Image: José Antonio Corrales
José Antonio Corrales. Foto: Mercedes Rodríguez
Vuelve de Venecia donde está representado en el pabellón español con dos obras, una de hace más de cuarenta años y otra actual. De las diferencias entre ambas épocas, de lo que ha pasado en el intermedio y de lo que nos depara la arquitectura-espectáculo a la que los concursos públicos y privados nos están acostumbrando, de todo ello trata esta conversación con José Antonio Corrales, uno de los arquitectos que, junto con otros ya entrevistados en estas páginas, como Lamela, Fisac o Fernández Alba, forma parte de nuestra arquitectura más clásica, la generación que ha dado forma a nuestras ciudades.
A sus 83 años y cincuenta de carrera profesional, José Antonio Corrales dice que todavía le "quedan años". Me recibe junto a su tablero, de cuyo tecnígrafo cuelgan cuidados dibujos a mano, y frente al cual confiesa pasar todavía la mayor parte de su tiempo. Parece mentira que el trabajo de tantos años quepa en un archivo de carpetas clasificadas y maquetas apiladas, que reflejan la enorme dedicación y vocación de quien ha pasado la mitad de su vida en el semisótano donde todavía hoy se encuentra su estudio.De vuelta de la Bienal de Arquitectura de Venecia, donde se muestra su ya consagrada obra junto con la de otros arquitectos de su generación y algunos más jóvenes, con una salud de hierro y una mirada escéptica, se declara poco amigo de las entrevistas pero nos abre generosamente las puertas de este espacio de intimidad que es su taller.
-Con un importante bagaje profesional a la espalda y después de unos cuantos años de tranquilidad mediática, ¿cómo vive su presente participación en Venecia?
-He tenido una vida profesional muy larga. En los 30 primeros años, de colaboración con Ramón Vázquez Molezún, ya obtuvimos algún reconocimiento importante como la Medalla de Oro de Arquitectura Española. Hace tres años me fue otorgado, por segunda vez, el Premio Nacional de Arquitectura, por el Ministerio de Fomento. Recientemente he sido nombrado académico por la Academia de Bellas Artes de San Fernando, recibí el Premio Camuñas el año pasado y este año se exhibe mi obra en la Bienal de Venecia. Estoy satisfecho pero me hubiese gustado que Ramón hubiera vivido para compartir estos reconocimientos que tanto esfuerzo cuestan y que tardan tanto en llegar.
»Estos días en Venecia nos hemos reunido unos 28 ó 30 arquitectos que, bajo el tema Metamorfosis, presentamos dos obras, una actual y otra antigua, estableciendo una comparativa entre ambas con el fin de mostrar la evolución de la obra. Yo presenté el pabellón de España para la Exposición Universal de Bruselas como obra primera y la casa de Aravaca como obra más reciente, pero creo que el diálogo entre ambas no ofrece una evolución que evidencie lo que se entiende por transformación metamórfica.
-Supongo que en los días en Venecia habrá tenido ocasión de recorrer los distintos pabellones, ¿qué impresión se lleva del contenido ofrecido por la exposición?
-Lo más significativo fue ver los pabellones internacionales en las naves de la cordelería, unas preciosas naves kilométricas cubiertas con estructuras de madera envejecida, a lo largo de las cuales se exponían multitud de proyectos a nivel internacional y todo un circo de maquetas-esculturas plegadas o alabeadas a medio camino entre el espectáculo y la publicidad. Esto hace pensar que muchos arquitectos construyen primero la maqueta en busca de aceptación y, si tiene éxito, profundizan después en el proyecto.
Proyectar desde el interior
-Este talante que ha detectado en algunas propuestas del ámbito internacional parece despertar ciertas reticencias en su manera de entender la acción proyectual. De ser así, ¿en qué difieren de su metodología?
-Resulta ligero de contenido o falto de rigor el especular con la forma de una manera tan directa. Ramón y yo siempre hemos empezado los proyectos desde su interior, estudiando detenidamente el dibujo en planta y sección, y confiando en que una buena propuesta a estos niveles, daría un aspecto exterior interesante. El alzado, por tanto forma parte final del proceso, lo que supone una manera de proceder inversa a la expresada por centenares de proyectos en la Bienal. Con esto no pretendo desacreditar ninguna forma de hacer arquitectura, de hecho la imagen es lo que demandan cada vez más la sociedad y las administraciones, y esto es lo que la arquitectura les devuelve en muchas ocasiones, publicidad y espectáculo.
»Yo prefiero el proceso del interior al exterior. Me parece más lógico, más riguroso. La forma es la consecuencia.
-Dentro de este panorama de "arquitectura espectacular" que nos describe, donde la demanda de imagen pervierte la forma, ¿dónde se posiciona como arquitecto, o dónde sitúa su arquitectura después de su larga trayectoria en la profesión?
-El arquitecto sin cliente no puede trabajar; la arquitectura no es un arte solitario y de alguna forma está al servicio de la sociedad. Hoy por hoy la sociedad pide imagen, imagen en política, en marketing e imagen en arquitectura también. Es un proceso general que afecta, no especialmente a la arquitectura, sino a muchas otras actividades del hombre.
»En el momento en que nos encontramos, de constante cambio, es difícil encontrar clientes ya a cierta edad. Yo necesito tener la cabeza siempre ocupada, así que me dedico a hacer concursos, cuatro o cinco al año, lo cual me mantiene activo. En realidad los concursos son como una lotería, suponiendo que sean imparciales, y deben tener asociada una imagen atractiva. Mi arquitectura carece de montaje, casi siempre necesario para seducir al cliente o al jurado. Quizá por eso ahora no tengo grandes encargos y las administraciones no cuentan conmigo, tampoco entonces, con Ramón. Es el tributo de no estar a la moda. Pero ninguna postura tiene mayor mérito frente a otras. En el fondo, todo el mundo hace lo que le apetece porque se lo pasa muy bien.
