Gengis Kan.

Gengis Kan.

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Gengis Kan, el conquistador mongol (y feminista) que esparció su semen por todo el mundo

Gengis Kan (1162-1227) fue el ecuménico conquistador mongol que unificó las tribus nómadas del norte de Asia y fundó el primer Imperio mongol, que acabaría siendo la superpotencia contigua más extensa de la historia: unió China, Turquía, Turkestán, Irán, Irak y parte de Rusia. Su auténtico nombre era Temuyín, que significa “el mejor acero”, pero lo cierto es que no sólo arrasó política y geográficamente como quiso gracias a la ferocidad de su espada, sino también a la contundencia y fertilidad de su pene. Data como un hombre fuerte físicamente, con carácter y gran atractivo. Su inteligencia y capacidad de estrategia inspiró, entre otros, a Napoleón y Rommel. 

Esta no es sólo la historia de otro genio bélico conocido también por su potencia sexual. No es sólo otro líder que acumuló esposas (en este caso, 36). Además, a pesar del salvajismo mongol, Kan dio ejemplo de feminismo emocional: era conocido por tratar a cada una de sus mujeres con infinito respeto, ternura y consideración. Lo más curioso es que, según una investigación publicada en 2003 (y avalada por expertos de Italia, China, Reino Unido y Uzbekistán), el mongol era también un gran conquistador genético. Uno de cada 200 hombres vivos hoy es considerado heredero de Gengis Kan.

Más de 16 millones de personas de Asia Central comparten cromosoma con él. Aseguró el investigador británico Chris Tyler-Smith que Kan “era desmesurado en sus atenciones a las mujeres”. Su cromosoma Y era muy dominante, lo que le convirtió a él en el gran semental y no a cualquiera de sus generales o de sus civiles. “El poseedor de ese cromosoma Y debía tener una gran ventaja social sobre los otros poseedores del mismo, lo que facilitaba que pasara una y otra vez. Khan encaja perfectamente”.

Según los historiadores, las mujeres mongolas eran igual de potentes y feroces que sus compatriotas hombres: lo señaló Marco Polo, quien siempre veneró tanto a aquellos guerreros insoslayables como a aquellas hembras, a sus ojos más activas sexualmente que las de otros pueblos que había conocido. La mayoría, decía, disponían de un solo hombre para cada 100 mujeres pero en lugar de buscar otros machos, eran fieles y se entregaban eróticamente al que le correspondía.