Guillem Grácia en el km 0. Foto: Paula González Rojas / Fundación Ibermúsica.

Guillem Grácia en el "km 0". Foto: Paula González Rojas / Fundación Ibermúsica.

Qué raro es todo!

Oír mariposas

El violonchelista Guillem Gràcia y el compositor Joan Magrané dialogan en Condeduque a través de Saariaho, Dall’Abaco y una nueva obra encargada por Ibermúsica.

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Asistí el otro día, en el antiguo Cuartel del Conde-Duque, hoy Contemporánea Condeduque, a un concierto infrecuente, de esos que, te fijes en lo que te fijes, no encuentras más que buena música. Pertenecía al ciclo km 0 que la Fundación Ibermúsica dedica al talento nacional. De intérpretes y también de compositores, porque estos conciertos incluyen el estreno de un encargo de la Fundación. Los protagonistas fueron esta vez el violonchelista Guillem Gràcia (Barcelona, 2005) y el compositor Joan Magrané (Reus, 1988).

El jovencísimo Gràcia es ya un músico excepcional. Su habilidad técnica es deslumbrante por sí misma, pero, además, por el despliegue de musicalidad que el mucho margen técnico le permite. Las da todas, sin excepción: bien afinadas, llenas, limpias, brillantes y, cuando es el caso, a velocidad de vértigo. Lo notable es que, además, les da vida, también sin excepción. Cada nota de Guillem Gràcia llega a nuestro oído con carga musical propia, sea por color, por sutileza en la forma de ataque, por particularidades en la articulación o por la fluidez con que se integra expresiva en la frase o, antes, en el gesto.

La sensación que se tiene es de perfección, de así es la rosa; o, mejor, de necesidad, como si cada una de estas pequeñas gemas fuera necesaria, como si el universo fuera a perder su orden sin ese adorno, ese guiño tímbrico o esa bonita articulación. Seguramente exagero, porque en seguida me encumbro y me doy a la hipérbole, pero no creo que mucho. En todo caso, animo a todos a comprobar con oído propio y espíritu crítico si Guillem Gràcia es algo especial o me estoy dejando llevar por el entusiasmo: Radio Clásica grabó este concierto y lo retransmitirá el próximo 18 de abril.

Lo indudable es que, especial o no como violonchelista, es un programador fino. Tomó como punto de partida las Siete mariposas para violonchelo solo de Kaija Saariaho, seleccionó siete de los Once caprichos de Dall'Abaco, que continúan la polifonía imaginaria de las suites de Bach, y le pidió a Joan Magrané que concretara el encargo en Siete postludios. Luego, Gràcia desplegó estas tres músicas en forma de conversación en siete etapas: entrelazando los séptimos y alternando autores, como si fueran tertulianos sucediéndose en el uso de la palabra.

En su obra, Saariaho parece representar mediante la música, no el sonido de las mariposas ―que, que yo sepa, viven y vuelan en silencio―, sino su movimiento; crear mariposas, no pintándolas, esculpiéndolas ni bailándolas, sino sonándolas; y lo hace como solía hacer toda su música: con cálida eficacia. La calidez fría, nórdica, es la fructífera contradicción que explica la expresividad del arte de esta compositora finlandesa. El batir de las alas aparece una y otra vez en múltiples formulaciones musicales.

A veces, los aleteos vienen de la mano izquierda, con trinos y trémolos. Otras, de la derecha, con distintos golpes de arco. Además, Saariaho recurre aquí, una y otra vez, a formas inusuales de pasar el arco por la cuerda ―más arriba de lo habitual, sul tasto, con resultado dulce, o más abajo, sul ponticello, con efecto áspero, a veces puro ruido―, pero lo que parece interesarle no son estos colores en sí, sino su entrada y su salida, que en la partitura aparecen extendidas y medidas con precisión. No se busca el claroscuro ―ahora ponticello, ahora no―, sino el proceso, la dramaturgia, el viaje desde el sonido propio al impropio y vuelta.

El primero de los Siete postludios para violonchelo solo, la obra estreno de Joan Magrané, empieza: ¡sol sol!, que en solfeo alemán e inglés suena: ¡G G!, las iniciales del violonchelista. Son piezas delicadas, cargadas, cada una a su manera, de emoción poética. Revelan una imaginación musical potente y, podríamos decir, realista: muy pegada al oído, al suyo, al del solista y al nuestro.

Un ejemplo de la autoría global de Guillem Gràcia sobre todos los aspectos de esta agradable tertulia es la sexta entrega de la conversación: Saariaho pide una especie de pizzicato de mano izquierda que no debe llegar a pellizcar las cuerdas, sino solo golpearlas suavemente, batiendo los dos dedos extremos. Además del sonido, quien aletea y se vuelve mariposa es ahora la propia mano. Gràcia prolonga este color peculiar interpretando en pizzicato el correspondiente capricho de Dall'Abaco y subrayando la sequedad, casi pizzicato, de los violentos finales de frase, arco arriba, del sexto postludio de Magrané. Eso, si nos fijamos en la ronda seis, pero, como decía antes, en las otras encontraríamos parecidas riquezas.