Image: Gonzalo Puch, el arcano
Vista de la exposición de Gonzalo Puch en el CAB de Burgos
Una de las muchas teorías sobre la interpretación sitúa al espectador de la imagen en la posición de un detective: alguien que, partiendo de los síntomas, las marcas dejadas por el autor en la obra, debe tratar de descifrarla. Es la tarea a la que parecía haberse dedicado Grace Glueck, crítica del New York Times, en la exposición de Gonzalo Puch (Sevilla, 1950) en esa ciudad, hace ya seis años. "Es difícil inferir un significado del resto de las obras del señor Puch" (ella se había atrevido con dos de las cinco que conformaban la exposición). La combinación de plantas, pizarras, tarros de laboratorio y terrarium constituía, para la crítica del Times, "un arcano". Y la verdad es que Puch tampoco suele dar muchas pistas más allá de sus referencias a la naturaleza o el paso del tiempo, por lo que quien se enfrente a las piezas que ahora exhibe en el CAB se verá en una tarea muy parecida a la de Grace Glueck; quizá difícil, pero atrayente.En los últimos años, Puch ha ido desbordando el marco de la imagen para pasar de la fotografía a la instalación. Un día sin nubes se compone de tres piezas, dos instalaciones y un vídeo, en las que el artista vuelve sobre sus temas, pero con ligeras variaciones en el modo de abordarlos. La primera referencia es la de las Kunst und Wúnderkammer del Barroco: la instalación es una amalgama de objetos, imágenes de objetos sin mayor relación que la simple voluntad del artista. Pero en este caso, Puch ha introducido una estructura de listones y baldas de madera que ayuda a soportar, física y visualmente, el conjunto.
Fruta podrida
En las Wünderkammer era corriente un tema que también encuentra su eco en las piezas de Puch: el bodegón. Habitualmente ligado a la idea de la vanitas, del paso del tiempo y el deterioro de lo bello que conlleva, se transforma aquí en el uso de frutas, que la duración de la muestra hará que se vayan arrugando y pudriendo en una materialización del proceso que los bodegones barrocos apuntaban. Lo mismo puede ocurrir con los plantones de arce y pomal, aunque en este caso su destino depende del trato que reciban de los cuidadores del centro y su aclimatación. Toda una metáfora de la idea de Naturaleza que suele plantear Puch, para quien aquella funciona como un entorno frágil, acosado y en constante cambio por la acción humana.
Algo parecido a lo que ocurre con las imágenes mismas. Puch combina en ellas tanto su evolución técnica (de la pintura a la fotografía y vuelta al dibujo como parte de la instalación) como conceptual. Lo que fueron piezas dibujadas vuelven ahora a través de la fotografía, como en una presencia de segundo grado que les confiere un nuevo sentido. A la manera de algunos artistas del pop, como Rauschenberg, y de la posmodernidad, Puch convierte su quehacer artístico en una constante reutilización y recontextualización de sus imágenes y sus temas, incluidos los extraterrestres, eco de una experiencia de su infancia en los alrededores de Huelva. Y, probablemente, es en este proceso, y lo que conlleva de replanteamiento del Arte Moderno, donde reside la clave. No tanto en la búsqueda de un significado concreto, oculto por el artista en su obra, como en la imposibilidad de una interpretación única, de ese arcano que el espectador debe descubrir. Como en la naturaleza, todo es un proceso constante.