



El sello de Informe para una Academia y los derechos de primogenitura -en sentido metafórico, claro está- los ostenta hace tiempo José Luis Gómez. Fue el primero, recién llegado de Alemania, con un bagaje teatral insólito para la España de su tiempo, en ponerse de chimpancé para escándalo de profanos y regocijo de entendidos. Era el año 1976. Treinta años después, cuando Pérez de la Fuente andaba afinando su simiesco proyecto, José Luis Gómez retomó el suyo con un vigor tamizado, matizado y, en parte, crepuscular. Pudo ser coincidencia o golpe de autoridad; Gómez volvió a triunfar sin discusión, con mayor madurez y fiel a sus principios de siempre; un arte actoral basado en el dominio del cuerpo y en la verbalización perfecta del texto. Si Pedro el Rojo había crecido en sabiduría, José Luis Gómez también.



En el Centro Cultural de la Villa, hoy Fernando Fernán-Gómez, se vió hace poco un notable trabajo de Ricardo Joven con Teatro del Temple, Yo, mono libre. Pero no era lo mismo. Es difícil cogerle el punto a esa continua confrontación entre la libertad y sus falsos reflejos, la impostura, la simulación como medio de supervivencia. El mono de Kafka, capturado en una cacería, lo primero que aprende es a estrechar la mano como signo de convivencia y respeto social; la domesticación es un doloroso aprendizaje; Kafka puro. Tras ese proceso, a la vez castrante y liberador, Pedro el Rojo está en situación de razonar su vida y su conducta ante el cónclave de sabios que le escucha y pregunta. Mono o mona, es lo de menos. Lo de más es que se trata de un texto clave en la narrativa kafkiana, como puede serlo La metamorfosis, y que ha tenido buena fortuna escénica. Ignoro por qué extraños vínculos asociativos la comparación entre Gregorio Samsa convertido en cucaracha y Pedro el Rojo, el simio ilustrado, me parece inevitable: dos formas distintas de una libertad perdida.