La batalla de Rocroi, símbolo del ocaso de los Tercios, pintada por Ferrer-Dalmau.

La batalla de Rocroi, símbolo del ocaso de los Tercios, pintada por Ferrer-Dalmau.

Historia El primer ejército moderno

¿Por qué Vox recupera los Tercios españoles?: hombres de honor, católicos y leales al Rey

Desde comienzos del siglo XVI a mediados del XVII, hubo un ejército de infantería que dominó Europa a base de pica larga y arcabuz: los Tercios españoles, hoy de actualidad gracias a Vox. Fueron el corazón armado de la casa de los Austrias, los guardianes del imperio en el que no se ponía el sol. Estaban formados por soldados veteranos y oficiales muy experimentados, todos ellos hombres de honor, leales a su rey y con una entusiasta fe católica. Su grito de guerra era ¡Santiago y cierra España!, un lema heredado de la Reconquista con el que infundían temor en las tropas enemigas.

Los tercios fueron creados durante el reinado del emperador Carlos V para defender los territorios bajo dominio español de Nápoles, Sicilia y Lombardía. Fueron bautizados como los "Tercios viejos" pero no existe consenso entre los historiadores sobre su fecha concreta de nacimiento. Supuestamente habrían quedado configurados a raíz de una disposición imperial de 1534 con la que se reorganizaban las distintas compañías militares que operaban en Italia. La llamada ordenanza de Génova de 1536 es el primer registro que existe con instrucciones para pagarles.

"La temible eficacia de la infantería de los Tercios se basaba en combinar sus armas blancas (pica y espada) con las de fuego (arcabuz y mosquete)", escriben Fernando Martínez Laínez y José María Sánchez de Toca y Catalá, autores de Tercios de España. Una infantería legendaria; "una síntesis innovadora que hizo al tercio capaz de adaptarse a situaciones muy diversas, algo muy avanzado tácticamente en su época". Su carácter profesional, disciplinado, eficaz y versátil le otorgó la etiqueta de primer ejército moderno (y uno de los mejores) de la historia.

El ritual del vino de Vox Clara Rodríguez

Desde el punto de vista bélico, revolucionaron el transcurrir de las batallas al devolver a la infantería el papel dominante, como sucedía en la época de las legiones romanas. La táctica la heredaron de la época de Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, y la formación básica de combate de los Tercios consistía en un batallón de picas —considerada "la reina de las armas" y uno de sus grandes símbolos— que cubría sus flancos con mangas de arcabuceros y mosqueteros, creando una suerte de erizo de acero, madera y cuero. Era una barrera infranqueable que bajaba las largas picas cuando las tropas y la caballería enemiga atacaban.

Además, desarrollaron una arriesgada estrategia para diezmar a los enemigos: la encamisada. Se trataba de ataques nocturnos llevados a cabo por un pequeño grupo de soldados que se introducía en el campamento rival para sembrar el caos, sabotear la artillería y causar el mayor número de bajas posible. Para reconocerse en la oscuridad, se vestían con camisas blancas. Y hablando de vestimenta, fueron un ejército sin uniforme concreto: cada soldado se vestía con los ropajes que le fuese posible conseguir. Solo en el siglo XVII se estipularía un color para las casacas de algunos Tercios.

Motines y Leyenda Negra

Hubo un Tercio, el de Flandes, que se utilizó para defender la soberanía de la monarquía hispánica tras la rebelión de las Diecisiete Provincias de los Países Bajos durante buena parte de la Guerra de los Ochenta Años, y protagonizó emblemáticas victorias como la de Breda en 1624, pintada por Velázquez. Sin embargo, en esta zona pervive una corriente de la Leyenda Negra que relaciona a los españoles con atroces saqueadores que hicieron trizas tanto a la población local como a sus bienes.

Lo cierto es que el ocaso de los Tercios va en paralelo a la pérdida de relevancia y poderío del Imperio español en el plano internacional. Las debilitadas arcas del Estado —al mismo tiempo que los enemigos de España crecían exponencialmente— no llegaban a cumplir con los jornales de las tropas y se acumulaban deudas que podían equivaler al sueldo de varios años. En estas condiciones, se produjo casi medio centenar de motines entre 1572 y 1607, como el de Amberes (1576).

