Image: Graciela Iturbide: El color distorsiona más la realidad que el blanco y negro

Image: Graciela Iturbide: "El color distorsiona más la realidad que el blanco y negro"

Arte

Graciela Iturbide: "El color distorsiona más la realidad que el blanco y negro"

24 mayo, 2018 02:00

Mujer ángel, 1979

A lo largo de cinco décadas la fotógrafa Graciela Iturbide ha fotografiado, entre otros lugares, México, su país natal. La cercanía y complicidad que crea con los protagonistas que pueblan su obra llegan en forma de retrospectiva al Centro de Arte de Alcobendas dentro del marco de PHotoEspaña.

Mujer ángel se ha convertido en una de sus imágenes más conocidas aunque Graciela Iturbide (Ciudad de México, 1942) no recuerda haberla hecho. "Fuimos con los seris a su cueva y cuando bajábamos del desierto de Sonora hice varias fotos pero de esta no me acordaba. Me la regaló el desierto", apunta. En ocasiones el azar es oportuno y ha convertido a esta enigmática mujer en un icono. Ocurre lo mismo con Nuestra señora de las iguanas, una imagen que capturó en un mercado de Juchitán, ciudad que la ha convertido en escultura. Existen graffitis que la reproducen e incluso una imagen de Marilyn Monroe con este animal en el pelo. "Yo estaba vendiendo tomates con otras chicas del lugar para hacerme amiga de ellas, acababa de llegar a la ciudad. La vi llegar y tuve la suerte de que estaba oscuro detrás de ella", explica. Ambas forman parte de la exposición que inaugura en el Centro de Arte de Alcobendas, donde ha recibido el V Premio Internacional de Fotografía Alcobendas.

Esta fotógrafa, que se declara seguidora de artistas como Cartier-Bresson, Francesca Woodman, Diane Arbus y Robert Frank, ha viajado, durante gran parte de su vida, con la única compañía de su cámara de fotos. Y aquí entra, de nuevo, el azar como algo que puede cambiar el rumbo de una vida. Graciela Iturbide nació en una familia muy conservadora en la que su deseo de ser escritora quedó pronto fuera de su alcance. Por eso, decidió irse de casa joven, quizá en busca de libertad, y estudiar cine.

A Manuel Álvarez Bravo iba a verlo trabajar y a que me hablara de pintura y poesía"

Allí, entre guion y guion le cautivó la idea de ser directora de cine hasta que acudió a una clase del fotógrafo Manuel Álvarez Bravo, a cuyas sesiones no iba ningún otro compañero de aula. Tras aquel primer contacto este le propuso ser su ayudante. "Empecé a trabajar con él, dejé el cine y me dediqué a la fotografía. Me gustó más porque podía viajar sola sin las cámaras [de cine] tan pesadas de entonces", cuenta. "Lo de ayudante -continúa- era un decir, yo iba a verlo trabajar y a que me hablara de pintura, de poesía, de todo. Salíamos al campo y con él aprendí más de la vida que de esta profesión", recuerda.

Así, Iturbide empezó a formarse en la disciplina que la ha mantenido ocupada más de 45 años. Pero al año y medio se desligó del mentor del que aprendió a ser paciente, a esperar el momento idóneo, a no preparar una instántanea. Quería empezar a volar sola, a crear un lenguaje propio que ahora se ve como una especie de realismo mágico. "Hay que evitar todas las influencias. Álvarez Bravo me decía que la pintura me iba a ayudar más". Así que empezó a asistir a exposiciones e incluso viajó a París a empaparse de la disciplina. Al principio queda todo, dice, pero de la pintura perdura "la composición".

Graciela Iturbide

Desde entonces, la artista no se ha despagado del objetivo con el que ha sido cómplice de los lugares y los individuos que pueblan sus capturas. Iturbide ha viajado por infinidad de países en busca de los detalles que residen en cada lugar. Pero si hay un sitio que conoce bien y al que siempre vuelve, ese es México, un país diverso con muchas y diferentes realidades. "México son 40 países al mismo tiempo. Cada vez todo se está pareciendo más a la capital pero los seris, que viven en el desierto, no tienen nada que ver con la gente que vive en Juchitán. Los primeros son depredadores, te quitan lo que tienes porque no tienen nada, son gente del desierto. En Juchitán, por el contrario, te lo dan todo", afirma.

Pregunta.- En sus instantáneas se observa una cercanía y complicidad con el retratado que traspasa el papel. ¿Suele convivir durante mucho tiempo en las comunidades con las que va a trabajar?
Respuesta.- Sí, en Juchitán, por ejemplo, me quedaba en casa de las chicas de allí y en el caso los seris me dejaron una casita que era donde pasaba consulta el médico. Convivir es esencial, sino no se puede tener la confianza necesaria para hacer una buena fotografía. Cuando llego a un lugar lo primero que hago es pedir permiso y hasta ahora todos han cooperado conmigo.

