El Cultural

El encanto de la historia, discreto también

Abel Hernández
Publicada



Hace tres semanas intentamos sostener sobre esta columna de aire el papel que el sueño de geografías exóticas desempeñó en la música española durante la década de los 80. Acabábamos aquel post relatando la importancia de la geopolítica soviética y de la guerra fría en esa búsqueda de nuevos temas. Pero en seguida nos dimos cuenta de que aquellos ejemplos sobre el más allá del telón de acero ya lindaban con la Historia. Tirando de ese hilo acertamos pues ésta y el relato de sus sucesos serán asimismo un notable motor de las canciones de aquella época.

Así es, las aguas del pop, el punk, el heavy y el tecno de mediados de los 80 en España por momentos parecen infestadas de letras cuyo contenido remite a pasajes históricos relatados o descritos y, lo que resulta más elocuente aún, a algo que sólo sé definir como la recreación de un ambiente histórico, algo entre la historia y la literatura.

¿Qué ímpetu si no puede llevar a Ciudad Jardín (o a Rodrigo de Lorenzo) a escribir algo como la especie de decadente fantasía esclavista que es Aquí la caña manda?

Aroma de caña quemada en la hacienda, allá en el bohío es mortal la humedad. Los loros chillan. El amo calla. Se pone a fumar, se cala el panamá. Los pocos caimanes que quedan chapoteando están desgarrando su traje de fiesta. Aquí se para el tiempo. Aquí no hay paz ni guerra. Aquí la caña manda, la caña y la selva. La nueva mucama se enrosca a sus pies. Su pobre familia se la regaló. Es tonta y de nada nos vale aquí. Padre qué miedo, no quiero ir. A cambio de casa y comida es muy fiel. Su vida y destino depende de él...

Estos infravaloradísimos Ciudad Jardín de Dame calidad (1987) persiguen muy a su manera algunas de las luces con las que Radio Futura habían tomado su camino en 1984 con La ley del desierto / La ley del mar, continuado en 1985 con De un país en llamas y rematado en 1987 con La canción de Juan Perro. Sin ser historicistas, las mejores letras de Santiago Auserón con Radio Futura tienen siempre algo de una extrañada atemporalidad que permite imaginar un contexto pretérito. El bastante habitual costumbrismo se disimula con atributos y léxico como de otro tiempo y un aire metafísico.

Particularmente, las letras de ese periodo que va del La estatua del jardín botánico a Annabel Lee me recuerdan a la atmósfera de muchos cuadros del pintor italiano De Chirico. Precisamente en la particular revisión del poema de Poe exhiben la extraña colisión entre lo lírico y lo histórico en cierta antigüedad irreal.



En el mismo año de Annabel Lee, los toledanos El pecho de Andy (otro de los grupos olvidados de ese momento y uno de los más dados a escenarios exótico-históricos y si no basta revisar Llegará Octubre, Anochece en Tahití, Megalópolis o El arrozal) se atrevía a escribir una canción a partir del cuadro de Turner El "Temerario" remolcado a dique seco , en tal mezcla de historia del arte y descripción literaria que hoy resulta de lo más insólito y fascinante:

Enarbolando una bandera de vapor, pesado avanza arrastrado en un alud. El Fighting Temeraire escupe un resplandor de nubes de cobre y azul, roja reverberación, anegado de humedad exhala su mascarón. Tal vez atraque en un banco de sal, deslizándose en la turbamulta de su tibia soledad. El Fighting Temeraire esconde en su corazón nubes de cobre y azul, grávida trepidación, la helada bruma traspasada por el mar.

Hasta Mecano, el grupo más vendedor del momento, cayeron a menudo en las garras de lo histórico. No siempre desafortunados con las letras, al principio de su carrera ya habían dado protagonismo a algunos de los temas exótico-geográficos situando como lugar de fuga Hawaii o Venus. En pleno esplendor comercial, será cuando el grupo muestre a veces el lado más chusquero de la tendencia historicista que aquí nos ocupa. En 1988 Mecano publica Descanso Dominical que incluiría canciones como Héroes de la Antártida (sobre el periplo y muerte del capitán Scott y su tripulación) y Laika (sobre la perra pionera del espacio), amén de canciones sobre esclavos (lo que ya parece una tendencia), la semblanza sobre Dalí cuyo título evitaré reproducir aquí, y Hermano Sol, hermana Luna a partir de San Francisco de AsÍs o de la película de Zefirelli, vaya usted a saber. Temas que, encontrándose insertos en el que sería el disco español más vendido de todos los tiempos, afianzan la tesis de que algo pasaba con la alta cultura, la geografía y la historia en esa época.

Los grupos de heavy metal patrios no fueron quizá especialmente dados a revitalizar cierta épica histórica. Aún así no podemos dejar de mencionar aquí a Barón rojo, que toman su nombre del histórico aviador alemán Manfred von Richthofen, que durante la I Guerra Mundial consiguió derribar ochenta aeroplanos enemigos antes de ser abatido en la mañana del 21 de abril de 1918 cerca del río Somme, al norte de Francia. Además del nombre, a él dedicaron no una sino dos canciones. La primera, de su debut en 1981, sonaba así:



Con la Historia en el objetivo, los ejemplos parecen multiplicarse. ¿Cómo olvidarse de Los Nikis? Por ejemplo, suya es esa gamberrada ramonoide de 1985 El imperio contraataca (en un single en DRO - Tres Cipreses en cuya cara B estaba Navidades en Siberia) en el fondo, además de reírse de lo carpetovetónico en varios aspectos, parodia la Historia de España aprendida en la escuela tardo franquista.



Como tampoco podemos acabar estas líneas sin el himno de Jose Ignacio Lapido y la banda granadina 091 ¿Qué fue del siglo XX? incluida en su álbum de 1989 Doce canciones sin piedad.



A estas alturas del post, las preguntas que suscita la letra de Lapido sobre del trasiego histórico y de qué sirven los esfuerzos de mujeres y hombres, de cambios, descubrimientos, revoluciones y modas, se convierten un poco en interrogantes abiertos y en preguntas sobre la propia inquietud que lo lleva a escribir sobre ello: ¿qué ocurrió en cierto momento del pop-rock español para que la Historia lo calara hasta los huesos?

Sólo contestando a ello puede entenderse que alguien como Franco Battiato llegara a vender, dicen, hasta un millón de copias de sus discos en castellano. A Battiato dedicaremos no a mucho tardar una columna de aire o dos o las que sean necesarias para intentar glosar su genio. Pero dejaremos un solo dato que tiene que ver con su carrera para despedir esta conexión: Franco Battiato junto a la cantante Alice representó a Italia en Eurovisión 1984 con su canción I treni di Tozeur cuya opaca letra (con cita a La flauta mágica de Mozart y posibles alusiones al sufismo incluidas) versa sobre una línea férrea construida a comienzos del siglo XX en Túnez atravesando el Atlas como capricho de un Bey, amparado por el colonial estado francés, que quería viajar en tren hasta su palacio de invierno. No ganó, quedó en quinto lugar pero obtuvo la máxima puntuación de España y Finlandia. Sí, es así.