Image: Patricia Azcárate
La calma, 2002
Es sintomático de las tendencias que corren que algunos de los más asentados pintores abstractos agrupados en aquella exposición de referencia de 1996, Líricos del fin de siglo, estén introduciendo en sus últimos trabajos, casi siempre para bien, elementos figurativos que acercan sus obras a realidades de uno u otro signo. Es el caso de Javier Riera, de José Manuel Ciria, o de Patricia Azcárate. En todos ellos esa transición se ha hecho con coherencia, manteniendo rasgos definitorios de sus respectivos estilos, sin rupturas radicales con sus anteriores trayectorias. En estas obras de Patricia Azcárate (Madrid, 1959) perviven la fluidez de la materia pictórica, la espontaneidad del gesto, de la línea flotante, la transparencia, la evocación del paisaje... Pero todo ello se ha concretado en formas vegetales más o menos vagas: flores deshechas, cañas y hojas de bambú o lianas, que se hacen presentes en sus cuadros según una concepción espacial que remite a la pintura decorativa oriental.Estas pinturas constituirían perfectos motivos para la estampación de elegantes kimonos. En la fascinante exposición que estos días puede verse en el Centro Cultural Conde Duque, Budismo. Mil años de estampa japonesa, se exponen algunos antiguos libros que recogen diseños ornamentales, sobre todo con flores y pájaros, especialmente adecuados para papeles y kimonos: las composiciones de Patricia Azcárate podrían haber sido extraídas de estos catálogos. Responden a una concepción esencializada del paisaje en la que éste se percibe como algo ligero y amable. Y no se trata tanto de una pintura que representa el paisaje como de "unas configuraciones plásticas que se transforman en paisaje". Si se deseara, se podría reprochar a estas obras su facilidad, su escaso calado o su falta de ambición, pero lo cierto es que también podrían justificarse con buenos argumentos en virtud de su innegable belleza y de la dignidad con la que encaran su también indisputable vocación decorativa.