Imagen del pasado abril de 2023 del entonces presidente de la FIL de Guadalajara, Raúl Padilla López. Foto: Francisco Guasco (EFE)

Imagen del pasado abril de 2023 del entonces presidente de la FIL de Guadalajara, Raúl Padilla López. Foto: Francisco Guasco (EFE)

A la intemperie

Raúl Padilla, el vencedor de una utopía

Logró que la Feria del Libro que se celebraba en Guadalajara fuera el Hollywood de los libros en lengua española. Su muerte repentina hace tres años provocó una gran conmoción.

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Hace una semana se cumplieron los tres años de la muerte de Raúl Padilla López, tremendo tipo que cumplió con su utopía, con el sueño imposible de lograr que en Guadalajara, México, se instalara un centro cultural de dimensiones siderales, hasta conseguir que la Feria del Libro que se celebraba en su ciudad, en el Estado de Jalisco, fuera el Hollywood de los libros, del mundo de las literaturas de lengua española.

No conforme con eso, Padilla, que fue llamado "el Papa laico de las literaturas de lengua española", consiguió que todos los años a finales de noviembre y principios de diciembre la FIL de Guadalajara fuera el centro de reunión de los más importantes escritores del mundo hispano y de otras latitudes lingüísticas.

Todos los años invitaba, como presidente de la Feria, a un país literario para que mostrara sus tesoros culturales en Jalisco, incluida la gastronomía. Desde luego, no le fue fácil llegar a esa utópica cumbre en que la que se ganó aplausos y parabienes, además de muchísimas envidias y enemigos de gran altura.

Tenía una personalidad emprendedora, extraordinaria, y unas dotes de autoridad que refrendaba con el éxito total en la FIL, un escaparate internacional que no tenía ni tiene parangón en el ámbito de la lengua española, salvo la FIL de Buenos Aires, que le seguía a la zaga.

Más de seiscientos escritores en cada convocatoria eran acompañados en la FIL por casi un millón de visitantes que llenaban la geografía de la Expo de Guadalajara como si no estuviera ocurriendo ningún suceso más importante en todo el mundo.

Todos los escritores de todo el mundo querían asistir a cada episodio, a cada exhibición, a cada éxito de la Feria, y se sentían protagonistas de la misma porque Padilla y su equipo demostraban que el trabajo duro y cuidadoso daba resultados llenos de júbilo.

La versión oficial de la muerte de Padilla fue el suicidio. Hubo rumores y hubo silencios en ese momento, porque la conmoción que provocó su deceso en todo México y el orbe internacional de la industria del libro y en toda la intelectual fue un impacto repentino e inesperado. Padilla, el hombre que amaba los libros, estaba en ese momento en la cumbre de su trabajo.

La versión oficial de la muerte de Padilla fue el suicidio. Hubo rumores porque estaba en ese momento en la cumbre de su trabajo

Había vencido su propia utopía y se adentraba en la ejecución de otra todavía mayor: la Ciudad de la Cultura de Guadalajara, un inmenso complejo cultural que incluía festivales de cine (fue el primer productor de las películas de Guillermo del Toro), música clásica y popular y lugar vivo de la cultura del mundo entero. En el momento de su muerte hubo quien dijo que lo habían arrinconado hasta matarlo; hubo quienes dijeron que estaba mortalmente herido de muerte por una enfermedad que había ido minando su salud a velocidades de vértigo.

Dijeron de todo sobre la muerte de este hombre extraordinario que había empezado su carrera entre libros, vendiendo y editando libros, había llegado a Rector de la Universidad de Guadalajara siendo muy joven y se había consolidado como presidente de la poderosa Fundación de esa universidad, que financiaba la FIL y otras tantas convocatorias culturales en Guadalajara, hasta obtener el Premio Príncipe de Asturias de Asturias de Comunicación y Humanidades 2020 por sobrados méritos propios, concedido a la FIL.

Fui amigo cercano de Raúl Padilla y me concedió, en los últimos años de su vida, el privilegio de una complicidad que fue para mí inolvidable. En nuestras largas conversaciones privadas supe de la valía del personaje y de los valores de la persona, sin que la leyenda negra que crearon sus enemigos pudiera en ningún momento nublar nuestra cercanía.

Cuando la Universidad de Alicante y el Banco de Santander cerraron la Biblioteca Miguel de Cervantes, de la que dependía la Cátedra Vargas Llosa (que yo había fundado junto a Manuel Bravo Lifante, y dirigía en ese momento), hablé con Padilla para que Guadalajara acogiera la Bienal Vargas Llosa de novela. Hubo solo una conversación. El talento intelectual y la visión superior –porque Padilla era eso también: un visionario– supieron acotar durante tres convocatorias la reunión de escritores y el Premio de la Bienal.

Cumplió su palabra, entre las dificultades y la controversia que siempre provocaba cualquiera de sus determinaciones. Vargas Llosa cambió de opinión, porque hasta entonces el nobel pensaba que la FIL estaba manejada por "un nido de comunistas" (en sus últimos años, Mario veía una célula comunista encima de cada palo de la luz), y entendió la generosidad intelectual del gran promotor cultural que el mexicano representaba.

Al morir Padilla, los agoreros pronosticaron que la FIL moriría de repente. El hombre no tenía reemplazo y todo se vendría abajo. No fue así. Ahí está su legado. Ahora, tres años después de su muerte, Guadalajara y México entero le rinden un homenaje de memoria. Me alegro, porque la memoria es asunto de bien nacidos y no de malos agoreros, que siempre se equivocan.

Yo seguiré recordando a Padilla como una de las más grandes personalidades que he conocido en toda mi vida. Y brindaré por su obra y su memoria, y por su amistad truncada por la muerte, como si estuviera vivo.