Varias zancadas por delante del sampleado menos sutil y bastantes más cerca del divertimento mash-up. En un extremo tan opuesto al plagio que casi se toca con él. Con resonancias de las constelaciones de variaciones minimalistas sobre un tema. Aproximadamente en la misma longitud de onda que vienen utilizando los compositores de música concreta. Por esas latitudes se encuentra un ignoto continente sonoro que han llamado Plunderfonia.
¿Plunder qué? El nombre, del inglés, vendría a significar algo así como "saqueo sonoro" y tiene su origen en el disco Plunderphonics de John Oswald, compositor, músico, artista y teórico canadiense (nacido en 1953 en Kitchener, Ontario) que ha centrado buena parte de su obra musical y su discurso desde hace cuarenta y pico años en la manipulación, el ensamblaje, o ambos, de trozos de registros sonoros ajenos, o sea de samples ajenos y reconocibles, sin otro añadido musical de su propia cosecha que la selección, edición, organización y mezcla de los mismos. Casi nada.
Hablamos de algo así como la suma intencionada y artística de apropiacionismo + reciclaje + recorta & pega + reescritura mediante cita + cambiazo. Pero eso sí, una suma libérrima e inspirada por las ganas de burlar la impronta atosigante de los originales o de construir una obra musical nueva a partir de ellos que logre superarlos. Plunderfonia es una radio sin tiempo ni localización donde suenan a la vez todos los discos, todas las canciones, permaneciendo reconocibles. Según se mueve el dial van entrando unas y otras, en un orden que podría ser aleatorio pero no lo es. Aún más: es esa misma radio cuando tiene esplendorosos sueños dorados. O las canciones que amamos o detestamos como hipotéticamente podrían haber sido en otros futuros musicales paralelos, ahora de ciencia ficción.
En definición del citado John Oswald hablamos de "cita sonora reconocible, que usa el sonido de algo familiar que se encuentra ya grabado. Silbar un compás de Densidad 21.5 es una cita musical tradicional. Coger a Madonna cantando Like a Virgin y volver a grabarla al revés o más despacio es plunderfónico, mientras se pueda razonablemente reconocer la fuente. El robo tiene que ser flagrante."
El tema conecta y hasta resume muchos de los asuntos que interesan a quien esto escribe y que sintonizan con varios de los hilos temáticos poco a poco desplegados en este blog: la autoría y los límites de sus derechos; la tecnología y sus instrumentos como algo más que las meras herramientas con que unos supuestos genios crean; la música actual como memoria enlatada, como registro sonoro en un soporte físico; lo musical como sonido o como ruido organizado; la tendencia de los estilos a la retroalimentación y combinatoria; el original y la copia; la importancia del estudio de grabación y la postproducción en la música pop; la globalización de la información musical y la aceleración del acceso a los contenidos; los puntos de conexión de la creatividad musical con la industria del entretenimiento y sus variables... En Plunderfonía, la tierra del saqueo sonoro con fines de compostaje constructivo, se cultivan todos ellos y algunos más, y se pone en cuestión cómo cada uno de estos aspectos afecta y guarda una relación con lo musical.
Quizá, como han hecho certeros observadores del fenómeno como el músico y crítico cultural británico Chris Cutler (en su inspirado e inspirador ensayo The Road to Plunderphonia), o el argentino Daniel Varela (por ejemplo, en el capítulo que dedica a la música experimental en este tiempo en el interesante libro colectivo Intersecciones: La música en la cultura electro-digital, Ed. Arte-Facto, 2005), la base de todo esto se encuentre en un giro en la comprensión de lo musical como todo lo sonoro, primero, y luego de lo reproducible, de lo registrado y ejecutado mediante medios mecánicos o digitales.
Precisamente hace unas semanas, en marzo, cumplió cien años un posible origen de todo esto: aquella intuición que ha pasado demasiado desapercibida y que estaba en la carta que envió el pintor e ideólogo futurista italiano Luigi Russolo al compositor Balilla Pratella, incitándole a adentrarse en L'Arte dei Rumori. El 11 de marzo de 1913, en Milán, escribía: "...Si hoy, que poseemos quizá unas mil máquinas distintas, podemos diferenciar mil ruidos diversos, mañana, cuando se multipliquen las nuevas máquinas, podremos distinguir diez, veinte o treinta mil ruidos dispares, no para ser simplemente imitados, sino para combinarlos según nuestra fantasía..."
Desde esas intuiciones visionarias de música como manipulación de sonidos externos, desde hace un siglo hasta hoy, buena parte de tales combinaciones de ruidos, se han dado mediante fuentes ajenas reutilizadas. John Oswald, gran explorador del invento, posiblemente su primer y mayor estudioso y defensor, el que le ha dado carta de naturaleza, parecía estar correspondiendo a Russolo cuando en 1985, en una fundacional conferencia en Toronto, comenzó diciendo:
"Los instrumentos musicales producen sonidos. Los compositores producen música. Los instrumentos musicales reproducen música. Las grabadoras, radios, reproductores de discos, etc, reproducen sonido. Un dispositivo, como una caja de música a cuerda produce sonido y reproduce música. Un fonógrafo en manos de un artista de hip hop o de scratching que interpreta un disco como una tabla de lavar electrónica con una aguja fonográfica como púa, produce sonidos que son únicos y no reproducidos - el tocadiscos se convierte en un instrumento musical. Un sampler, en esencia una grabación, instrumento transformador, es simultáneamente un dispositivo de documentación y de creación, reduciendo en efecto la diferencia a la que se manifiesta por los derechos de autor."
Es tan fértil y vasto el territorio de Plunderfonía que requerirá más de una entrada en este blog. Oswald lo merece pero hay muchos otros ejemplos. De momento valga el aire de esta semana como presentación y aperitivo con que abrir boca. Dejamos un par de pistas de Oswald: la pionera Power de 1975, donde se mezclan los diabólicos riffs de Led Zeppelin con el trance de un predicador cristiano y esa Rainbow de 1989 con que se apropia/deconstruye maravillosamente Over The Rainbow. Continuará...