Ruina de charque-vigário geral, 2002
Segunda individual en España, y en esta misma galería, de Adriana Varejão (Río de Janeiro, 1964), que se cuenta entre los artistas brasileños con mayor presencia internacional y que hemos visto en diversas colectivas sobre arte latinoamericano. Su trayectoria se ha centrado en la problemática por una parte de la historia brasileña, del proceso de colonización (son célebres sus obras sobre la antropofagia) y de la importación de modelos artísticos foráneos, aunque asimilando también imágenes procedentes de grabados, mapas o ex-votos. Y, por otra parte, ha trasladado todo ese caudal icónico a la pintura, medio que ha proyectado más allá de sus límites, llevándolo a una dimensión escultórica.En esta muestra de sus trabajos más recientes se ha producido una evolución muy marcada. Han desaparecido por completo las referencias históricas y las citas al arte del pasado, y han pasado al primer plano las cuestiones relacionadas con la propia naturaleza de la pintura. Las superficies fingidas de azulejos, ahora contemporáneos, simples baldosas, siguen actuando como base simbólica sobre la que actuar, pero ya no trasladan otras representaciones. En las tres obras que abren el recorrido de la exposición, Pared con incisiones a la Fontana, los cortes que el artista argentino-italiano abría en la tela se convierten en violentos tajos que dejan al descubierto la carne oculta bajo la superficie aséptica. Tanto aquí como en las esculturas de aluminio o madera y poliuretano recubiertas de óleo que recrean fragmentos arquitectónicos, Adriana Varejão mantiene su concepción de la pintura como cuerpo, como algo vivo, orgánico, lacerable. Es una vieja idea que ha recorrido la historia de la pintura desde que empezara a utilizarse el óleo y a hablarse de las carnaciones para la representación de la piel desnuda, en la que se utilizaba, según recoge ya Cennino Cennini en el siglo XV, preferentemente el cinabrio, que tiene, como la sangre, tendencia a ennegrecerse y que, en el proceso de elaboración, se guardaba en un pedazo de piel. La pintura es una piel que cierra una potencial profundidad, y Varejão la entiende literalmente así, como piel que encierra la carne, siendo pintura tanto la piel como la carne.
En una de las salas de la galería vemos en cajas de luz fotografías que dan hasta cierto punto la clave de estas trasmutaciones. Son carnicerías, casquería y reses abiertas en canal que, en un contexto artístico, hacen pensar en Rembrandt, en Soutine, en Bacon..., en la pintura encarnada. Pero, sobre todo, muestran los dos elementos a los que ha reducido su discurso la artista: el azulejo y la carne, que en sus obras se han fusionado en un sólo cuerpo pictórico. La carne ha reventado la piel de azulejo como si hubiera estado creciendo, viva, en su interior. Surge como amenazante híbrido, ella misma devoradora, en el espacio doméstico o comercial sugerido por el alicatado. Siempre recordándonos, no obstante, su carácter ficticio, de representación. O como dice en el catálogo Gerardo Mosquera, mostrando en explícito las mañas de la pintura.