Gianni Infantino, presidente de la FIFA.

Gianni Infantino, presidente de la FIFA. Reuters

Fútbol

Del cheque en blanco al chantaje del boicot: la trastienda de la rebelión que frenó a la FIFA de Infantino

La firmeza de la UEFA y el pánico de los inversores obligan a Infantino a congelar la privatización del Mundial para evitar un cisma histórico.

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En la alta diplomacia de Zúrich existía una certeza no escrita: toda crisis institucional se diluye si la cifra que acompaña a la solución tiene los suficientes ceros. Bajo ese principio, Gianni Infantino concibió la jugada maestra para privatizar el 20% de la gestión comercial del Mundial a través de la filial FIFA Forward Enterprise.

El presidente del máximo organismo del fútbol mundial no necesitaba convencer a las potencias históricas ni someterse a un debate ético sobre la mercantilización del torneo; le bastaba con activar la ingeniería electoral del sistema: un país, un voto.

Para amarrar la mayoría cualificada en la Asamblea, la cúpula de la FIFA desplegó una estrategia de seducción financiera sin precedentes. Prometió una inyección inmediata de más de 40 millones de dólares a cada una de las 211 federaciones miembro, condicionada a la aprobación del plan.

Para los países con presupuestos más modestos en África, Oceanía o el Caribe, la oferta funcionaba como un verdadero cheque en blanco, capaz de financiar su desarrollo deportivo durante todo un ciclo olímpico.

Era el mecanismo perfecto para anular el contrapeso europeo: asegurar el respaldo masivo de los pequeños para aplastar en las urnas el veto de los gigantes.

Sin embargo, el cálculo político de la FIFA contenía un fallo tectónico. Infantino asumió que la aritmética de los despachos pesaría más que la realidad del mercado.

Olvidó que, si bien el voto de la federación de Montserrat vale lo mismo que el de Alemania en el congreso de Zúrich, los patrocinadores globales y las grandes plataformas de televisión no pagan miles de millones por el peso institucional de los países, sino por las estrellas que abarrotan los estadios.

Una respuesta inesperada

La respuesta de Aleksander Ceferin y los líderes de la UEFA no consistió en presentar una contraoferta económica ni en abrir una negociación desgastante. Fue un movimiento rápido y demoledor: la activación de la llamada "opción nuclear".

En una cumbre urgente celebrada a puerta cerrada y con una firmeza sin fisuras, las 55 federaciones europeas acordaron que no participarían en ninguna competición organizada por la FIFA si el proyecto privatizador salía adelante.

La maniobra desactivó en cuestión de horas el atractivo financiero del plan. Un Mundial sin España, Francia, Inglaterra o Alemania pasaba a ser, de la noche a la mañana, un mero torneo de exhibición desprovisto de valor competitivo y de atractivo mediático.

En Nueva York, los analistas de Thrive Capital y los banqueros de JP Morgan comprendieron de inmediato el riesgo: estaban a punto de adquirir una participación minoritaria no en la gallina de los huevos de oro, sino en un activo tóxico envuelto en una batalla legal y publicitaria de consecuencias impredecibles.

La presión en cascada terminó por resquebrajar el bloque de apoyos con el que especulaba Zúrich. Dirigentes de la Concacaf y de la Confederación Asiática, temerosos de quedar atrapados en un torneo devaluado y con contratos televisivos en riesgo de resolución, comenzaron a marcar distancias.

La chequera de la FIFA, invencible durante décadas para sofocar incendios internos, demostró tener un límite infranqueable ante la amenaza de un apagón televisivo.

Forzado a elegir entre una votación que desencadenaría la mayor guerra civil en la historia del deporte o un repliegue a tiempo, Infantino optó por la rendición imprevista.

La marcha atrás deja al descubierto una lección de poder imborrable: en el fútbol la hegemonía del juego sigue perteneciendo a quienes mueven el balón.