Un software personal
-Ha hablado de cambio, y es evidente que la evolución de los tipos arquitectónicos o de la forma arquitectónica, si prefiere, mucho tienen que ver con la aparición de nuevos recursos gráficos y avances en la representación. Los instrumentos que emplea en su estudio y, de alguna forma, su manera de proyectar, ¿han experimentado adaptación alguna a los nuevos sistemas informáticos?
-Mi trabajo es muy personal, indago en el caso concreto del proyecto con sus datos, y los introduzco en mi software personal que es mi cabeza; el proyecto queda ahí almacenado y me acompaña durante mucho tiempo, hasta que llega un momento en que aparecen soluciones e imágenes, espaciales y también plásticas. Como pienso todo el día, llega el momento en que esas soluciones necesitan su comprobación gráfica. De no tenerla, no serían más que sueños. En mi caso, al producirse en mí dichas ideas y visiones, soy yo quien las desarrolla. Esto sería impensable en los grandes estudios de arquitectura donde se necesitan colaboradores que participen desde los primeros estadíos del proyecto. Mi estudio es pequeño, y por eso tengo el lujo de pasarme horas y horas en el tablero dibujando a escala lo que, una vez resuelto, introducirán mis ayudantes en el ordenador. Esto implica un proceso personal largo que, para muchos, se habrá quedado obsoleto, pero es como siempre he trabajado, y eso no puede cambiar. Mi ordenador es la cabeza, donde se encuentran la riqueza y la sensibilidad de los conocimientos, no registrables por un ordenador.
»Parece que los sistemas informáticos, en constante renovación, han generado un método universal, que deja de lado lo que siempre han sido condicionantes básicos de proyecto. La globalización de la arquitectura no debería acabar con las culturas locales, ni con la investigación personal que aporta identidad a cada proyecto. La propuesta no puede surgir de un programa informático, de lo contrario, cabría suponer que el sistema falla.
La independencia es cara
-Describiendo una forma tan personal de acometer los proyectos, donde no existe una participación activa de otros colaboradores hasta la fase última de delineación, ¿dónde está la clave del éxito de una colaboración de cuarenta años con Ramón Vázquez Molezún?
-La colaboración con Ramón fue desde el principio muy especial, tuvimos una relación libre y abierta, pero muy intensa. Cada uno tenía su estudio, el de Ramón encima del mío, y no establecimos reglas de colaboración ninguna; simplemente, sin pensar igual, nos entendíamos muy bien y, sin limitar nuestra libertad en el trabajo, nos respetábamos. Trabajando juntos, llegamos a hacer un concurso en una tarde. Pero también nos asociamos puntualmente con otros compañeros sin que esto supusiera problema alguno.
-Con 50 años de profesión que le avalan, a estas alturas mirar al pasado y también al futuro debe resultar muy liberador. ¿Cree tener alguna atadura arquitectónica?
-Los años nunca son liberadores, más bien, pesan si los piensas, por eso prefiero no hacerlo. No creo tener ataduras, Ramón y yo siempre hemos trabajado con un alto grado de independencia, lo cual nos ha costado caro. La independencia se vende a un alto precio en todos los campos, sobre todo con una trayectoria como la nuestra, siempre pegados al tablero. Al final es necesario saber venderse y la falta de actividad social en nuestro caso, nos ha privado seguramente de obtener más clientela.
-De todas sus obras construidas, ¿cuál definiría como la más emblemática?
-Entiendo una obra como un conjunto de sistemas que, paradójicamente, hay que romper en un punto preciso para que funcione. Las obras que me interesan siempre responden a un sistema, como es el caso del Pabellón de Bruselas, que construimos Ramón y yo hace ya mucho. Se pensó como un montaje simbólico, en el que intervino un grupo de 10 ó12 arquitectos y artistas, trabajando con sensibilidad y rigor. Mereció la pena vivir el proceso.
Apuntes sobre el Pabellón
Sin duda alguna, el Pabellón de España en la Expo de Bruselas de 1958 es una obra paradigmática de su carrera y una de sus primeras junto a Ramón Vázquez Molezún, con la cual movieron ficha en el panorama arquitectónico internacional. Construido sobre montajes efímeros y pensado para ser desmontado, su imagen ha recorrido mundo y aún hoy, después de más de 35 años, sigue siendo uno de los mayores exponentes de su generación y protagonista de importantes exposiciones. Una de las últimas tiene lugar en el Ministerio de Fomento, Arquitecturas Ausentes del siglo XX. Su magistral estructura de módulo hexagonal y naturaleza ligera, reducida a papel e imágenes revela la magnitud de la experiencia arquitectónica que fue y que seguro nada tiene que ver con la muestra residual que, ruinosa, se conserva en la Casa de Campo de Madrid.
José Antonio Corrales (1921) ha sabido compaginar la actividad docente (ha sido durante años profesor de la ETSA de Madrid) con una nutrida carrera profesional. Durante más de 40 años desarrolla su actividad junto con Ramón Vázquez Molezún (1922-1995). Algunas de sus obras más emblemáticas son la Residencia Infantil de Miraflores de la Sierra (1957), el Pabellón de España en la Exposición Universal de Bruselas (1958), la Casa Huarte (1966), el edificio Bankunión (1970), el Banco Pastor (1973) y la estación de Chamartín. Es académico de la Real Academia de Bellas Artes y ha recibido dos veces el Nacional de Arquitectura (1948 y 2001). Además, cuenta con la Medalla de Oro de Arquitectura Española (1992) o el Premio Camuñas (2004).