Los soldados de los Tercios desataban toda su furia robando, saqueando, violando e incluso asesinando. Su lealtad hacia el rey, en este caso Felipe II, permanecía inamovible; tampoco pretendían entorpecer la campaña. Únicamente querían cobrar lo que se les adeudaba y encontraron en los motines la última manera de reivindicarse y ser escuchados.

El final de los Tercios

La Paz de Westfalia, que puso final a la Guerra de Flandes y ratificó la independencia de los Países Bajos, se firmó en 1648. Sin embargo, el momento decisivo de la caída de los Tercios españoles se encuentra en la batalla de Rocroi. Fue una derrota épica en Amberes contra las tropas francesas, que disputaban a la monarquía hispánica la hegemonía europea. 

"Rocroi es la constatación de que el valor de los grandes ejércitos también se escribe con la derrota", según se recoge en el libro de Augusto Ferrer-Dalmau, el Pintor de Batallas. "Los Tercios, invicta maquinaria militar, tuvieron allí su postrero capítulo, trágico y memorable a la vez. '¿Cuántos erais? Contad los muertos', dijo con insolencia un superviviente a los enemigos franceses". 

Los Tercios españoles, tras revolucionar el arte de la guerra, desaparecieron en 1704 tras la entrada en vigor de las nuevas disposiciones regimentales de Felipe V, el primer representante de los Borbones que gobernó en España. El nuevo monarca los sustituyó por regimientos más centralizados basándose en el modelo francés.

El milagro de Empel

Alguna que otra leyenda también envuelve a estas unidades. El 7 de diciembre de 1585, el Tercio de Francisco Arias de Bobadilla quedó sitiado por las tropas holandesas en la isla de Bommel. Los españoles, fieles a su espíritu indomable rechazaron la capitulación. Los enemigos decidieron entonces abrir los diques de los ríos colindantes para inundar el campamento español, quedando solo un trozo de tierra firme, el pequeño monte de Empel.

Con la muerte acechando, un soldado del Tercio que cavaba una trinchera preparándose para el ataque de las tropas del almirante Holak halló un tabla flamenca con la imagen de la Inmaculada Concepción, a quien colocaron en un altar y comenzaron a dedicarle plegarias. Boadilla alentó así a sus infantes: "¡Soldados! El hambre y el frío nos llevan a la derrota, pero la Virgen Inmaculada viene a salvarnos. ¿Queréis que se quemen las banderas, que se inutilice la artillería y que abordemos esta noche las galeras enemigas?".

'La marcha del Empel', por Ferrer-Dalmau

'La marcha del Empel', por Ferrer-Dalmau

Por la noche, el río se congeló debido a un frío glacial y las tropas españolas atacaron y derrotaron a los holandeses, cuyas naves habían encallado a causa del hielo. Su almirante proclamó: "Tal parece que Dios es español al obrar tan grande milagro". Aquel mismo día, la Inmaculada Concepción se convirtió en patrona de los Tercios de Flandes e Italia. Esta fiesta se sigue celebrando todos los 8 de diciembre.

Expresiones made in los Tercios

Durante la época de los Tercios españoles se acuñaron muchas expresiones populares de origen militar que se siguen usando hoy en día, como por ejemplo, "irse a la porra". El sargento mayor de cada Tercio de Flandes dirigía a sus hombres con un gran garrote conocido con el nombre de porra. Cuando se realizaba un parada y el sargento apoyaba el objeto en el suelo, los soldados arrestados estaban obligados a permanecer sentados a su alrededor. Enviar a la porra a alguien era un sinónimo de arrestarle.

También procede de esa época el enunciado "poner una pica en Flandes", cuyo significado enroca con algo extremadamente difícil en relación al enorme gasto que suponía enviar a los soldados por el conocido como 'camino español' a la zona de los Países Bajos; o la expresión "se armó la de San Quintín", que alude a la batalla ganada por las tropas españolas de Felipe II al ejército francés en 1557.