Francisco de Zurbarán: 'Naturaleza muerta con limones, naranjas y una rosa', 1633. Fundación Norton Simon

Francisco de Zurbarán: 'Naturaleza muerta con limones, naranjas y una rosa', 1633. Fundación Norton Simon

Arte

El vía crucis barroco de Zurbarán: ocho estaciones en ocho pinturas clave

Los comisarios de la exposición de la National Gallery de Londres, Daniel Sobrino Ralston y Francesca Whitlum-Cooper, eligen para El Cultural las piezas más representativas, del cordero místico a santa Catalina.

Más información: La primera gran exposición de Zurbarán en Londres: hacia lo santo a través de la materia

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1. San Francisco, 1635

Zurbarán: 'San Francisco', 1635. The National Gallery

Zurbarán: 'San Francisco', 1635. The National Gallery

Una de las más emblemáticas de Zurbarán, que saltó a la fama cuando se expuso en París en el siglo XIX como parte de la extensa colección española del rey francés.

San Francisco, iluminado de forma dramática, viste un hábito marrón de tela gruesa y en el dorso de su mano derecha se aprecia la tenue marca de las heridas de Cristo, los estigmas, que recibió milagrosamente hacia el final de su vida. Fue adquirida para la National Gallery en 1853.

2. Naturaleza muerta con limones, naranjas y una rosa, 1633

Zurbarán: 'Naturaleza muerta con limones, naranjas y una rosa', 1633. Fundación Norton Simon

Zurbarán: 'Naturaleza muerta con limones, naranjas y una rosa', 1633. Fundación Norton Simon

Se trata del único bodegón firmado y fechado de Zurbarán, y una de las pinturas más célebres de todo el arte español del siglo XVII. Sofisticada en su ejecución pero sencilla en su composición, la obra equilibra con delicadeza una serie de objetos sobre una superficie de madera pulida.

La atmósfera solemne –junto con la copa de agua y la rosa, símbolos de la Virgen María– sugiere un posible significado religioso, aunque la obra es, en igual medida, una celebración de la propia maestría de Zurbarán.

Cuando fue redescubierta hace un siglo, los espectadores vieron una relación entre ella y los lienzos modernos y abstractos de Cézanne y Picasso.

3. Aparición de san Pedro a san Pedro Nolasco, 1629

Zurbarán: 'Aparición de san Pedro a san Pedro Nolasco', 1629. Museo del Prado

Zurbarán: 'Aparición de san Pedro a san Pedro Nolasco', 1629. Museo del Prado

Zurbarán declina lo humano y lo divino. En este espectacular cuadro plasma la visión de san Pedro Nolasco, un santo del siglo XIII que anhelaba peregrinar a la tumba de san Pedro en Roma.

El apóstol se le apareció en sueños, mostrándose finalmente boca abajo, tal y como se cree que fue crucificado. Zurbarán transmite este intenso momento de encuentro espiritual con figuras de un realismo sorprendente, dando vida a la visión.

4. La Crucifixión, 1627

Zurbarán: 'La Crucifixión', 1627. Instituto de Arte de Chicago

Zurbarán: 'La Crucifixión', 1627. Instituto de Arte de Chicago

Según un escritor del siglo XVIII, todos los que veían este cuadro en la penumbrosa sacristía de San Pablo el Real, en Sevilla, creían que se trataba de una escultura. Zurbarán, que tenía formación en ambas disciplinas, utilizó una paleta reducida para dar la impresión de que Cristo estuviera presente.

Firmada en el trozo de tela del trampantojo situado en la base de la cruz, esta pintura –la obra más antigua datada de Zurbarán– consolidó su reputación en Sevilla.

5. Cabeza colosal, 1635

Zurbarán: 'Cabeza colosal', 1635. Museo del Prado

Zurbarán: 'Cabeza colosal', 1635. Museo del Prado

Esta llamativa pintura, recientemente atribuida a Zurbarán por los expertos del Museo del Prado, apareció documentada por primera vez en una escalera del Palacio del Buen Retiro de Madrid en 1661. Es posible que represente a un gigante, aunque es difícil asegurarlo.

La intensa iluminación y los rasgos toscos de la figura recuerdan a la serie de Hércules que Zurbarán pintó para el Buen Retiro en 1634.

Los rayos X revelan que la severa figura era inicialmente calva, como si Zurbarán hubiera comenzado a pintar a un general romano antes de cambiar de opinión y optar por un personaje más tosco.

6. El cuerpo de san Buenaventura, 1629

Zurbarán: 'El cuerpo de san Buenaventura', 1629. Museo del Louvre / Frank Raux

Zurbarán: 'El cuerpo de san Buenaventura', 1629. Museo del Louvre / Frank Raux

Vestido de un blanco resplandeciente y recostado sobre un rico brocado, el cuerpo de san Buenaventura traza una diagonal a lo largo de la composición. En este cuadro, recientemente restaurado, se aprecia la atención característica del pintor por individualizar cada rostro. El rey Jaime I de Aragón lleva una corona y un lujoso jubón, mientras que al papa Gregorio X se le reconoce por su mitra dorada.

Colgado originalmente a cinco metros de altura en el Colegio de San Buenaventura de Sevilla, los colores vivos y su composición llamarían la atención desde lejos.

7. Agnus Dei, 1635-1640

Zurbarán: 'Agnus Dei', 1635-1640. Museo del Prado

Zurbarán: 'Agnus Dei', 1635-1640. Museo del Prado

Tumbado sobre una repisa de piedra, un cordero joven parece esperar su sacrificio. En los textos bíblicos, la muerte de Cristo en la cruz se comparaba con el sacrificio de un cordero inocente; el título latino del cuadro se traduce como Cordero de Dios. Zurbarán pinta el suave vellón del animal con un realismo impresionante, utilizando pequeños y delicados toques de pincel.

Una luz intensa acentúa el ilusionismo del cuadro: las pezuñas atadas del cordero sobresalen del saliente, como si entraran en nuestro espacio. Esta es su mejor versión de este tema, que conlleva una profunda carga emocional y religiosa, vinculando lo sagrado y lo cotidiano.

8. Santa Casilda, 1635

Zurbarán: 'Santa Casilda', 1635. Museo Thyssen-Bornemisza

Zurbarán: 'Santa Casilda', 1635. Museo Thyssen-Bornemisza

Zurbarán viste a santa Casilda con un fantasioso atuendo cortesano. La tela del sayo de seda, con sus elaborados estampados repletos de motivos de terciopelo que evocan piñas o alcachofas, presenta una caída tan pesada que el espectador casi puede sentirla. Santa Casilda de Toledo fue una princesa musulmana del siglo X que, según se dice, pasaba pan a escondidas a los prisioneros cristianos.

Cuando la descubrieron, los panecillos que llevaba ocultos en su vestido se transformaron milagrosamente en rosas, que ella sostiene en su falda fruncida. La pose elegante y serena de la santa, junto con sus ricas vestiduras, subrayan tanto su convicción religiosa como su noble refinamiento.

La intención política de Zurbarán, el pintor de la Contrarreforma Paula Achiaga