Roberto Firmino celebra un gol.

Roberto Firmino celebra un gol. Reuters

Champions League

Roberto Firmino, de vender coco en Brasil y ser deportado a estrella del Liverpool

Roberto Firmino llegó a Liverpool sin saber inglés, con un tatuaje erróneo en alemán (pidió que pusieran “familia, amor sin fin” traduciendo de Google) y tras jugar de mediapunta en el Hoffenheim. Esa era su posición. Pero Jürgen Klopp le instó a cambiarla. “¿Puedes jugar de delantero?”. “Sí, claro”, respondió él. Por qué no. Eso era lo de menos. Después de una infancia complicada, avanzar unos metros en el campo no le requería ningún esfuerzo. Y en esa demarcación es donde ha explotado. De hecho, forma junto a Salah y Mané el mejor tridente de Europa. Se ha convertido, sin querer, en uno de los grandes ‘9’ del continente. Pero esa es la cara buena de su vida. Mucho antes, lo pasó mal, muy mal.

El hoy delantero ‘red’ nació en una familia donde no le dejaban jugar al fútbol. “Cuando era niño, mis padres no querían que yo me dedicase a esto. Ellos sólo querían que estudiara. A veces, incluso, me encerraban en casa, pero yo saltaba un muro por la parte trasera”, recuerda tiempo después. ¡Y menos mal que decidió incumplir las reglas! Firmino no había nacido para ir a la universidad o dedicarse a investigar. “Era un chico con un grado de escolaridad muy bajo, pero con una inteligencia de juego impresionante. En la parte táctica, entendía todo muy rápido y tomaba buenas decisiones”, contaba uno de sus entrenadores en juveniles a la agencia alemana DPA.

Lo suyo, decididamente, era el fútbol. Nada más. Y, tras ayudar a su familia a vender agua de coco en Maceió, lugar donde vivía, todos sus esfuerzos fueron dedicados a triunfar con la pelota. Así, entró en un club local llamado CRB y poco tiempo después, a los 16 años, fue transferido a Figueirense. “Los primeros días llamaba llorando a mi casa”, ha recordado antes de jugar la final de la Champions contra el Real Madrid (sábado, 20:45 horas). Pero se acostumbró y empezó a brillar. Se puso de moda en Brasil y lo llamaron de Europa para hacer pruebas.

Firmino, durante un entrenamiento previo a la final de la Champions.

Firmino, durante un entrenamiento previo a la final de la Champions. Reuters

A los 17 años, viajó a Francia para hacer un test con el Olympique de Marsella, pero lo retuvieron en el aeropuerto de Barajas. “Llamó llorando a su madre y a su representante”, cuenta Erasmo Damiani, su coordinador entonces en el fútbol juvenil del Figueirense. Y prosigue: “Entré en contacto con el aeropuerto, conversé con la policía y le expliqué que sólo era una escala, que tenía una invitación oficial para hacer una prueba, pero no lo dejaron pasar por migraciones y se tuvo que volver”, recuerda.

Firmino fue deportado. Perdió la oportunidad de jugar en el Olympique de Marsella. Al menos, en primera instancia, porque meses después volvió a recibir otra invitación. Y esta vez sí hizo las pruebas, pero no las pasó. Su sueño de viajar a Europa se desvanecía… hasta que llegó el Hoffenheim. Un grupo de empresarios que lo había estado siguiendo se lo llevó a Alemania por tres millones de euros. Y Roberto, desde la mediapunta, ayudó a consolidar al club en la Bundesliga anotando 49 goles en 153 partidos. Allí estuvo cinco años y entonces fichó por el Liverpool.

Van Dijk celebra un gol junto a Salah.

Van Dijk celebra un gol junto a Salah. Reuters

En Anfield, ha ido aumentando su cifra de goles exponencialmente desde que llegó: marcó 11 en su primera temporada, 12 en la segunda y 27 en esta tercera. Ha conseguido junto a Salah y Mané formar el mejor tridente de Europa. Situado como delantero, sin ser un ‘9’ a la vieja usanza, se desmarca, ayuda al mediocampo, deja espacios para que el egipcio los aproveche, da asistencias (17 este curso) y remata cuando tiene la oportunidad. Así, a sus 26 años, se ha convertido en uno de los grandes reclamos del mercado para este verano.

Y no es para menos. Junto a sus compañeros (Salah y Mané) de ataque ha fabricado 90 goles, 29 entre los tres en Copa de Europa –superando los 28 de la BBC en la temporada 2013/14– y ha facilitado que el Liverpool sea el conjunto que más anota en la Champions: 40 goles (3’33 por partido, el mayor promedio de la competición). Se ha convertido, en definitiva, en una estrella. Consiguió acabar con la resistencia de sus padres, con la decepción de pasar por Barajas y que lo trataran como un ilegal, y con el ‘no’ del Olympique de Marsella. El Hoffenheim le abrió la puerta y el Liverpool le puede dar la gloria. O quizás sea él quién se la dé a los ‘reds’. Ese es el objetivo de un jugador que, dicen, fue fichado por las buenas referencias que le incluían en el Football Manager. Verdad o mentira, lo cierto es que ese tipo jugará una final de Champions. Es más, puede ser determinante. Quién se lo iba a decir. 

Firmino, Mané y Salah celebran un gol.

Firmino, Mané y Salah celebran un gol. Reuters