Image: Eduardo Barco

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Exposiciones

Eduardo Barco

7 abril, 2005 02:00

Aurora, 2004

La nave. La nave, 25. Valencia. Hasta el 7 de mayo. De 950 a 5.500 e

Una bien afinada orquesta de adivinos viene pronosticando, desde hace unos años, el regreso de la pintura. Esas profecías, que no parecen sino obedecer a un interés por reactivar el marcado, como ya ocurriera en los años ochenta, dan cuenta del valor de su cumplimiento en museos, galerías y subastas. Rehabilitando viejos modos y gestos, relegados por los conceptualismos en boga en la última década, la pintura vuelve a ponerse en tela de juicio. Lo que se dio en llamar el canto del cisne de la pintura en los ochenta, suena ahora a silbidos encantadores de sirena. Aquí y allá, se habla de sus colas de pez, sin que se sepa quien anima el sonsonete de sus nados, cuando a menudo las sirenas las creíamos mudas. En cualquier caso, se trate de sirenas, tritones o, de nuevo, de cisnes, quienes alientan las leyendas del regreso de la pintura, deberían echar un vistazo a la obra de Eduardo Barco, si bien su pintura no se bate en quimeras, ni vuelve, más bien se aleja de ella misma. La obra de Eduardo Barco, como la de otros creadores que pintan como podrían hacer vídeos, sin que les vaya en ello la vida de artista, no se anda con rodeos. Su obra es clara y directa. Entra de lleno en el ojo, para desestabilizar su certeza retiniana. Así, sucede en sus últimas telas, en las que no faltan -más allá de Albers, Kelly o Reinhard-, reojos pospictóricos de Noland, Stella o Tess Jaray. A base de aplicar esmalte de colores imposibles, surgen diversas figuras geométricas que, a sus anchas, activan el espacio de la pared. No sin ironías, el impersonal tratamiento industrial de una pintura que se sirve de imperfecciones, pasa de largo por los juegos ópticos para, salvando las distancias, acercarse a "la buena pintura" de Peter Halley.