Elisabeth Leonskaja. Foto: Fundación Atrio

Elisabeth Leonskaja. Foto: Fundación Atrio

¡Qué raro es todo!

El atrio de la musica

Atrium Musicae tiene el aire de lo hecho y disfrutado entre amigos. Se parece a una sesión de cámara en casa, música en un cuarto, como decía Joan Margarit.

14 febrero, 2024 17:41

Atrium Musicae es un festival distinto. Es breve —dura un finde largo—, es cercano, exquisito a ratos e internacional de vocación y está enraizado en su sede: la ciudad de Cáceres. Lo promueve la Fundación Atrio, que lleva hacia la cultura y la educación los beneficios del famoso restaurante y hotel cacereño.

Lo programa Antonio Moral y acaba de completar su segunda edición entre el calor del público y el aplauso general. El festival tiene el aire de lo hecho y disfrutado entre amigos. Se parece a una sesión de cámara en casa, música en un cuarto, como decía Joan Margarit.

Un atrio es un pórtico, una antesala, un preludio y el atrium musicae (tuvimos hace décadas un grupo de música antigua con ese nombre) era el atrio de la música, un espacio cubierto a las puertas de las iglesias en el que se hacía música o se representaban autos sacramentales.

Es música hecha antes de entrar. Me recuerda a los preludios de Debussy, que son la música que suena antes de algo, que lo mismo es una catedral sumergida que una niña de pelo de lino. El atrio, como el preludio, nos predispone, nos sitúa o, en jerga taurina, nos pone en suerte.

Pude estar en dos conciertos de este Atrium Musicae: una schubertiada de lujo y una experiencia Bach en fluxus. Digo de lujo, porque la anfitriona era una schubertiana de las que ya no quedan, Elisabeth Leonskaja, gran señora del piano. Abrió y cerró la sesión llevándonos desde la Sonata D 537 a la Fantasía para piano a cuatro manos D 940, que es un viaje de lo clásico a lo romántico, de la cuadratura de la sonata a la libertad de la fantasía, de un mundo al siguiente. Puente de este camino fue el tema del Allegretto quasi andantino de la sonata joven, que reaparecerá en el finale de uno de las tres prodigios de madurez, la Sonata D 959.

['Lear', una tragedia para oír]

Leonskaja retrató a los dos Schubert con precisión y maestría. Entre uno y otro, oímos lieder. En realidad, como dice Arturo Reverter, el programa entero, incluidas las obras para piano, parecía una sesión de lieder, de canciones, unas con palabras y otras sin. Quizá sea por el intenso lirismo de todo ello, pero lirismo no en el sentido vocal, de música cantada, sino en el literario, de poesía subjetivista, expresiva del interior del poeta. Todas las obras de Schubert, incluidas las instrumentale"¡ahí va eso!", sino "¡ahí voy yo!", y siempre con llaneza y en voz baja, incluso en los pasajes forte. Por eso nos parece oír en Schubert, incluso en el más clásico, al primer romántico.

Los lieder de Schubert, casi todos de Goethe, los cantaron dos jóvenes cantantes: la soprano Katja Maderer, de bonita voz, y el barítono Jonas Müller. Ambos tienen camino por delante, pero su temprana solvencia es augurio de éxitos. El clima poético, que lo es todo en el lied, lo estableció sabiamente el pianista Julius Drake, el mismo que compartiría después fantasía con Leonskaja. El lied no es melodía acompañada, sino situada, y requiere que el pianista no solo sea un gran intérprete, sino un gran situador, capaz de poner en escena la melodía y establecer su contexto, su antes y su después. Su atrio.

Ni los más destacados fluxeros pueden (ni quieren) definir fluxus, flujo en latín, pero podemos entendernos diciendo que viene a ser un arte conceptual vuelto del revés hasta el punto de no quedar claro si lo que importa es la obra de arte o su concepción. Quizá lo importante sea, precisamente, esa duda, esa frontera.

Diego Ares. Foto: Atrium Musicae

Diego Ares. Foto: Atrium Musicae

En la Sala Fluxus del Museo, oímos al clavecinista Diego Ares tocar las Variaciones Goldberg de Juan Sebastián Bach. Junto al piano encendido de Walter Marchetti, los poemas en color de Emmett Williams y los coches y televisores intervenidos por el padre del lugar, el artista Wolf Vostell, Bach parecía estar en casa.

El Bach de las Goldberg, como el del Arte de la fuga, la Ofrenda Musical, el Clave bien temperado y otras composiciones instrumentales, es un artista especulador y, por lo tanto, conceptual, obsesionado con la geometría sonora exhaustiva. Igual que los topólogos teselan el plano y lo ocupan en su infinita totalidad, este Bach explorador aspira en las Goldberg a ocupar enteramente el espacio musical variando insaciablemente un tema —como en el Arte y en la Ofrenda— mediante la alteración no de sus accidentes (ritmo, ornamentación, color armónico), sino de su estructura polifónica.

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En el Clave, la ocupación la realiza conquistando una a una las 24 tonalidades posibles, ¡dos veces! Al poco de adentrarse en las Variaciones Goldberg, el oyente se da cuenta de que lo que importa no es tanto la materia que está oyendo, la que es, sino su potencialidad, la que puede llegar a ser. Para el intérprete, el desafío técnico de las Goldberg es formidable, pero más exigente aún es el reto conceptual: cómo mantener —¡durante hora y cuarto!— la continuidad de la obra y, a la vez, mostrar bien perfiladas sus secciones. Diego Ares superó estas dificultades como si tal cosa, sin dar sensación de esfuerzo, y sonando con elegancia.

Leonskaja completó su residencia en este Atrium Musicae con una recital Beethoven (tres últimas sonatas) y una sesión Schumann con el Cuarteto Kandinsky. Hubo además trompeta y órgano (Manuel Blanco y Daniel Oyarzábal) en la Catedral y un concierto de la Orquesta de Extremadura con su director titular, Andrés Salado.

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