Image: Alcaín nace otra vez

Image: Alcaín nace otra vez

Exposiciones

Alcaín nace otra vez

25 marzo, 2004 01:00

Avecillas del Señor, 2003

Elvira González. General Castaños, 3. Madrid. Hasta el 7 de abril

En estos días espesos reconforta encontrarse con una pintura tan serena, silenciosa y bien definida como ésta de Alfredo Alcaín (Madrid, 1936), que presenta un conjunto homogéneo de obras interesantes por su voluntad originaria, que remite a principios fundamentales de la realidad pictórica. En tiempos en que se anuncia tantas veces la muerte de la pintura, lo que la práctica de Alcaín se está planteando en estos últimos años es eso: los orígenes constitutivos de la pintura y las razones principales que tenemos para conocerla, o al menos para reconocerla. Al abordar estas obras de una manera tan penetrante los fundamentos del arte, el espectador tiene la sensación de que Alcaín nace aquí otra vez a la pintura. Eso sí, estas composiciones exquisitas también incluyen claves suficientes a cerca de que este pintor nuevo es el mismo Alcaín que conocimos siempre, uno de nuestros artistas pop más puntuales, quien logró refrescar durante los sesenta y los setenta la iconografía y los procedimientos de nuestra pintura narrativa, descomponiéndola para inmediatamente articularla desde otra mirada: la de la posmodernidad.

En realidad, la "originalidad" de esta obra nueva de Alcaín radica en hacer pasar el protagonismo dentro del cuadro desde los terrenos de la representación iconográfica (en su caso, un repertorio muy concreto de objetos y elementos de lo popular urbano castizo, entreverados de kitsch, ironía y nostalgia) a los dominios de la estructura pictórica pura, autónoma. Así, ahora se hace primar sobre la imagen los valores abstractos de un dibujo de contextura lineal compleja y cerrada; ahora se insiste en la objetividad geométrica de la forma, y se ajusta rigurosamente el color, estableciendo diálogos del celeste con el blanco, el negro y otros azules, para lograr la plenitud de la forma; y se concibe siempre el espacio pictórico y las estructuras plásticas a partir del plano, resultando una obra de apariencia hasta ahora desconocida, marcada de idealidad.

Sin embargo, este interés por la contextura geométrica, por la objetivación fuerte de la imagen y por la experiencia plana del espacio no son elementos nuevos en el arte de Alcaín, quien desde finales de los setenta abordó una famosa serie, Cézanne petit-point, de versiones o "recomposiciones" de bodegones de Cézanne, a los que dotaba de una estructura singular, basada en el entramado "como textil" propio del bordado artesano de referencia. Lo nuevo es, pues, ahora el mayor grado de abstracción formal implícito en las piezas de Azul, resultando también nueva la retirada total o parcial -hacia el fondo del cuadro- de la imaginería personal que identificaba fácilmente a su autor, y asimismo el control en el empleo del celeste como color-luz que enfría la imagen visual al tiempo que subraya los valores táctiles y lumínicos de lo pictórico. ¿El mejor Alcaín?Al menos, sin duda, otra vez, un Alcaín excelente.