Nelson Mandela y el periodista John Carlin. Foto: Wikimedia Commons

Nelson Mandela y el periodista John Carlin. Foto: Wikimedia Commons

Entreclásicos

Nelson Mandela y John Carlin: periodismo con alma

El periodista entrevistó al líder del ANC en varias ocasiones durante su tiempo como corresponsal en Sudáfrica. Resultado de ello fue la publicación de dos obras periodísticas magistrales.

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Algunos escritores y críticos literarios desprecian el periodismo, pues consideran que es un género menor, con una prosa de urgencia y una mirada superficial. Sin embargo, hay periodistas con un gran talento narrativo y con la sensibilidad y honestidad necesarias para ir al fondo de las cosas. John Carlin, que trabajó como corresponsal en Sudáfrica para The Independent entre 1989 y 1995, es uno de esos periodistas.

Durante esos años, Carlin se entrevistó con Mandela en muchas ocasiones y logró establecer una comunicación muy fluida con el líder sudafricano. No se hicieron amigos íntimos, pero sí se creó un lazo basado en el respeto mutuo y una perspectiva similar sobre la política y el ser humano. Al margen de reportajes, entrevistas y artículos, Carlin escribió dos libros sobre el artífice del fin del apartheid: El factor humano (2008) y La sonrisa de Mandela (2013).

El factor humano relata cómo Mandela utilizó la Copa del Mundo de Rugby de 1995 para superar el odio en una Sudáfrica dividida por años de racismo institucional y violencia política. La obra fue un gran éxito y Clint Eastwood la adaptó al cine en 2009 con el título Invictus y con Morgan Freeman en el papel de Mandela. Aunque Freeman hizo una gran interpretación, el film es previsible y decepcionante. No está a la altura de la historia real ni del genio de Eastwood como director.

La sonrisa de Mandela no alcanzó tanta difusión como El factor humano, pero posee un gran interés porque despliega una perspectiva más amplia del personaje, abordando los momentos cruciales de los años inmediatamente posteriores a la liberación del líder del Congreso Nacional Africano (ANC).

Aunque el 11 de febrero de 1990 finalizó la reclusión de Mandela (27 años en distintos penales), no se convirtió en presidente hasta el 10 de mayo de 1994. En esos cuatro años, la extrema derecha blanca y el Partido de la Libertad Inkatha, liderado por el reyezuelo zulú Mangosuthu Buthelezi, firmaron un pacto secreto para dinamitar la transición de Sudáfrica a un futuro sin discriminación real.

Las incursiones de los milicianos de Inkatha en los townships (municipios) habitados por los militantes y simpatizantes del ANC, el partido de Mandela, se cobraron 20.000 vidas. Las sospechas de que militares, políticos y policías blancos opuestos al fin del apartheid les proporcionaron armas fueron confirmadas años más tarde. Buthelezi no quería perder su poder y sus privilegios, y pactó con los blancos racistas para sembrar el terror y el caos. Al mismo tiempo, el general Constand Viljoen organizó un ejército de 100.000 voluntarios para provocar una guerra civil. Sin la combinación de idealismo y pragmatismo de Mandela, Sudáfrica se hubiera sumido en una incontenible espiral de violencia.

John Carlin señala que el fanatismo, la cobardía moral, la corrupción y la mediocridad campan a sus anchas en el terreno de la política, pero Mandela carecía de esos vicios. Su integridad, sensatez, moderación, valentía e inteligencia salvaron al país del desastre. Sus armas fueron la generosidad, la empatía y la intuición.

Cubierta de 'La sonrisa de Mandela' de John Carlin

Cubierta de 'La sonrisa de Mandela' de John Carlin

Muchos periodistas, escritores e intelectuales consideran que Nelson Mandela es el mejor político de la historia, una figura irrepetible que —según Arnold Schwarzenegger— es la mejor prueba de la existencia de Dios. Algunos objetarán que la opinión del actor estadounidense de origen austriaco constituye una hipérbole inaceptable, pero realmente la trayectoria humana y política de Mandela bordea el milagro.

Nadie podría haber hecho lo que él hizo. Nadie poseía las grandes dosis de paciencia, tenacidad y poder de seducción que eran necesarias para transformar el odio acumulado por los años de opresión y agravios en una insólita e inesperada determinación de convivir en paz. Mandela consiguió que el odio se convirtiera en respeto mutuo. Blancos y negros aceptaron ponerse en fila para votar en los mismos colegios electorales, dejando atrás el rencor, la desconfianza y el anhelo de venganza.

John Carlin relata que el primer comunicado de Mandela después de salir de la cárcel fue decepcionante. Se limitó a leer una declaración que habían escrito los líderes del ANC, donde —entre otras cosas— sostenía que el uso de la lucha armada aún se hallaba justificado.

Unas semanas después, Mandela convocó a la prensa y habló sin guion. Sus grandes dotes de persuasión borraron la pobre impresión de su comparecencia anterior. Amable y bromista, se mostró especialmente respetuoso con los periodistas afrikáners.

Durante su estancia en la cárcel, Mandela había comprendido que la violencia jamás lograría acabar con el apartheid. Frente a los que pedían arrojar a los blancos al mar, había que insistir en que la convivencia era posible, que los afrikáner eran una parte esencial de la historia de Sudáfrica y no extranjeros, que la población blanca no debía temer nada, que no habría un ajuste de cuentas ni se adoptarían represalias.

