Image: Francisco Ontañón, niños de las afueras

Image: Francisco Ontañón, niños de las afueras

Exposiciones

Francisco Ontañón, niños de las afueras

Francisco Ontañón. Más que niños

Mariano Navarro
Publicada

Se acen portes, 1955-1956

Galería ArteSonado. Calle del Rey, 9. La Granja de San Ildefonso (Segovia). Hasta el 16 de diciembre. De 900 a 2.200 euros.

La fotografía de Francisco Ontañón es una pieza clave para componer la imagen de España en las décadas de los años 50, 60 y 70. Esta exposición recupera su figura.

Desaparecida su figura hace cuatro años, la dedicación familiar de sus allegados y el desempeño profesional de Laura Terré han recuperado la obra de Francisco Ontañón (1930-2008), uno de los nombres esenciales de la fotografía española. Fue miembro del Grupo Fotográfico Afal, -iniciador en la España de la dictadura franquista del reportaje social y documental e introductor de algunos de los gigantes de la fotografía internacional en el horizonte español-, que desempeñó su labor en un abanico amplísimo de temas; publicó sus trabajos en los principales medios de comunicación y, actualmente, ve reconocida su obra en el Reina Sofía como elemento esencial para comprender críticamente una época.

Terré, comisaria de esta muestra de unas 30 fotos, preámbulo de otra mayor que itinerará por diversas capitales españolas, ha centrado su selección en los niños, que considera tanto un tema abordado por la generalidad de los fotógrafos que vieron su infancia sometida al horror de la guerra, como le ocurriese a Ontañón mismo, huérfano de padre y madre, criado por una tía y miembro de la clase obrera antes de vislumbrar la adolescencia; como una mirada singular y propia del fotógrafo español, que elige retratar a los granujillas de barrio obligados a ejercer penosos trabajos, a los golfillos en el desempeño de sus hazañas y a los extraviados en su peregrinar por las ruinas de un país de oscuridad y hambruna.

Más que correctamente tratada -es una maravilla la conservación de las escalas originales de las tomas, que las libra de la uniformidad del gran formato de la fotografía artística- y mejor seleccionada, la visita es un emocionante paseo empático de un tiempo, unos seres y una miseria iluminada únicamente por la alegría infantil. Cual si la oscuridad homicida y violenta de los adultos fuese borrada por la luz de sus juegos.

También empática es la relación con las pocas fotografías que tratan otros temas, así el inestable motocarro del chamarilero que anuncia "se acen portes" con que, al parecer, se ganan la vida padre e hijo e incluso el inquieto chucho que los acompaña.