“Como diría Goethe uno comienza una relación por ‘afinidades electivas’. Me gustas, te gusto, coincidimos, vamos en una misma dirección bajo una filosofía común. Para que la historia dure hay que pensar en términos maritales, hay periodos de euforia y otros de más calma y, por supuesto, está el azar”. Así describe Alberto de Juan la relación del galerista con el artista, una definición que comparten muchos de sus compañeros. Las variaciones vienen cuando hablamos de cómo fue su primera cita. Las hay casuales y planeadas al milímetro. Estas son seis posibles historias de amor.

Juana de Aizpuru

Dora García

Dice Juana de Aizpuru que a ella los artistas le duran mucho. “Los cojo jovencitos y algunos se hacen viejos en la galería”. Se acuerda de Richard Hamilton, que expuso con ella por primera vez en 1975 y por última con 90 años, meses antes de su muerte, y de toda esa generación de artistas sevillanos –Gerardo Delgado, José Ramón Sierra, José Soto, Molina, Juan Suárez o Teresa Duclós– con los que comenzó a trabajar, hace más de 50 años. También de Miguel Ángel Campano, al que expuso ya en 1973.

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Entre sus artistas fetiche está, con el permiso de Rogelio López Cuenca, Dora García (Valladolid, 1965). La conoció por casualidad en una visita a De Appel, en Ámsterdam. “Su obra me impresionó y al leer la cartela pensé: parece española pero no tengo ni idea de quién es ni he oído hablar nunca de ella. Entonces me acerqué al mostrador de información y pregunté si era española y me dijeron que sí, pero que vivía en Ámsterdam desde hacía un año, cuando fue para hacer el máster de fin de carrera. Pedí que me dieran su teléfono y a mi regreso a Madrid la llamé para decirle que me gustaría conocerla. Ella se ofreció a venir a Madrid a visitarme. Y vino. Y así comenzó todo pues le ofrecí una muestra en la galería. Para mí es como una hija a la que admiro muchísimo”.

Desde entonces son muchas las exposiciones que han hecho juntas. La primera de ellas, en 1993, junto a Ana Laura Aláez, y la última en 2020. “Todas han sido extraordinarias porque ella es extraordinaria”.

Max Estrella

Bernardí Roig

Vista de 'Luz sobre las espaldas' (2000), primera muestra de Bernardí Roig en Max Estrella. Foto: Galería Max Estrella

Por esas mismas fechas de finales del siglo pasado Alberto de Juan fundaba en un pequeño local de la calle Galileo su galería. “Fuera de circuito y con pocos medios –recuerda–, aún me sorprende las visitas habituales de instituciones y críticos importantes de la época como María de Corral, Francisco Calvo Serraller, Juan Manuel Bonet, Tomás Llorens y Simón Marchán”. En sus comienzos buscaba artistas emergentes con los que crecer (Aitor Ortiz, Eugenio Ampudia o Daniel Canogar empezaron entonces). “La información viene de mil sitios. Los jóvenes te llegan por el boca a boca o los encuentras en concursos y premios. A los consagrados los buscas después de un enamoramiento de años”.

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Una de sus primeras colaboraciones fue con Bernardí Roig (Palma de Mallorca, 1965) , hace ya 23 años. “De su trabajo me sedujo el equilibrio entre la carga conceptual y formal. Hacia 1998 yo estaba gestando un programa nuevo preguntando a artistas, críticos, coleccionistas y debió enterarse, porque su nombre me llegó por varios sitios. De camino a la feria de Colonia decidí hacer escala en Mallorca para visitar su estudio y me quedé dos días con él desentrañando su universo –Thomas Bernhard, Wittgenstein…–. Cuando llegué a Colonia entendí que sería mejor comprendido allí que en España. A partir de ese momento comenzamos a hacer ferias en el extranjero accediendo a un coleccionismo internacional”.

Elba Benítez

Ignasi Aballí

Lo de Elba Benítez con Ignasi Aballí (Barcelona, 1958) fue amor a primera vista. Era la época en la que el proyecto de la galería echaba a andar. “Entré en contacto con él a través de Gloria Picazo. Ella era la comisaria de la Bienal de Leandre Cristòfol que se celebraba en Lérida y me mostró, en 1989, una selección de varios artistas jóvenes que participaban. En aquel momento creo que fue una decisión puramente intuitiva, no tenía elementos para juzgar su trabajo, ni estaba preparada intelectualmente para ver su potencial. Su obra era accesible visualmente y novedosa: pintura con un peso importante en los materiales que empleaba (limadura de hierro, carbón, ceniza, luz solar…). También me influyó su personalidad, que invitaba a seguir descubriendo su trabajo…”.

Elba Benítez e Ignasi Aballí, en 1990. Foto: Galería Elba Benítez

“La elección de un artista –reflexiona Benítez– es el resultado de un proceso de valoración lento en la mayoría de los casos. Con los años este proceso me lleva más tiempo… A veces hay flechazos, pero esta primera impresión se analiza y se pone a prueba. Con Ignasi fue amour fou y sin darnos cuenta llevamos ya 33 años juntos”. Este tiempo ha dado mucho de sí. Aballí estuvo en su programa desde la primera exposición, una colectiva con la que la galería echó a andar en Madrid en 1990 y, un año después, inauguraba su primera individual allí.

También fue el encargado del inicio del programa de celebración del 30 aniversario, en 2020, del que recordarán su mural en la fachada. “Ignasi ha marcado aquellos momentos que son fechas clave en la historia de la galería, de su paso por la Bienal de Venecia al viaje a El Hierro con todos los artistas para celebrar juntos el 25 aniversario”.