Mandela, que había aprendido afrikáner en la cárcel, demostró un amplio conocimiento de la cultura y el idioma de los holandeses que habían llegado a Sudáfrica en el siglo XVII. Elocuente, divertido y cercano, logró que los prejuicios que se habían creado alrededor de su figura se desvanecieran y que al final de la rueda de prensa los periodistas le ovacionaran, algo insólito en esa clase de eventos.

Winnie Mandela fue uno de los grandes problemas de Madiba cuando recuperó la libertad. Al margen de sus infidelidades, algunas muy conocidas, Winnie se sentía más cerca del ala dura del ANC, de esos jóvenes que aún se mostraban partidarios de usar la violencia.

Después de pasar un año en la cárcel, la mayor parte en régimen de incomunicación, Winnie no se sentía cómoda con la actitud conciliadora de Nelson. De hecho, había creado una milicia que operaba como su guardia personal, disfrazada de agrupación deportiva, el Mandela United Football Club (MUFC). Como se demostró en la Comisión de la Verdad y la Reconciliación, Winnie ordenó palizas y ejecuciones de supuestos colaboradores de la policía, como el niño de catorce años Stompie Seipei, al que torturaron para que acusara falsamente de abusos sexuales al reverendo blanco Paul Verryn.

Aunque Verryn, que trabajaba en Soweto, se oponía al apartheid, Winnie consideraba que un blanco no debía ejercer ninguna influencia sobre los jóvenes negros, pues ese papel le correspondía exclusivamente a ella mientras su marido se hallara encarcelado. Los guardaespaldas de Winnie se dedicaron a propagar el terror en Soweto y cometieron delitos comunes, como robos y violaciones. Cuando Winnie compareció ante la Comisión de la Verdad y la Reconciliación, el obispo y premio Nobel de la Paz Desmond Tutu se topó con un muro de arrogancia y desdén. Nelson no tuvo más suerte con ella y adoptó la decisión de separarse. Aunque era muy reservado con su vida privada, anunció el divorcio con enorme dignidad y sin reproches.

Mandela recurrió a la diplomacia una vez más para resolver los gravísimos conflictos provocados por el reyezuelo zulú Mangosuthu Buthelezi y el exgeneral Constand Viljoen. Prometió seguridad y respeto a sus dos antagonistas. Su intención de ser presidente no se limitaba a representar los intereses del ANC. Por el contrario, quería ser el presidente de todos los sudafricanos.

Con el tiempo, Viljoen, responsable de la represión más virulenta durante los años más críticos, se convirtió en diputado y Buthelezi en Ministro del Interior. Ambos descartaron definitivamente los planes de desestabilización y Viljoen declaró con solemnidad que Mandela era su presidente.

Pero la jugada maestra de Madiba aún estaba por llegar. Cuando en 1995 se celebró el Campeonato Mundial de Rugby en Sudáfrica, Mandela apoyó a los Springboks, el equipo blanco capitaneado por Francois Pienaar. El rugby era el deporte de la minoría blanca afrikáner y un símbolo de opresión para la población negra. Los Springboks no habían podido participar en los mundiales entre 1987 y 1991 debido al boicot internacional contra el régimen racista. Mandela vio en el torneo de 1995 una oportunidad única para sanar las heridas.

No sin dificultades, convenció a la población negra de apoyar al equipo en lugar de boicotearlo. Sus posibilidades de ganar al rival neozelandés no eran muy altas, pero Mandela se reunió con Pienaar y sus jugadores para infundirles espíritu triunfador y convencerlos de que viajaran a los guetos para enseñar rugby a los niños, un gesto que les ayudaría a ganarse el afecto de la población negra.

El día del partido Mandela entró en el campo vistiendo la camiseta verde de los Springboks con el número 6 (el mismo de Pienaar). Ese gesto provocó que el público, con un 95% de blancos, comenzara a corear su nombre: “¡Nelson, Nelson, Nelson!”. Tras un partido agónico que exigió una prórroga, los Springboks ganaron la final. Mandela entregó la Copa Webb Ellis a Pienaar y le agradeció la victoria. Pienaar contestó: “No, señor presidente, gracias a usted por lo que ha hecho por Sudáfrica”. Muchos consideran que ese momento marcó un hito definitivo en la consolidación del país como la “Nación del Arco Iris”, una expresión acuñada en 1994 por Desmond Tutu.

La sonrisa de Mandela es una magistral obra periodística. John Carlin realiza un relato profundamente conmovedor. Durante su último encuentro con Madiba, la edad ya había causado estragos. Con más de noventa años, Mandela ya no podía caminar solo y había perdido la memoria a corto plazo, pero al oír hablar de la final del Campeonato Mundial de Rugby, sonrió y exclamó emocionado: “Fue extraordinario, extraordinario”.

Mandela no es un mito con los pies de barro, sino un auténtico coloso moral. Todos los que han trabajado con él han coincidido en señalar que era un hombre de una sola cara, honesto, cordial, respetuoso y hondamente empático. Cuando ya siendo presidente se alojaba en hoteles de lujo, se levantaba a las 4:30 y hacía la cama él mismo. En una ocasión, la señora de la limpieza se molestó y, al enterarse, Mandela le pidió disculpas, explicándole que hacer la cama era para él como cepillarse los dientes. Carlin preguntó en una ocasión al exgeneral Viljoen si le gustaría volver a ver a Mandela y el militar, racista y ultraderechista hasta que conoció al líder del ANC, le respondió: “Me encantaría. Es el más grande entre los grandes”.