Doy por seguro que García Márquez y Ernest Hemingway habrían sido grandes amigos de haberse encontrado alguna vez en la vida. El autor de Cien años de soledad contó en una entrevista, creo que a Plinio Apuleyo Mendoza, que vio a Hemingway solo una vez en la vida.



Caminaba por París, por la acera de una calle muy cerca de Notre Dame cuando al otro lado de esa misma calle y a su misma altura creyó reconocer la figura del norteamericano. “¡Maestrooo!”, le gritó García Márquez para que lo oyera. Hemingway, sin detenerse, levantó la mano y contestó: “Adiós, amigooo”.



Fue solo un momento y la versión de este episodio es del propio García Márquez. Puede haber sido verdad o no, pero dentro de la vida mágica de García Márquez todo esa posible y esa versión, además, es verosímil.

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Si hubieran llegado a tener un encuentro amistoso a lo largo de sus vidas, estoy seguro —repito de que habrían sido grandes amigos. García Márquez fue un gran admirador de la prosa narrativa de Hemingway y se le nota en la suya propia, sobre todo en los relatos, en los cuentos, en la manera de narrar, sencilla pero profunda y sólida.



Cuando Fidel Castro, furioso porque un periodista soviético, Yuri Páporov, consiguió escribir un muy buen libro con el título de Hemingway en Cuba, le preguntó a García Márquez que si no había en toda Cuba un escritor cubano capaz de escribir un libro sobre la vida de Hemingway, García Márquez le dio el nombre de Norberto Fuentes, que había estado en el ostracismo interior por Condenados de Condado y por su actitud en el caso Padilla.



Fidel Castro aceptó y le dijo al colombiano que él tenía que hacer el prólogo de ese libro. Así fue. Castro puso a disposición de Fuentes todo el aparato burocrático de trabajo necesario para que el escritor cubano escribiera el libro en el tiempo más corto posible y, mientras tanto, García Márquez escribía lentamente el prólogo del ensayo.

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El libro fue un éxito que superó con creces al de Páporov. Era más profundo, más cubano, y escrito por un cubano que admiraba a Hemingway hasta más allá de las estrellas y había perseguido su prosa durante muchos más años de los que imaginamos.

Fuentes, con quien he mantenido desde hace largos años una también sólida amistad, tiene mucho de un Hemingway cubano imposible. Hasta casi la hora de la muerte de García Márquez, que influyó para que Castro permitiera la salida de Cuba al exilio de Fuentes, me regaló hace años, a través de Padilla, una de las fotografías oficiales de Hemingway cuando ganó el premio Nobel y un ejemplar del libro de Yuri Páporov. Fue durante un gozoso encuentro de amistad y y verdadera hermanad en Miami City.



Pero volvamos al imposible y tan fantástico como imposible encuentro de Hemingway y García Márquez. Había entre ellos coincidencias que los unían firmemente. El humor (mamadera de gallo, en el caso del colombiano), las ganas de expresarse como si fueran contadores verbales capaces uno y otro de relatarse “las proezas” de sus vidas transformadas en cuentos interminables, en un reto mágico que habría sido un libro singular y literario; las mujeres, cuyas sombras alumbraron paradójicamente sus vidas de escritores; el licor, el trago también interminable en el que se bañaban ambos cada vez que les daba la gana; los libros, la lectura siempre interminable de novelas, ensayos, documentos de sucedidos dignos de ser llevados a su prosa…, la política, los viajes por el mundo, las aventuras increíbles…

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En cuanto al alcohol, García Márquez no probaba ni siquiera un trago cuando estaba escribiendo una novela. Dedicaba todo su tiempo a la escritura, apenas comía y no salía de su estudio sino para descansar por las noches, sometida su vida a la esclavitud de convertir en magia cada una de las palabras que tecleaba en su máquina de escribir.



Solo bebía en los lapsos de tiempo en que no estaba escribiendo nada. Hemingway, por su parte, se levantaba de la cama todos los días del mundo para escribir hasta 3.000 palabras por la mañana, encuevado en las torres que se había fabricado para ese preciso trabajo tanto en su casa de Cayo Hueso como en su su casa de Cuba.



Yo las he visto y he estado en esas torres un rato, olisqueando la esencia del maestro. ¿Y el trago? El licor se hacía presente de manera eufórica en la casa de Hemingway todos los días al terminar de trabajar en horas del mediodía y hasta la larga tarde de piscina, placenteros “jaibol” (gin tonic con mayor frecuencia) con los que el norteamericano se encontraba a gusto consigo mismo y con el trabajo realizado unas horas antes.

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Ese encuentro fantástico entre estos dos titanes de la literatura universal contemporánea no se dio jamás, pero —lo dicho— hubiera sido un gran momento de la literatura: los dos genios hablando de manera imparable, echándose al gaznate a cada rato un golpe de ron y de gin tonic mientras se contaban las hazañas bélicas de sus vidas.



Tal vez, siempre dentro del pensamiento fantástico en el que estamos en estos tiempos de escepticismo, alguien con agallas intelectuales suficientes para llevar a cabo la osadía se decida a “inventar” ese diálogo interminable y lo recopile en un gran libro que nos dé idea de la imposibilidad la vida al no encontrar ni tiempo ni espacio para que se diera el gran milagro del encuentro de García Márquez y Hemingway.