Durante el tiempo que viví en Ciudad del Cabo, este invierno pasado, España discutía sobre la ley de descargas "alegales", mal conocida popularmente como "ley Sinde". Más allá de lo que cada cual opine sobre la cuestión (y hay opiniones razonables desde todos los puntos de vista) resultaba tremendamente desolador leer los comentarios que se vertían en los foros de los periódicos digitales, de cualquier tendencia, sobre el cine español en general y los artistas españoles en particular. En ese caso, la posibilidad de que a muchos se les terminará el chollo (había uno que orgullosamente aseguraba haber acumulado "material" suficiente para los próximos cinco años) hacía que el volumen de los insultos habituales superara un grado: se leían cosas literalmente tristísimas, gente que aseguraba que "nunca" veía una película de su propio país o escuchaba a un cantante u otros que acusaban machaconamente a la cultura española de ser una pandilla de "progres" malolientes que llevan años viviendo del cuento de la subvención, con una virulencia tal que uno poco menos imaginaba que actores y cineastas los hubieran atracado pistola en mano a la puerta de su casa.
Ahora, con motivo del paseo de las estrellas en la calle Martín de los Heros, los insultos se repiten. Como es difícil acusar a Javier Bardem y Penélope Cruz de ser unos subvencionados, de lo que se trata es de acusarlos de ser "millonarios" y afearles (por quedarse corto) su ideología izquierdosa (cosa que está clara en el caso de Bardem y mucho menos en el de Cruz, que no habla nunca de política). Hace poco, la cantautora Russian Red dijo que sus simpatías políticas están a la derecha y se produjo un fenómeno parecido pero a la inversa: todos los que se consideran de izquierdas se lanzaron a degüello como si votar al PP fuera una afrenta personal y eso cambiara, ni siquiera un ápice, la calidad de su música, que es al fin y al cabo de lo que se trata. Tanto en un caso como en otro, resulta terriblemente desolador observar cómo España no hay una (y sus "naciones) sino dos, tantas como al parecer ideologías políticas y aquí vamos todos a sacar el cuchillo a la mínima de cambio. Y la violencia (porque no es otra cosa) se pone especialmente dura con los artistas. Para muestra, un botón, si Nadal gana, todos contentos. Cuando Bardem se lleva un Oscar, será por algo turbio. Nada le cuesta más a un español que reconocer que se ha equivocado.
Vi el otro día, por fin, Balada triste de trompeta y me impresionó hondamente lo extraordinaria que es. Entiendo perfectamente el estado de ánimo con el que Álex de la Iglesia la rodó, su hartazgo por este odio cainita y absurdo que asuela a nuestro país y lo convierte en una trinchera perpetua en la que unos y otros se dedican a fusilarse incapaces de aceptar que hay opiniones distintas a la propia. Abruma esa propensión tan nuestra a la vena hinchada, a la "indignación" en el peor sentido de la palabra, a la mala hostia pura y dura que nos lleva a buscar cualquier subterfugio, a creer en los más disparatados rumores y habladurías sobre alguien antes que aceptar algo tan sencillo como la posibilidad de que tenga talento. Cualquier ambición, sobre todo si es artística, es sepultada bajo un alud de comentarios denigrantes y nos hemos convertido, si no lo hemos sido siempre, en unos verdaderos expertos en el innoble arte de desdeñar cualquier logro, cualquier voluntad de hacer las cosas de otra manera. Al final da la impresión de que se premia la mediocridad y el seguidismo, obligando a los ambiciosos a practicar la hipocresía de ocultar sus sueños so pena de ser castigados por el simple hecho de tenerlos.
He dicho varias veces que el cine español se ha equivocado al posicionarse de una manera tan clara en una opción política. No porque no tenga derecho a decir lo que piensa sino porque muchas veces lo ha hecho cayendo en el mismo error que sus antagonistas ideológicos, el sectarismo, o la criminalización del contrario. Ha habido momentos bochornosos, entre ellos, la famosa reunión de próceres de la industria cultural cayendo en la tontería publicitaria de dibujar una ceja con los dedos. Desde entonces, para sus hordas de "enemigos" son simplemente los "de la ceja", y punto final, da igual si sus películas son buenas o malas porque simplemente no les concederán el beneficio de la duda. Sin duda, el episodio de la gala de los Goya centrada en contra de la guerra de Iraq no fue afortunado. No por estar en contra, sino porque millones de ciudadanos se sintieron despreciados en sus convicciones políticas y no es de recibo. Sin embargo, en Hollywood Angelina Jolie o George Clooney se han cansado de proclamar a los cuatro vientos que son de izquierdas y no son víctimas de un odio tan brutal, tan desmedido.
Sorprende también el profundo desconocimiento que se tiene de la industria cultural. Muchos justifican su pirateo rapaz arguyendo que los artistas son todos millonarios, que ellos son pobres y que por tanto no tienen por qué pagar un duro. Es falso que todos los artistas sean millonarios y además, la industria cultural está compuesta por decenas de miles de personas que han perdido su trabajo al ser confundidas, de manera artera, con los cuatro famosos de turno que, efectivamente, están forrados, como hay gente cargada de billetes en cualquier profesión, no sólo en ésta. Se detecta siempre detrás la envidia y la ignorancia, la envidia de quienes odian sus vidas rutinarias y no pueden soportar que otros se la ganen haciendo lo que les gusta y no deban ir a trabajar todas las mañanas para aguantar a un jefe que odian en un trabajo que no les apasiona. Pero trabajar no es sufrir, como se piensa en España, sino simplemente eso, trabajar. Pero aquí, si te pagan y no las pasas canutas, da la impresión de que tienes un morro que te lo pisas.
Existe un problema grave, muy grave en España, con profundas raíces históricas que convierte a este país en un territorio hostil para los artistas y creadores y que se mantiene invariable desde los tiempos en que Jacinto Benavente se inventaba dolores para que sus éxitos teatrales fueran más llevaderos para sus contemporáneos. Al final, lo pagamos todos. El resultado es un país en el que los innovadores acaban agotados o marchándose al extranjero, si no los matan como hicieron con Lorca, que pagó con su vida la osadía de ser el mayor genio literario del siglo pasado. La próxima vez que los indignados se reúnan, además de insultar a los políticos, estaría bien que hablaran un poco de nosotros, los españoles, porque tenemos tela.