Àngels Barcelona

Esther Ferrer

En Àngels Barcelona muchos de los artistas han llegado de la mano de otros que ya colaboraban con ellos. “Las galerías –explica Gabriela Moragas, su codirectora– son contextos formados por las visiones de los artistas que presentan. Nos interesa que las obras nos estimulen tanto a nivel intelectual como formal, que los artistas generen preguntas sobre cuestiones clave de nuestra época y que sus prácticas tengan un componente experimental, colaborativo y de investigación. Por eso muchos de ellos trabajan en las fronteras del espacio tradicional del arte con otras disciplinas artísticas, como el cine, el teatro, la música, la literatura o la danza. También es muy importante cómo encajan los nuevos nombres con aquellos con los que ya llevamos tiempo trabajando. Así el relato de la galería se entiende sin necesidad de explicarlo”.

Quico Peinado, Gabriela Moragas, Esther Ferrer y Emilio Álvarez en la exposición de la artista en Àngels Barcelona en 2008. Foto: Àngels Barcelona

Esther Ferrer (San Sebastián, 1937) llegó de la mano de Pep Agut que, en un momento de cambio –Àngels Barcelona comenzaba a andar en 2007 pero venía de un proyecto previo, Dels Àngels–, ayuda a elaborar un nuevo programa. “Con Esther todo es genuino –cuenta Moragas–. Cuando hicimos su primera individual, en 2008, llevaba 10 años sin exponer en una galería en España. Y, aunque no estaba programado, decidió hacer su performance Se hace camino al andar el día de la inauguración. ¡La recorrió marcando el espacio y se fue! De su trabajo nos sedujo todo: su valentía, su coherencia, su sentido del humor. Cómo habla del mundo, del paso del tiempo, de las mujeres, de la poesía, tanto desde la performance como desde la fotografía, sus maquetas o sus obras con los números primos. Es un privilegio aprender con ella de su visión y de su energía. Es inagotable”.

MPA

Antoni Muntadas

Cuando Muntadas (Barcelona, 1942) entró por primera vez en la galería, Moisés Pérez de Albéniz no tenía ni idea de quién era ese señor de gafas oscuras. Venía del campo de la decoración y, aficionado al arte contemporáneo, había heredado en 1996 la galería Lekune de Pamplona. “Muntadas estaba montando una exposición en una sala del ayuntamiento y apareció un día. Me dijo que le gustaba el espacio y yo le conté el proyecto que tenía en la cabeza. Cuando se fue y busqué información sobre él descubrí que era un artista conceptual muy importante”. Poco después quedaron en Nueva York y se convirtió en el cicerone del que después ha sido su galerista: “Me llevó a ver galerías, me presentó a artistas y me explicó cómo era la vida neoyorquina. Fue muy enriquecedor. Me ubicó en el arte que se estaba haciendo fuera”.

Otro de los puntos que les unió fue la manera de trabajar de Muntadas. “Encajamos. No tiene el típico estudio de artista, sólo necesita una mesa y un ordenador y se mueve por todo el mundo. En sus proyectos la producción es muy importante y ese es uno de mis fuertes. Me manda bocetos, esquemas, yo le doy opciones, fabrico muestras”.

Moises Pérez de Albéniz y Antoni Muntadas, los dos primeros por la izquierda, junto a Cildo Meireles y Vicente Todoli en la Kunsthalle Marcel Duchamp en Suiza . Foto: Galería Moisés Pérez de Albéniz

Las cosas surgen, subraya Pérez de Albéniz, y la llegada de artistas nuevos a veces es una carambola. “Tiene que haber feeling. Con Muntadas he viajado mucho –a São Paulo, a Nueva York…–. Ha comido en casa y hemos visto el fútbol, aunque –bromea– él es del Barça y yo del Osasuna. Sabe muy bien de lo que habla. Y eso es lo que me interesa: entroncar con esa mirada que el artista te da. Crecer en el conocimiento”.

Carreras Múgica

Txomin Badiola

No se puede hablar de escultura vasca sin mencionar a los artistas de Carreras Múgica. La galería abrió en 1994 como Colón 16 y, desde muy pronto, colaboró con Eduardo Chillida. En 2007 cambió de nombre y de espacio y entró en su cartera la generación de artistas representada por Txomin Badiola, Pello Irazu, Asier Mendizabal, Itziar Okariz, Sergio Prego, Jon Mikel Euba, etc., con los que sigue trabajando.

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Para estos galeristas lo más importante es el trabajo. “La selección es una decisión crítica y muy meditada. En nuestro caso, lo que prima es la parte profesional. A la hora de decidir colaborar no sólo nos fijamos en la calidad artística; hay muchos factores importantes como son los compromisos que pueda tener con otras galerías, su historia previa, el encaje con el resto de artistas de la galería, su seriedad, capacidad de trabajo, los precios de sus obras, el interés de los coleccionistas, etc.”.

'Una entrada mil salidas', 2011, primera exposición de Txomin Badiola en Carreras Múgica. Foto: Galería Carreras Múgica

A Txomin Badiola (Bilbao, 1957) lo contactaron en 2008, poco antes de que Soledad Lorenzo cerrara su galería. “Conocíamos bien su trabajo –cuenta Ignacio Múgica– pero Soledad era muy celosa de sus artistas por lo que esperamos a que Txomin se librara de sus compromisos. Su trabajo no es fácil de entrada, exige un cierto esfuerzo ya que tiene mucho fondo y es muy intenso. Es como un iceberg del que sólo ves una pequeña parte pero intuyes lo que no está a la vista. A medida que profundizas te seduce más y más. Eso nos sucedió a raíz de nuestra primera exposición en 2011, sobre todo cuando tienes la oportunidad de seguir su proceso de trabajo e inquietudes. Su generosidad es, además, una de las razones por las que hay una generación de artistas tan unidos en Bilbao”.