Jannik Sinner, junto a su familia en las ATP Finals de Turín.

Jannik Sinner, junto a su familia en las ATP Finals de Turín.

Tenis

Jannik Sinner, tenista, 24 años: "Cuando era niño no teníamos mucho. Mi padre era cocinero y mi madre camarera"

El italiano no tuvo una infancia fácil para adentrarse en el mundo del tenis, pero el sacrificio y su talento acabó marcando la diferencia.

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G.E.
Publicada

Jannik Sinner se ha adueñado del circuito con una frialdad poco habitual en el tenis moderno, pero su historia empieza muy lejos de los focos de los Grand Slams. Nació en San Candido, en el Tirol del Sur, una zona alpina en la frontera entre Italia y Austria donde el alemán se escucha tanto como el italiano y la vida gira alrededor de la nieve.

Antes de ser el rival generacional de Carlos Alcaraz, fue simplemente el hijo de un cocinero y de una camarera que trabajaban en un refugio de montaña.

Ese refugio, el Rifugio Fondovalle, está perdido entre los Dolomitas, a más de 1.500 metros de altitud, rodeado de pistas de esquí y caminos de montaña.

El dueño y chef del local es Hanspeter Sinner, mientras que la administradora del comedor es su mujer, Siglinde, la madre de Jannik. Allí se crió el hoy número uno del mundo, viendo a sus padres encadenar jornadas interminables para sacar adelante el negocio familiar.

Cuando Sinner recuerda esos años, no habla de escasez con resentimiento, sino con una mezcla de gratitud y realismo. "No teníamos mucho. Mi padre era cocinero y mi madre camarera", resume en una frase durante una entrevista que ya forma parte de su relación de origen.

Sinner, tras su derrota en el Open de Australia 2026

Sinner, tras su derrota en el Open de Australia 2026 Reuters

No lo dice para alimentar a un personaje, sino para explicar de dónde nace su manera de competir, sobria, sin gestos gratuitos y con una ética del trabajo que parece heredada directamente de esa cocina de refugio alpino.

Su infancia estuvo marcada por una doble vida deportiva: en invierno, esquís; en verano, raqueta. Creció como un esquiador prometedor, campeón juvenil en su región, mientras empezaba a despuntar también con la pelota amarilla en los clubes locales.

El entorno parecía empujarle hacia las pistas nevadas, pero el giro llegó en un campus de verano de la federación italiana de tenis donde varios técnicos detectaron un talento diferente.

Ahí empezó el gran sacrificio familiar. Si quería dedicarse en serio al tenis, tenía que dejar el refugio, la montaña y, sobre todo, a sus padres. A los 13-14 años se marchó a la academia de Riccardo Piatti en Bordighera, en la costa italiana, a más de seis horas de casa, iniciando una vida de hoteles, entrenamientos y torneos casi sin red de seguridad.

Sus padres aceptaron soltarle la mano muy pronto, aun sabiendo que cada viaje era una factura difícil de asumir para una familia que vivía de un pequeño negocio de hostelería.

Con esa realidad económica sobre la mesa nació el famoso pacto del Top 200. Antes de lanzarse del todo, Sinner reunió a sus padres y les propuso una especie de cláusula de rescisión sentimental: "Les dije que si con 23 o 24 años no estaba en el Top 200, dejaría el tenis".

No había dramatismo, sino contabilidad doméstica: seguir financiando viajes, entrenadores y temporadas completas sin resultados era un lujo que la familia no se podía permitir. El ultimátum le obligaba a él a rendir y liberaba, en parte, la conciencia de unos padres que ya lo habían dado casi todo.

La apuesta salió muy pronto. A los 18 años Sinner ya estaba ganando suficiente dinero en el circuito como para sostener su propio proyecto y aliviar el peso económico que habían cargado Hanspeter y Siglinde durante tantos años.

Desde entonces, cada paso en su carrera -el primer Grand Slam en Australia, la consagración en Wimbledon, el ascenso al número uno- ha tenido siempre una dedicatoria velada hacia esa pareja que seguía madrugando en el refugio mientras su hijo llenaba estadios.

Lo más llamativo es que, pese a esa presión silenciosa, Sinner insiste en que jamás sintió a sus padres como "padres tóxicos" del circuito. Al contrario, se desvive en elogios hacia ellos: "Ojalá todo el mundo pudiera tener a mis padres, porque siempre me dejaron elegir lo que quisiera. Practiqué otros deportes y nunca me presionaron", dijo tras ganar el Open de Australia.

Libertad para equivocarse, pero con un marco muy claro: el dinero no era infinito y el sueño debía empezar a sostenerse solo antes de cierta edad.

Hoy, instalado en Mónaco como tantos otros tenistas de élite, Sinner vive en un mundo que no se parece en nada a aquel refugio de montaña donde empezó todo. Entrena en clubes privados, viaja en avión privado y encadena títulos de Grand Slam, pero la frase del niño del Tirol del Sur sigue funcionando como brújula: "No teníamos mucho. Mi padre era cocinero y mi madre camarera".

Su éxito, quizás, se entiende mejor sabiendo que detrás de cada derecha ganadora hay años de platos servidos, turnos dobles y una promesa hecha en familia para no gastar más de lo que podría permitirse.