Arte

Andy Warhol: Pop de culto

Andy Warhol

7 diciembre, 2006 01:00

Ladies & Gentlemen, 1975

Comisario: Gianfranco Rosini. Es Baluard. Plaza Porta de Santa Catalina, s/n. Palma de Mallorca. Hasta el 14 de enero.

Casi veinte años después de su fallecimiento en extrañas circunstancias, el aura que desprende la obra de Andy Warhol (Pittsburg, 1928 - Nueva York, 1987) sigue multiplicando su efecto esplendente. Es curioso que su voraz y desmitificadora embestida contra la práctica artística, se haya revelado con el tiempo como uno de sus más potentes revulsivos, aumentando hasta lo impredecible el valor de cualquiera de sus imágenes seriadas o "únicas". Siempre analógica de sí mismo y de esa actitud suya poseída por la codicia que le llevaba a "tocar" y "salvar" con la gracia de su firma cualquier imagen de consumo que de otro modo iría a parar al cubo de la basura, cada exposición del mítico creador de la "Factory" es una obra de culto.

Iconoclasta y mitómano por excelencia, Warhol nos descubrió mucho más que el extremo parecido que podían tener sobre el papel las imágenes del ratón Mickey, Jagger o del mismísimo Mao Tse Tung. Y a pesar de que su mejor creación fue siempre él mismo, su "éxtasis materialista" y esa pulsión apropiacionista que le llevaba a posarse sobre los hombres y las cosas con dosis equivalentes de deseo, sigue latiendo en su lugar en todas esas innumerables imágenes que hemos elevado a la categoría de iconos universales. Todos los identificamos fácilmente. Por eso, no hay exposición de Warhol que resista sin sus marilyn y sus liz, sin alguna de las versiones de las latas de sopa Campbell, sus objetos, ilustraciones o alguna de esas fotografías y autorretratos con el propio Warhol travestido, imitándose a si mismo, copiándose y transfigurándose como si él, Andy, fuera también un doble multiplicable al infinito.

Con un claro acento europeo y sus buenas raciones de obras universales, la exposición comisariada por Gianfranco Rosini tiene la virtud de mostrar algunas piezas realmente notables en ese inmenso universo icónico que es la obra del artista. Es el caso de los dibujos de su A Gold Book, realizados en 1957 con la técnica "blotted line", un delicado y sorprendente conjunto que evoca sus inicios como dibujante e ilustrador. También excepcionales son los retratos fotográficos que hiciera a Vincent y Liza Minnelli (que, al no autorizar su reproducción seriada, convirtieron en obras raras y únicas), esa composición singular realizada en 1978 con polvo de diamante (Diamond Dust), las fotografías de Joseph Beuys y algunas de sus últimas series, como la de animales en peligro de extinción.

En una exposición que recorre algunos de los hitos más representativos de la trayectoria del artista, no faltan tampoco muestras de sus ilustraciones para cubiertas de discos o portadas de revistas firmadas por él, ni tampoco sus famosos vestidos de papel impresos con la marca de la sopa Campbell. Las series de flores, frutas o zapatos (sus célebres zapatos!), los retratos y los autorretratos, están también ahí, aglomerándose unos junto a otros. Tanto que, si no fuera porque esa saturación "conviene" en cierto modo al mundo abigarrado y excesivo de Warhol, no se comprendería que no se le hubiera dedicado alguna otra sala del museo.

El Warhol más rutilante. El transformista. El hiperactivo creador de simulacros. El transgresor transgredido. Aquel hijo de emigrantes checos que hizo tabla rasa del "American way of life" practicando la más curiosa forma de canibalismo icónico: la que situaba en un mismo plano de consumo artístico a las estrellas de Hollywood, los líderes políticos o una caja de detergente. Aquel activista de lo cotidiano que amplificó hasta confundirlos entre sí los ecos de un tiempo excepcional. El Warhol íntimo. Todos los dobles creados y representados por Andy Warhol siguen ahí, inmutables, en esa rúbrica de escritura agitada que esparció, como si fuera un extraño agente fecundador, sobre todo y sobre todos.