Convivir es esencial, sino no se puede tener la confianza para hacer una buena fotografía"

P.- El de Juchitán es uno de sus más célebres proyectos. Cuéntenos cómo surgió.
R.- Francisco Toledo es el gran pintor mexicano vivo, después de Tamayo y Diego Rivera. Él es de Juchitán y ha puesto en pie la Casa de la Cultura [actualmente cerrada por remodelación], es una persona muy activa. Un día me llamó para ver si quería ir a hacer fotos y exponerlas después. A él le gusta que las cosas regresen a su lugar. Después de aquella exposición hicimos un libro para el que volví a la ciudad. Allí beben, bailan y organizan muchas fiestas y no me había dado tiempo a retratarlo todo. Así me fui enganchando a este sitio, vivía en las casas de las mujeres, que son quienes tienen el poder económico.

P.- En los años 30 iban por allí personalidades como Cartier-Bresson, Frida Kahlo y Diego Rivera. ¿Por qué?
R.- Era un lugar mítico. Ahora es horroroso pero la gente es muy bella, lo han echado a perder porque han construido casas que parecen sacadas de Disneylandia, cuando en origen eran de tierra con muchos árboles. Las tradiciones, al menos, las siguen conservando.

Nuestra señora de las iguanas, 1979

Cuando Iturbide pasa largas temporadas en un lugar, también ha estado en la India, en Estados Unidos, en España, en Italia, en Mozambique, tiende a revelar siu trabajo para enseñarlo allí, algo que, como dice ella, lo aprendió de Francisco Toledo. Cuando hizo la exposición de los habitantes del desierto estos le dieron un lacónico '¡no gusta, no gusta, color!', por respuesta. Sin embargo, al día siguiente detectó que cada uno se había llevado su retrato. El blanco y negro es su marca personal porque, asegura, ve la vida en estos tonos. "Con Álvarez Bravo trabajé en blanco y negro y me acostumbré. He hecho algunos trabajos, como El baño de Frida Kahlo en color, pero como decía Octavio Paz: "la vida es, pero es en blanco y negro". Yo veo la vida así, el color distorsiona más la realidad que el blanco y negro. Este abstrae y el color, cuando es chillón, no representa la vida", opina la fotógrafa.

Tampoco ha sucumbido a la tecnología digital y continúa usando la fotografía analógica y revelando sus carretes en un ritual del que ya no se puede deshacer. Iturbide tiene una mesa en la que recorta los contactos, que generalmente son cuadrados, y los mete en cajas. Así, si vuelve al desierto de Sonora a retratar a los seris acude a ella. Todo ello tiene un componente místico y de sorpresa final que "aparece cuando la imagen emerge del agua", explica. Recuerda, de un modo apesadumbrado, que un fotógrafo le dijo que había hecho 20.000 fotos en Bombay en tan solo un día. "Pobre de ti, pensé, ¿cómo iba a elegir entre tanta imagen?", se plantea. Ella, por el contrario, sale con alrededor de 20 carretes de 12 capturas, alguno más si es un viaje largo. Tan solo hace dos tomas, "por si un negativo se raya".

Actualmente Graciela Iturbide tiene poco tiempo para salir a inmortalizar todo eso que le rodea. Demasiados viajes, dice. Por eso, quiere dedicar "un tiempo a fotografiar porque cuando no lo hago me siento mal. Es una disciplina que te llena", asegura. En Roma, de hecho, se levantaba a las 5.30 de la mañana para pasear. Allí, Pier Paolo Passolini se convirtió en su guía espiritual. "Fue un cineasta maravilloso aunque su poesía no me fascina. Fui al lugar donde lo mataron, lo buscaba por todas partes". La cámara, para Iturbide, no es más que "un pretexto para conocer el mundo y la vida".

Ojos para volar

P.- Sin embargo, la vida es cada vez más compleja. El fotoperiodismo nos enseña imágenes muy crudas, a las cuales nos estamos acostumbrando. ¿Ha hecho alguna incursión así?
R.- Yo no podría ir a la guerra, fui a fotografiar inmigrantes que vienen de El Salvador porque me lo encargó Acnur pero no me gusta. En México la situación es tremenda pero no quiero escuchar las noticias y, mucho menos retratarlas. Creo que la fotografía no va a cambiar el mundo, hay una imagen de Eugene Smith que creó algo de conciencia en el mundo pero él es político, fino y poético. Creo que existe un morbo en hacer estas fotos exageradas. Yo no tengo televisión en casa, leo los periódicos pero cuando llegan las malas noticias las salto, no puedo. La vida está llena de tragedias...

P.- Duane Michals, en una entrevista, dijo que "el morbo es el último refugio de la gente sin imaginación". ¿Está de acuerdo?
R.- Qué lindo y qué cierto. La fotografía debe tener imaginación, no es objetiva. De hecho, es muy subjetiva porque cada uno ve de diferente manera. Depende de la formación, de lo que hemos leído, visto y aprendido.

@scamarzana