Akira Ikezoe: Coconut Heads in Brooklyn Museum, 2017 (Galería Proyectos Ultravioleta - ARCO2045).
La Lucha Moderna (lo que existe y lo que no existe)
Con motivo del tema central de la feria, ARCO2045, invitamos al escritor Agustín Fernández Mallo a especular sobre el futuro del arte. Lo hace revisando los discursos ya agotados y la inevitable IA.
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Advertencia
Antes de nada: el arte resulta refractario a toda prospección, cuanto se pueda decir acerca de él es netamente especulativo. Si un determinado artefacto es arte, creará un territorio inesperado y tangencial a lo previamente pensado. Expresado en términos más precisos: el arte es refractario a cualquier clase de estadística. Expresado en términos de manifiesto: la lucha del arte siempre ha sido una lucha moderna.
Comenzamos diciendo que solo lo vivo arroja sombra propia, la cual viene a ser su huella en directo. El fantasma es fantasma porque carece de sombra, tal es la única manera de reconocerlo; ni en directo ni en diferido deja huella. El fantasma gira sobre sí mismo, signo puro, de ahí su inane existencia: no hay referencia material que lo ancle a lo real.
Algunas veces, sistemas políticos, culturales, de mercado, artísticos e incluso tecnológicos –véase la actual inflación de la IA–, despegan hasta alcanzar su velocidad de escape: mutados en puras fantasmagorías, ya ni tan siquiera sus sombras nos alcanzan; creen emitir señales a una Tierra que ya no puede oírlos; jamás regresan. Uno de los riesgos que corre el arte del futuro inmediato es su caída en ese fantasmático limbo. Teniendo siempre como salvedad la advertencia inicial, pensemos, en primer lugar, en el futuro de cosas que ya existen.
Qué oportunos son estos exóticos
Hay una dinámica histórica, un espontáneo balance de fuerzas al que tienden los sistemas complejos, que aplicado al arte dice así: cuando los políticos se comportan como artistas –e incluso algunos, en su colmo metafísico, como aspirantes a la obra de arte en sí misma–, más y más político se vuelve el arte, y más tienden los artistas a postularse como políticos, lo cual hoy más que nunca se evidencia como necesario.
Pero, cuidado, el amaneramiento es un diablo que siempre acecha. No en vano, la tendencia actual debería ser revisada si no queremos un futuro arte acrítico, complaciente con el mercado y lo decorativo, rehén de aquello que nunca cambia, el dogma y la artesanía. Dicho de otro modo, ¿tiende el arte actual hacia una especie de muerte térmica de su universo? Todo indica que avanza hacia ese estático equilibrio en el que las fuerzas internas se desvanecen, y con ellas la necesaria diferencia de potencial de sus elementos.
Tal destino equivaldría al grado cero de la creación de realidad que desde siempre se le ha exigido a la práctica artística. Actitudes hace dos décadas sanamente salvajes, devenidas hoy en tópicos, tics de mercado, acechadas por esa tenebrosa fórmula de lenguaje corporativo, “lo que funciona”.
Basta recorrer las recientes grandes bienales o la última Documenta de Kassel para comprobar el agotamiento de los discursos que hace una o dos décadas tuvieron todo el sentido, así como la emersión de paradojas, típicas de cualquier fin de ciclo, como que, en el intento por incorporar culturas y artes supuestamente olvidadas por el sistema del arte occidental, estas se vean colonizadas de nuevo –doblemente colonizadas–; inexplicablemente, parecen necesitar los centros de poder del arte occidental para ser legitimadas.
Nuestra tradición, exhausta de su espacio semántico “autóctono”, más o menos conceptualista y derivado del discurso ilustrado, parece haber decidido que no da más de sí, que necesita sangre nueva, vetas de las que seguir extrayendo réditos, optando por un arte netamente emocional, claramente antiintelectual e implícitamente conducido por lo exótico –no pasemos por alto que lo exótico es una mirada netamente colonial, lo exótico no existe, nada es exótico en sí mismo–.
El arte futuro debería repensar ese marco, actualizar sus conceptos de radicalidad y creación de realidad nueva: relanzar su lucha moderna. Sin un real y recíproco proyecto universalista, toda expresión de arte moderno y contemporáneo pierde su significado, diluyéndose la emersión de cualquier minoría en una esteticista retórica de mercado.
No se pase de lista, señora IA
Hemos hablado del futuro del arte en cuanto a cosas que ya existen, veamos ahora el futuro de cosas que todavía no existen. Ello solo puede pasar por la inevitable irrupción de las inteligencias artificiales en los diferentes planos de las actividades artísticas, ya sea como creación de discurso, gestión cultural o –lo más temido– como ente que autónomamente genere obra.
Es algo a lo que el aparato del arte da la espalda, como si con tal de cubrirte la cabeza con la sábana bastara para que el monstruo que habita en tu habitación desaparezca. La intervención de las IA en el arte debería hacer repensar el arte mismo desde cero –si algo exótico existe en el planeta, es esto– .
Por expresarlo claramente: las inercias del arte están empeñadas en convertir el arte creado por las IA en un objeto cultural anterior a la existencia de las IA, en utilizar las IA para hacer un arte a imitación de lo ya existente, sin atender al innegable hecho de que las IA están mutando el estatuto ontológico de la obra. “¡No se pase de lista, señora IA!”, resuena en nuestras cabezas cada vez que nos enfrentamos a uno de esos artefactos.
De modo que la paradoja es que, por miedo o sencillamente pereza, le pedimos a las IA que se comporten como si no fueran unas IA, que ellas mismas finjan que no existen. Todo ello no hace sino cosificar al artista, dado que es esa actitud la que, precisamente, permite a las IA suplantar al artista-humano.
Habrá que pensar un arte que atienda a la especificidad de la IA, que se aleje de un imitativo pastiche de lo existente. ¿Quizá el IA-arte no sea halle en el resultado sino la creación del código mismo? O ¿quizá su interés radique en un programa crítico que nos devuelva a la pregunta “quiénes somos”? Tal es el reto cualitativo que le espera al arte. Su lucha moderna. (Ah, una petición futura, por caridad, no más birkenstocks).
Agustín Fernández Mallo (La Coruña, 1967) es físico y escritor. Su última novela es Madre de corazón atómico; en breve se edita su ensayo El ángel de la Inteligencia Artificial.