Image: Gabriel Velázquez
Gabriel Velázquez
El director presenta Ártico y pone fin a su trilogía sobre la familia
Gabriel Velázquez (Salamanca, 1968) comienza a ser uno de los más veteranos francotiradores de los que se nutre el reciente cine español. Con Ártico culmina una "trilogía sobre la familia" que comenzó con Amateurs (2008) y prosiguió con Iceberg (2011), nos queda claro que le gustan las metáforas gélidas. Ártico nos traslada a los suburbios rurales de Salamanca, donde una pareja de adolescentes de un barrio depauperado sobrevive cometiendo pequeños delitos (que ya se sabe que pueden acabar con grandes desgracias). Uno de ellos está solo y el otro está perpetuamente rodeado por su familia. El embarazo de una chica en estas condiciones de miseria del solitario complicará la situación. Rodada "de lejos" de forma que los personajes se convierten más en siluetas que en rostros, Ártico propone una mirada ultraestética al universo del lumpen.Pregunta.- ¿De dónde surge esta película?
Respuesta.- De una amalgama de referentes. Por una parte quería hacer un homenaje al cine quinqui de los 80. Por la otra, están mis recuerdos de infancia, de esos chavales malotes que venían y te robaban la merienda y que vivían en un barrio inhóspito. Te daba rabia que te robaran pero también los admirabas. Se contaban historias míticas sobre ellos, que si sus madres eran prostitutas... Trato en este filme también el asunto de la familia en oposición al concepto de soledad.
P.- Uno está solo y desea compañía, el otro se siente acosado por su familia.
R.- Es todo un clásico, siempre queremos lo que no tenemos. Me sucede que necesito estar lejos de los míos pero también me siento solo cuando no estoy con ellos. Todos nos movemos en esa dicotomía de necesitarlos y rechazarlos. La familia es un gran remedio para la soledad.
P.- Vemos una Salamanca insólita, más rural que urbana.
R.- Lo bueno de hacer una película es que es un descubrimiento, trato de acercarme a esos barrios prohibidos de mi infancia. Y también incluyo mis propios recuerdos: el río, la naturaleza... Quizá si hubiera tenido más presupuesto la habría rodado en Barcelona o en Bilbao, que son ciudades industriales, porque es raro hacer cine quinqui en el campo y por eso tenía que tratar de alejarme de esa estética y llevarlo al siglo XXI.
P.- ¿Por qué los personajes están filmados de lejos de manera que casi nunca les vemos la cara?
R.- Por presupuesto y por estética. Me propuse rodar en dos semanas y con ese tiempo no puedes hacerlo de otra manera. Digamos que el dinero al final desembocó en un estilo que es esa frialdad, por eso la película se llama Ártico. Eso nos lleva a esos planos tan cuidados que parecen bodegones. El único que tuvo todo el tiempo del mundo fue el director de fotografía, cada plano parece un cuadro, no hay fugas.
P.- Los seres humanos se convierten en siluetas, en sombras, a veces parecen figuras de una coreografía.
R.- Es curioso porque me han dicho que a veces se parece a esos musicales de Saura como Carmen o Flamenco y me parece bien. Hay un baile de sombras. Prefiero que no se diga nada a que se digan tonterías. Los actores son chavales que vienen de ese medio y sabían tres mil veces más que yo, era cuestión de dejarlos reaccionar naturalmente porque han pasado por cosas mucho peores, la realidad supera la ficción.
P.- ¿Cuál es su proceso de trabajo con actores no profesionales?
R.- No parto de un guion fijo. Yo escribo diálogos, no palabras exactas. Cada persona habla de una manera y busco esa colaboración con los actores para ir construyendo la película. Comienzo a rodar otra en seguida y lo hemos cambiado todo un mes antes de empezar. Mi teoría es que hay que buscar siempre lo mejor y estar dispuesto a darle la vuelta en cualquier momento. Es un proceso muy emocional, donde buscas la magia, las localizaciones me influyen mucho. Lo único bueno de ser mi propio productor es que me puedo permitir hacerlo. Por lo demás ser productor es un infierno.
P.- Hace poco veíamos Hermosa juventud de Rosales y esta película casi parece su cara B al tratar también la crisis y la juventud.
R.- Los actores estaban en un centro de acogida y se implicaron mucho en el proyecto pero tienen vidas muy duras. Uno de ellos no puede ni venir al estreno por dónde está ahora mismo. Artísticamente estaban emocionados, era más difícil someterlos a una disciplina y responsabilidad. No he visto la película de Rosales pero trato de reflejar una realidad muy dura que existe y es probablemente peor.
P.- Es una película muy 'moderna' visualmente pero también muy atávica, los mimbres de la tragedia son clásicos.
R.-La primera imagen que se me vino a la cabeza es la de esa chica pariendo en medio del bosque. Ese grito. Hay quien ve a Lorca o Los santos inocentes como referentes y es absolutamente verosímil. Detrás de todo hay mucha miga.
P.- Es una película claramente enmarcada en una forma de hacer cine de vanguardia que nos recuerda a otros autores, ¿se siente solo o forma parte de una generación?
R.- Siempre me he sentido solo pero el otro día vi Liverpool de Lisandro Alonso y me quedé alucinado. Me gusta un cine que apuesta y arriesga, que prescinde de los diálogos y convierte a los personajes en pequeñitos en un paisaje industrial. El cineasta por el que me siento más influido es Antonioni pero no tengo referentes fijos, todo te marca. Mi próxima película no tiene nada que ver con esta.