El Cultural

A vueltas de 33 (I): Resurgimiento y negocio, auténticos y especuladores

Abel Hernández
Publicada

Volvemos a los discos micro surcados y las 33 revoluciones porque no dejan de alumbrar curiosos fenómenos dentro del mundo de la música. Es quizá la esfera donde se condensan buena parte de sus más interesantes paradojas, esperanzas, sortilegios y contradicciones. La pasada semana pude comprobar de cerca dos a los que no había prestado suficiente atención.

Si algunas veces hemos dejado en el aire de esta columna el lamento por el cierre de alguna de las tiendas de discos que han pasado a mejor vida en los últimos meses, en esta ocasión procedería hacer lo contrario con una noticia extraordinaria y buena. En Granada, una de las ciudades españolas donde más y mejor se conserva el amor hacia la música, un conocido DJ indie friendly residente acaba (tachaaaaán-splash) de ¡abrir! una nueva tienda, Discos Bora-Bora. Es un poco como las que creo recordar que existían antes del hundimiento: bien atendida por gente que sabe de (y cuida la) música, espaciosa, ordenada, limpia, atractiva... y está dedicada de manera prácticamente íntegra a los vinilos. Eso ya es suficientemente raro en los tiempos que corren. Pero el plan se despeja cuando uno descubre que en su mayoría, los vinilos no son actuales sino de segunda mano. En sus expositores de madera se presenta una pequeña delegación de la discoteca mundial, con su rock y pop, sus rarezas y sus cosas de freak. Es una especie de paso intermedio entre la asepsia de la sección de reediciones de la gran cadena de tiendas y los expositores con olor a cine X de las tiendas de rasca-cajones. Digamos que su intermediación está en cierto modo a camino entre el buscador no avezado y dichas tiendas cutres, el particular que vende sus colecciones, los rastros y lotes vendidos en internet. ¿Representa esto algo? Por supuesto: que hay movimiento y que hay un público.

A nadie se le escapa ya el progresivo auge del vinilo. Es un hecho. Su cuestionamiento como moda puede servir aún, pero que no es pasajera está fuera de toda duda. Como explica la periodista Helen Soteriou en un reportaje reciente en BBC los datos de venta de la asociación de minoristas británicos de la industria del entretenimiento (Entertainment Retailers Association, ERA) ha ofrecido recientemente sus cifras de ventas de álbumes de vinilo y las ventas siguen subiendo por sexto año consecutivo. Mientras las de los singles y los CD siguen su desplome y las ventas digitales permanecen estables, en 2012 las ventas de elepés de vinilo han facturado 5,7 millones de libras por los 3,4 de 2011 y 1,1 de 2008. ERA pronostica que en 2013 las ventas subirán de nuevo.

Siguiendo el rastro, encontramos más pistas: el vinilo más vendido en 2012 fue el contemporáneo Coexist de The XX. El segundo, la re-edición del Ziggy Stardust de Bowie. Como ya aventuramos en otra ocasión, en la nueva fiebre vinilera alternan los fans de los nuevos grupos alternativos pero consolidados y no excesivamente innovadores, con los clásicos a prueba de bombas, redescubiertos generación tras generación. Aquí no hay demasiada música de usar y tirar en el top. Este es territorio para auténticos, para vinilovers.

Pero, volviendo a Granada, como esta misma periodista advierte, estos recuentos dejan fuera una parte sustancial del resurgimiento del vinilo como preferencia y negocio. Nos referimos precisamente al material con que fabrican los sueños tiendas como Bora-Bora: el disco antiguo y de segunda mano. Helen Soteriou ofrece el siguiente escalofrío: las estimaciones de ventas de una de las tiendas veteranas de segunda mano de Gran Bretaña, la londinense The Music and Video Exchange, son de un millón de vinilos al año: o sea, como el doble de lo que se vende en el mercado de producto nuevo. ¡Ahí va, que quizá el DJ de Granada no se está aventurando tanto! Sonreímos.

Conviven en este asunto del auge del vinilo varias tendencias que llegan a resultar contradictorias. Por un lado confluye la intensidad de los amantes y creyentes en la música, capaces de desembolsar un par de billetes pequeños por un disco o un concierto. Muchos posiblemente son ellos mismos músicos, DJ's o estudiosos y escritores, blogueros o críticos que tratan de seguir descubriendo y de difundir a palabra.

Como recogía Alexandra Topping hace unos meses en su artículo en The Guardian sobre el crecimiento del número de las pequeñas tiendas de discos independientes en Reino Unido "aún hay amantes de la música que quieren comprar discos físicamente a otros que son tan apasionados como ellos. Mucha gente que quieren la música como forma de arte no como una simple descarga". Las nuevas tiendas saben que deben ofrecer más que las antiguas y lo hacen: pequeños conciertos, un entorno confortable donde incluso se puede tomar un café o una cerveza y un stock selecto de música increíble, sin resultar elitista.

Ello es plausible en acontecimientos como el Record Store Day que se ha consolidado sobre todo allende nuestras fronteras (por aquí aún es un propósito aunque existe en lugares como Barcelona y Galicia . Es algo así como el Día del Libro, fecha en la que sellos y músicos fundamentalmente independientes aprovechan para sacar a la venta ediciones especiales sobre todo en vinilo.

Las actividades relacionadas con el RSD comienzan a rozar con otra de las tendencias que dan vueltas sobre los platos hoy. Nos referimos a la práctica de la especulación mediante el formato de vinilo, cuyo origen procede esencialmente de dos ámbitos: las grandes compañías discográficas con un gran catálogo que explotar reutilizan el truco de siempre luciferinamente actualizado: lo mismo que ocurrió cuando a finales de los 80s llevaron (de la mano de sus socios, los desarrolladores de tecnologías de audio) a cabo la campaña de desinformación y pauperización del formato de vinilo para reemplazarlo por el flamante CD, podría en parte estar sucediendo ahora a la inversa.

El otro lugar de donde procede es el negocio de lo que en el argot anglosajón se llama vinyl flippers, término que en principio se refiere a los que manejan el formato (flip es darle la vuelta al disco para cambiar de cara pero también es de dónde viene nuestro castizo "flipe", claro) y que acaba derivando en los que hacen de la compra-venta y la aceleración de la demanda mediante técnicas más parecidas a las de los mercados financieros su modo de forrarse a costa de los amantes de la música y los adictos al coleccionismo.

Este fenómeno de "inversores" incluso ha dado pie a webs especializadas en vinilos raros que pueden ver incrementado su precio en el mercado como Recordflipper donde se recomiendan o repudian inversiones y a reacciones de iconos del pop que dedican parte de su tiempo al apostolado de la segunda venida del vinilo. Es el caso de Jack White, quien entre otras cosas es el jefe del sello Third Man Records, uno de los impulsores más notables de la reciente cultura Modern Vinyl y de los discos con formato raruno. White, no hace muchos meses (precisamente a raíz de los acontecimientos polémicos que acompañaron el último Record Store Day) ha declarado su guerra a esta clase de parásitos provocando una tempestad al subir él mismo sus precios hasta el nivel de especulación.



La semana que viene continuaremos explorando todos estos "qué hay de nuevo, viejo", su daños colaterales y sombras de soslayo y sus ecos. Despedimos la conexión desde las páginas precisamente hoy publicadas de la nueva perla novelística de Michael Chabon, Telegraph Avenue, con su lucha entre Brokeland Records, la tienda de discos de segunda mano para melómanos y la megatienda de discos en el nuevo centro comercial Dogpile Thang, con su sección inmensa de vinilo nuevo y usado.