Michaelina Wautier, 'Twee meisjes als de heiligen Agnes en Dorothea', ca. 1650, KMSKA

Michaelina Wautier, 'Twee meisjes als de heiligen Agnes en Dorothea', ca. 1650, KMSKA

Arte

Ni Rembrandt ni Vermeer: las artistas del Siglo de Oro que reescriben la pintura neerlandesa y flamenca

Clara Peeters, Judith Leyster o Alida Withoos protagonizan 'Inolvidables', la exposición del Museo de Bellas Artes de Gante que reivindica a las creadoras esenciales de las Tierras Bajas.

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María Cantó
Publicada

Las obras de Rembrandt, Vermeer, Rubens, Van Dyck, Frans Hals han protagonizado durante décadas las grandes retrospectivas y los catálogos, fijando un canon mayoritariamente masculino de esa época. Estos nombres propios han ocupado el centro del relato sobre el llamado Siglo de Oro neerlandés y flamenco, dejando en los márgenes a muchas de sus contemporáneas.

La exposición Inolvidables. Mujeres artistas de Amberes a Ámsterdam, 1600-1750, que se acaba de inaugurar en el Museo de Bellas Artes de Gante (MSK) y viajará después al National Museum of Women in the Arts de Washington, propone un giro radical de perspectiva.

Tras más de dos años de investigación, la muestra ha conseguido reunir obras de más de 40 artistas activas entre 1600 y 1750, que pone de relevancia la importancia de las mujeres en las artes —desde pintura, grabado y escultura hasta textiles—en la región de Bélgica y los Países Bajos. El objetivo no es solo “rescatar nombres olvidados”, sino desmontar la idea de que las creadoras fueron excepciones aisladas.

La exposición, comisariada por Frederica Van Dam, nos acerca primero a las biografías y los autorretratos de estas artistas, como la pintora Judith Leyster, una de las grandes maestras del retrato, Anna Maria van Schurman, erudita y artista, y Maria Schalcken, formada en un entorno de talleres familiares. Sus obras no solo reivindican su oficio, sino que obligan a integrar sus figuras en la imagen mental que tenemos del arte neerlandés y flamenco del XVII, demasiado acostumbrada a una galería de hombres.

La diversidad de géneros y estilos se aprecia en bodegones, escenas de género, pintura religiosa y pintura de historia. Ahí entran en juego las piezas de Clara Peeters, Maria Faydherbe, Susanna van Steenwijck-Gaspoel o Michaelina Wautier, que trazan una "historia alternativa". Lejos de limitarse a seguir modelos establecidos, muchas de ellas innovan dentro de sus campos, dialogan con la tradición y disputan espacio a sus colegas masculinos.

Judith Leyster, 'Man die een vrouw geld aanbiedt', 1631, Mauritshuis

Judith Leyster, 'Man die een vrouw geld aanbiedt', 1631, Mauritshuis

La muestra refleja cómo la mayoría de pintoras y grabadoras profesionales procedían de familias artesanas o burguesas vinculadas al mundo del arte: hijas de impresores, de grabadores, de pintores con taller propio. Empezaban a menudo trabajando en el negocio familiar, aunque las obras se vendieran bajo la firma del padre o del hermano.

También hubo mujeres de clase alta, como Catherina Backer o Louise Hollandine del Palatinado, formadas en pintura, música y lenguas dentro de una educación refinada, cuyas obras rara vez salían de su círculo social. Al mismo tiempo, las obreras textiles y de talleres domésticos producían encajes y bordados de altísima calidad destinados a la élite, sin que sus nombres quedaran registrados en la historia.

La muestra también evidencia los roles de género de la época. El ideal de esposa y madre, inculcado desde la infancia, marcó de forma muy desigual la vida de estas artistas: Judith Leyster prácticamente desaparece del mapa tras casarse, mientras que Rachel Ruysch consiguió mantener una larguísima carrera como pintora de flores siendo madre de diez hijos. Otras, como Louise Hollandine o Catharina Ykens, eligieron la vida religiosa, y figuras como Anna Maria van Schurman optaron por no casarse y volcarse en el estudio, priorizando su formación y su independencia.

A partir de ahí, la exposición reconstruye la participación de las artistas en los circuitos profesionales de la época: su presencia en gremios como el de San Lucas en ciudades como Haarlem, Amberes o Bruselas; su papel como impresoras que experimentan con nuevos soportes, como Magdalena van de Passe con sus estampas sobre satén y lino, o su peso en los prósperos negocios de encaje dirigidos por mujeres en Amberes. Estas redes desmienten el tópico de la creadora aislada y demuestran una trama densa de colaboraciones, aprendizajes y complicidades.

De hecho, el comercio colonial y la economía global de la época atraviesan también las obras de estas artistas: el tráfico con Perú, México, Asia o el Caribe, sostenido en la violencia, el trabajo forzoso y la esclavitud, enriqueció a las Tierras Bajas e impregnó su cultura visual.

Louise Hollandine van de Palts, 'Zelfportret', ca. 1650-1655, privéverzameling

Louise Hollandine van de Palts, 'Zelfportret', ca. 1650-1655, privéverzameling

En los lienzos de Michaelina Wautier o Catharina Backer aparecen bienes de lujo importados como el tabaco, la porcelana china o los abanicos, mientras que Johanna Vergouwen trabajaba ya para el mercado americano y la industria del encaje de Amberes exportaba textiles religiosos. Maria Sibylla Merian viajó a Surinam (que en su momento formaba parte de los Países Bajos) con sus hijas para dibujar plantas e insectos con precisión científica, y otras creadoras encontraron nuevos encargos en cortes europeas.

El tramo final de la exposición se pregunta por qué, pese al prestigio que muchas tuvieron en vida, sus nombres se borraron después: atribuciones erróneas, obras ocultas en colecciones privadas o depósitos, géneros devaluados y técnicas relegadas a las “artes aplicadas”.

En diálogo con todo este relato histórico, nueve artistas contemporáneas —Christiane Blattmann, Manon de Boer, Melissa Gordon, Aglaia Konrad, Valérie Mannaerts, Hana Miletić, Annaïk Lou Pitteloud, Heidi Voet y Asia Zielińska— firman una intervención específica en una de las salas del Museo de Bellas Artes de Gante.

Juntas han creado la obra colectiva X, que toma posición como gesto de alianza con aquellas creadoras del XVII y XVIII: los nombres de 179 artistas identificadas por la historiografía se estampan a mano sobre láminas de látex bicolor colgadas en el espacio. Una forma de hacer físicamente visible la lista de nombres invisibilizados durante siglos.