Cuando buscaba información sobre el asunto del post de la semana pasada, el micromecenazgo, me encontré con Sound it Out, un documental que Jeanie Finlay ha conseguido rematar gracias a la colaboración de 267 participantes en su proyecto. Era una interesante demostración más de la mencionada estrategia de financiación pública, pero, más allá, es el asunto que trata lo que me interesa. El prometedor filme, se centra en el microcosmos sociológico de la última tienda de vinilos en un pueblito del nordeste de Inglaterra y toca así una cuestión de lo más interesante en los últimos diez años.
El misterioso caso del soporte analógico que se resiste a morir en la era digital lleva siendo noticia recurrente desde que en 2001 se comprobó que había resistido una década más. En 2011 no sólo no ha desaparecido sino que ha visto cómo su porción de pastel crecía asombrosamente a medida que las ventas de su sucesor, el CD, se desplomaban. Si atendemos a las cifras que nos ofrece Nielsen SoundScan sobre EEUU, el año pasado las ventas de vinilo llegaron a los 2,8 millones de unidades, o sea las mejores ventas desde 1991. Todo da a entender que la demanda se está calmando y pronto llegará a su techo en torno a los tres millones de copias, pero resulta bastante significativo que siga creciente. No lo es menos que entre los primeros puestos de ventas de vinilo se intercalen nuevos lanzamientos de grupos no mainstream como The Black Keys, Vampire Weekend, Radiohead, Arcade Fire o The National con reediciones de oldies goldies de The Beatles, Jimi Hendrix, Pink Floyd o Metallica.
En el ámbito doméstico, las cifras que da a conocer Promusicae siguen parecida tendencia, si descontamos el tradicional retraso ibérico. De hecho, el vinilo en España vive ahora su máximo apogeo. En 2009 se vendieron 160.000 copias frente a las 40.000 de 2008. Mientras las grandes superficies de "producto cultural" amplían año a año el espacio para esos álbumes, surgen nuevas distribuidoras especializadas en su venta como Atmósfera Abrupta. Si hacemos caso a lo que escribía Nando Cruz en El Periódico hace unos meses, algunas tiendas especializadas ya venden casi la mitad de las copias de sus novedades en el renacido formato e incluso se percibe que es la falta de reedición lo que frena que se despeguen del CD. Los comerciantes cuentan que la clientela en España está compuesta por coleccionistas, por treintañeros o cuarentones habituados a soportes digitales que invierten en aquellas novedades o reediciones que les importan más, y por personas muy jóvenes para los que el CD es basura anticuada que carece de valor físico y, paradójicamente, entienden el vinilo como un formato novísimo.
¿Qué comparten personas tan distintas comprando vinilos en pleno desplome del mercado discográfico? ¿Qué acerca a clásicos como Abbey Road a lo último de Animal Collective? ¿Qué lleva a muchos de los artistas independientes más interesantes y a veteranos príncipes del rock como Neil Young o Elvis Costello a patrocinar el viejo formato?
Al parecer, el tema de fondo del documental de Finlay es el papel que el vinilo desempeña en la vida de los que acuden a la tienda como refugio no sólo musical sino también emocional. Llama la atención la premisa épica bajo la que se sostiene el filme: la supervivencia del pequeño comercio en un pueblo deprimido y en el mismo Reino Unido donde una tienda de discos local cierra cada tres días. La pequeña tienda de vinilos se mantiene. Y es allí donde se arremolina una comunidad para la que los discos son alimento de esperanza.
Esto me da qué pensar. Al margen del inevitable jaleo en torno a la mejor y mayor sensación sonora analógica del surco en acetato leído por aguja de diamante (sobre todo, con los nuevos vinilos de alta calidad y gramaje) frente a la del láser decodificando bits a saltos. Por encima de la realidad física del objeto y la superioridad indudable de sus envoltorios y art-works. Más allá de la sospecha de que todo es fruto de la tendencia posmoderna a que toda moda pasada vuelva. Incluso, con cierta mosca tras la oreja cuyo zumbido susurra que la torpe industria del entretenimiento pueda tener sus razones para todo esto. Al margen, en suma, de la exquisitez del melómano, del romanticismo retro, el esnobismo y pijerío indie y de una necesidad fetichista, parece claro que podría haber otra explicación más válida.
Todo este renacimiento bien podría obedecer a la reacción de esa minoría creciente que encuentra en la música mucho más que un fondo sonoro para la actividad diaria o un modo de pasar el rato. Hartos de copias idénticas que suenan siempre igual y de características similares a lo que se pilla en el buffet libre de Internet, se aferran al vinilo como símbolo de una vivencia especial y esencial en su vida, de algo que les importa y les llena. Así, éste se habría convertido en vehículo de expresión simbólica de la "cosa real", de la emoción de sentir el sonido con todo el cuerpo, la excitación de encontrar una nueva música, la inmersión en una voz, un ritmo, un ruido, la pertenencia de uno a la canción, en lugar de la posesión, propia de la época mp3, de miles de ellas en carpetas digitales que quizá no sean abiertas… El símbolo de un cambio de paradigma donde lo recién descubierto, lo minoritario y lo excepcional transmiten la sensación de estar comunicándose directamente con esa música y su autor así como con la pequeña comunidad que la sostiene. El disco de vinilo sería una especie de vínculo de fe entre fieles y pacto de sangre con lo musical. ¿Podría ser tal chifladura?